Fotografía personal cedida donde aparece la fotógrafa venezolana Lola Gómez, de 42 años, durante una de sus coberturas en Austin, Texas. EFE/Lola Gómez /SOLO USO EDITORIAL /NO VENTAS

El relato de lo vivido en las últimas cinco semanas por la periodista venezolana Lola Gómez es angustioso. El dolor y la desesperación que le causó el coronavirus la hizo sentirse al borde de la muerte, incluso antes de ir al hospital después noches y días interminables en su casa recluida, sin confirmar que tenía la enfermedad, recuerda su llanto y su impotencia.

La tos persistente y el dolor la obligaban a tratar de permanecer inmóvil. Tanto que prefería evitar sus necesidades básicas como ir al baño o inclusive comer. «El dolor es indescriptible, sientes que te mueres”, recalca.

La advertencia de Gómez, de 42 años, de no minimizar y subestimar la amenaza de la COVID-19 viene desde la “terrible experiencia” que vivió en Austin, Texas, donde vive sola, alejada de su familia, y tuvo que afrontar la enfermedad que terminó llevándola al hospital.

LA DIFICULTAD DEL DIAGNÓSTICO

A esta pesadilla se sumó el hecho de que para finales de marzo era casi imposible acceder a una prueba de COVID-19 en Austin, a pesar de que ella tenía una gran cantidad de síntomas. En una de las visitas al médico le recetaron antibióticos que no sirvieron para nada.

Cuando llegó al hospital para encontrarse con que el médico le dijo que solo a los pacientes hospitalizados le estaban haciendo la prueba de COVID-19.

En el abismo de la muerte 1
Fotografía personal cedida donde aparece la fotógrafa venezolana Lola Gómez, de 42 años, durante su hospitalización por Covid-19 en Austin, Texas. EFE/Lola Gómez /SOLO USO EDITORIAL /NO VENTAS

CONTAGIADA A PESAR DE LAS PRECAUCIONES

Entre sus reflexiones sobre el coronavirus destaca que desde el inicio de la emergencia ella tomó las precauciones necesarias para desempeñar su trabajo como fotógrafa en el periódico Austin American-Statesman.

Gómez recuerda que el gel desinfectante de manos nunca le faltó, limpió constantemente su equipo y trató de mantener las órdenes de distanciamiento social. A eso se suma que es una persona que hace ejercicio y estaba en buen estado de salud.

Haciendo un repaso sobre las historias que cubrió en marzo, la fotógrafa cree que adquirió el virus cuando realizó un reportaje sobre los senderos donde la gente se estaba ejercitando.

Pero la duda de dónde se contagió siempre estará presente. «El virus nos ha dejado más preguntas que respuestas», considera.

Con estrés postraumático, la inmigrante venezolana ya se recuperó, sin embargo, asegura que le quedó el cansancio mental, el cansancio físico, y lo peor: el temor a volver a contagiarse ya que no hay ninguna evidencia científica que asegure que ahora es totalmente inmune.

«El miedo es peor porque cualquier persona me puede enfermar de nuevo y volver a pasar por esa situación es realmente una pesadilla», enfatiza.

TRABAJADORES ESENCIALES

El riesgo de Gómez es mayor porque ella es uno de los millones de trabajadores esenciales que han tenido que laborar en la pandemia.

No obstante, los trabajadores de los medios de comunicación ya se están viendo afectados por el remezón económico que ha dejado la pandemia. Los despidos y los recortes de horas se ven alrededor del país en esta industria, también golpeada por la opinión pública.

Una encuesta de la agencia Gallup encontró que en marzo 55 % de los estadounidenses desaprobaban el trabajo de los medios de comunicación en el manejo de la pandemia.

La desaprobación del presidente Donald Trump estuvo muy por debajo en comparación con los medios. Solo 38 % de las personas encuestadas dijeron que no les gustaba el desempeño del mandatario con respecto al coronavirus.

Desde este 1 de mayo Trump dejó en los gobernadores la responsabilidad de aplicar las medidas de confinamiento y distanciamiento social.

Más de 30 estados están en vía de hacerlo, mientras las presiones de grupos conservadores crecen para que se reabra todo el país.

La inmigrante, que llegó a Estados Unidos en 2009, asegura que entiende la necesidad de trabajar de la gente, y de recuperar la economía. Ella ya fue afectada por los recortes de horas. No obstante, advierte que muchos de los que piden la reapertura no están pensando en el colectivo social, y de los más débiles.«Esta enfermedad es real, y si llega una segunda ola podríamos pasarla muy mal. Deberíamos pensar en las personas que pueden morir, o que están en mayor riesgo», considera.

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