Filadelfia, Suburban Station. (Foto: Perla Lara)

Por cerca ya de un siglo, Estados Unidos ha sido considerada la nación más creativa, influyente, desarrollada y rica de todo el planeta, por lo menos en los indicadores generales. Durante las grandes guerras ha demostrado ser una nación trabajadora, organizada y determinada; y se ha presentado al mundo como el más fuerte bastión de la democracia y las libertades individuales, motivos por los cuales el “sueño americano” atrajo y sigue atrayendo a tantos a este país.

Sin embargo, algo que golpea el ojo de quien visita sus grandes ciudades por primera vez, aparte de su orden, belleza, espacios y señorío, es el alto número de habitantes sin techo que se ven tendidos frente a las estaciones de trenes y buses, en los parques y en las aceras enfrente de edificios y viviendas. Entonces el foráneo se llega a cuestionar por qué una nación tan espléndida, y que bien podría disponer de suficientes refugios para estos pobres, permite esta triste realidad.

En un apasionante thriller de John Grisham llamado “El abogado de la calle”, el jurista Michael Brock abandona una gran firma de abogados de Washington tras presenciar el asesinato de un sintecho, que había irrumpido violentamente en las oficinas del bufete exigiendo información clasificada. Brock descubrirá después la triste historia de un veterano que fue dejado sin su casa en un injusto desalojo y, a lo largo de la novela, se interna con profunda sensibilidad en la dolorosa y complicada realidad de los habitantes de la calle.

Porque, aunque es fácil pensar que el gobierno puede poner fácilmente a todos los vagabundos en un buen refugio, la realidad que lleva a un hombre a cortar todos los hilos que lo unen a su sociedad y a vivir como un “disenfranchised”, –palabra de difícil traducción, que puede entenderse como un “descolgado”, un “sin derechos”, un “destituido social”–, es una cosa muy difícil de entender y aún más de solucionar.

Esto porque, cuando una persona ha quedado desmontada de su sociedad, de su grupo familiar, de su red de amigos y conocidos, su drama no es solamente no tener un techo; su dolor más profundo es “no ser parte de nada ni de nadie”; creer no tener en el mundo nadie a quien le importe lo suficiente su existencia, quien sepa su nombre e historia, –excepto, quizás, alguna oficina pública–; pensar que nadie le necesite ni le echa de menos; y que no esté nadie que cierre con ternura sus pupilas o moje con lágrimas su féretro si un día amanece muerto de frío, hambre, infección o soledad en cualquier esquina anónima; mientras probablemente exista alguien que le haya buscado, extrañado y llorado.

Las enfermedades mentales no tratadas también están a la raíz de tantos hombres y mujeres sintecho; este flagelo es una de las grandes heridas de nuestra sociedad, y uno de los gritos más estridentes que ella lanza a la conciencia de cada ciudadano. No basta la solidaridad básica de recoger ropa, cobijas o alimentos para remediar su drama. Se necesita una tarea de amor social titánico, que quizás empieza por aprender y llamarlo por su nombre, conocer algo de su historia, y así ofrecer un primer “hilo” de apoyo y amistad que le haga sentir de nuevo persona, y que quizás un día lo reconecte a aquella sociedad y a la vida que sin miramientos lo dejó atrás. 

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