La Corte Suprema de EE.UU. (Foto: archivo)

El progreso y la evolución de la justicia suelen ser un fiel indicador del progreso y el nivel de desarrollo humano de una sociedad. El hombre necesita sentirse apoyado y defendido por sus instituciones y estructuras de justicia. En especial el hombre común, necesita sentir que existe un poder capaz de defenderlo de las acechanzas de los poderosos o del acoso de quienes ignoran la ley.

Cuando la aplicación de la justicia en una sociedad empieza a resquebrajarse, la sociedad entera empieza a vacilar, el ciudadano medio empieza a sentirse indefenso, y peor aún, el ciudadano minoritario, el extranjero, el marginado empieza a vivir en medio del temor y la desconfianza; a perder seguridad y sentido de pertenencia en el país en el que habita.

En su novela “Luz de agosto”, William Faulkner narra la ruda agresión contra el vagabundo negro Joe Christmas, a quien cercenan de su hombría, en un drama que se repitió después en muchos otros, y que alimenta lo que algunos sociólogos llamaron el “desolado sentimiento común” de los negros del Sur de EE. UU. Sin importar el color, ese sentimiento y esa desolación se expande y corroe los cimientos de cualquier sociedad cuando la justicia no llega en defensa de quien ha sido herido, humillado, pisoteado.

El drama de muchas naciones de centro y Suramérica, que después termina materializándose en la huida de miles de sus ciudadanos hacia la potencia del norte, radica precisamente en la debilidad e ineficacia de sus sistemas de justicia, que dejan a miles de ciudadanos a merced de toda clase de asaltantes, traficantes y comerciantes del mal, de cuyas agresiones no ven una compensación de la justicia.

Hoy, miles de ellos esperan una visa humanitaria o una amnistía migratoria que les permita soñar con un futuro diferente en un país más humanitario. Pero la gran Nación del Norte, debe probar una vez más, que entiende el significado profundo de la palabra justicia; que sabe defender la igualdad y la dignidad de sus ciudadanos ante los brotes de supremacismo y xenofobia; que puede demostrar por qué ciudadanos de todos los rincones del planeta han mirado hacia la dama de la antorcha y han pensado: “en esa tierra yo seré libre”.

Por todo esto, la condena que la semana pasada expidió un tribunal de Minneapolis contra el policía Dereck Chauvin ha generado un suspiro de alegría y un renacer de la esperanza para los negros; y con ellos, para todas las minorías de este país. Una muestra de que todavía el sueño de libertad e igualdad que los fundadores de esta gran nación imaginaron, no ha muerto; y que es capaz de despertar y reconstruirse cuando algún accidente de la historia lo pone en peligro de distorsión o de extinción.

Nadie puede vivir sin justicia, y en la misma Biblia, el Señor Yavhé afirma que “David es el modelo de Rey según mi corazón”. ¿Por qué? Porque en la visión de justicia de Israel “el verdadero rey es el que defiende al pobre, protege a la viuda, usa el peso de su poder en defensa del despreciado y el marginado”. Ojalá que dos mil años después, nosotros podamos recordar y validar esta lección.

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