Foto ilustrativa Dimitri Dim (Pexels)

Al crecer quería perder mi acento mexicano y estaba avergonzado de mis padres, en particular de mi padre, quien, aunque tenía la sonrisa de Louie Armstrong no podía – o no quería- aprender inglés. Yo quería asimilar y hablar como los gringos, sin acento, solo palabras y oraciones pulidas en inglés.

En la escuela, muchos estudiantes y profesores se burlaban de los que tenían dificultades con el lenguaje y el acento. En tercer grado, ingresó a nuestra escuela una estudiante que se había criado en Alemania y su padre estaba en el ejército. La maestra la consideraba una alumna estrella, ya que podía hablar dos idiomas. Mientras tanto ahí estábamos nosotros con dos idiomas en el bolsillo, pero no nos elogiaban… Al contrario, nos castigaban si hablábamos español.

En el patio de recreo y en las actividades extraescolares después de la escuela, mezclábamos el inglés y español, lo que se llamaría spanglish.

Más tarde, en mi edad adulta, cuando vivía en Atlanta, Georgia, descubrí que en realidad había escuelas que ayudaban a los sureños a aprender a hablar sin acento. Ellos tampoco eran considerados muy inteligentes si tenían un acento fuerte. Para entonces había aprendido a apreciar los acentos. Y para que se sepa, no hay un solo acento sureño, son muchos y tan variados como los maravillosos acentos de nuestra propia comunidad.

Los diferentes grupos culturales dentro de los EE. UU. tienen su propio idioma y palabras clave. Trabajando con pandillas aprendí no solo la jerga, sino también cómo navegar en ella, caminar, estar de pie y sentarme, adaptándome fácilmente entre ellos. También me encantó imitar a MLK, Mohammad Ali, Malcolm X y César Chávez.

En mi vida pude viajar al exterior; escuché y amé tantos acentos nuevos en países como el nuestro. Aprendí que un país puede tener muchos acentos hermosos.

Mientras vivía en Miami, fui bendecido por los grandes sonidos cubanos y las palabras cantadas de los haitianos. Luego pasé un tiempo en la República Dominicana, donde el idioma y el baile son más rápidos de lo que estaba acostumbrado; fue una experiencia estupenda.

Hoy, siendo parte de los escritores de Impacto, agradezco escuchar los maravillosos acentos de los otros escritores cuando nos reunimos para compartir con nuestra editora Perla Lara. Cada encuentro es como sintonizar un concierto de acentos. Algunas veces me pierdo escuchando y, con mi micrófono en silencio, trato de imitar sus acentos y ritmos.

Alrededor de mi casa hay muchas aves de diferentes tamaños, plumas y sonidos maravillosos. Un coro de vida y vivencias. De igual manera, me encanta escuchar acentos en nuestro mundo, sabiendo que todos tienen sus raíces en culturas maravillosas con grandes costumbres y comidas.

Disculpe si sonrío mientras escucho su acento. Su acento es alimento para mi alma.

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