Esta semana emergieron los invisibles, muchos se vieron ya de muertos. No alcanzaron a ser contados en el censo. No contaron ni aquí, ni allá.

Aquí nunca existieron, la mayoría no tuvo una licencia de conducir, ni una identificación con la que comprobaran su identidad.

Allá en el pueblo, en la ranchería que dejaron de adolescentes, -si no es porque mandaran dinero- no se les extrañará.

A otros tantos si les lloran sus madres, sus viudas, sus hijos, y no saben como hacerle para que puedan recuperar sus cuerpos o al menos sus cenizas.

Las cifras de muertos indocumentados son inciertas, sin embargo, se sabe que en la mayoría son hombres. De boca en boca, se van sumando las tristezas y la incertidumbre de lo que le depara a la paisanada.

Muchos vivían al día, muchos tenían su guardadito, de otros dependían sus familias aquí y allá.

“Se está poniendo feo”, se escucha decir de hasta los más escépticos y optimistas.

Esos invisibles, los que aún siguen vivos, se ven cada vez más en las calles, haciendo lo que de por si, a los privilegiados no les gusta hacer.  Y ahora menos.

Los barrios blancos se van vaciando y se vuelven morenos. No porque se hayan mudado, si no porque son a los que sus condiciones de vida no les permiten quedarse en casa.

Tienen que trasladarse para conseguir nuevos trabajitos, que les de para ir sacando los gastos.

Se ven en las paradas de los autobuses, esperando aún más tiempo por los horarios reducidos. Se ven en las cadenas de comida rápida o en los supermercados, donde suelen trabajar los jóvenes que quieren adquirir experiencia en sus últimos años de bachillerato.

Si no están obligados a hacerlo, ¿porque sus padres los expondrían? Entonces vienen los inmigrantes y los morenos al rescate. Y se estrenan en nuevos oficios, en especial de limpieza de alto riesgo, y se convierten en esenciales.

Aquí en el campo se sigue produciendo, en la bodega se sigue despachando y si nos llega pan a la mesa, es porque manos morenas trabajan para que no nos falte lo esencial. Mientras tanto en los hospitales de los países emergentes, la escasez que produce el acaparamiento y la precariedad, provocan que los empleados del sector salud “caigan como moscas”, dice Jaime Bonilla Gobernador del estado fronterizo de Baja California, quien no tarda en abogar por el muro.

Caray, los contagiados se multiplican en los países ricos, y se acumulan los muertos en los barrios de las grandes ciudades de los Estados Unidos, tal como en los países pobres.

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