Estas últimas semanas has puesto más atención a tus manos. Las lavas con cuidado. Con más cuidado. Con más tiempo. Has aprendido que hay partes de tus manos que no quedaban del todo limpias cuando las lavabas antes. Has descubierto que se resecan después de usar tanto el jabón, o el alcohol. El cansado gel antibacterial. Has tratado de mantener tus manos hidratadas. Cuidas de tus manos. Has descubierto que con tus manos puedes cocinar. Tomas el cuchillo y cortas las verduras, picas la cebolla. Abres una pequeña lata de puré de tomate, tomas un pincho de sal y sazonas el guisado. O tal vez no cocinas con tus manos. Tal vez tus dedos se han puesto a escribir mensajes a tus familiares que están en otro país. Tus dedos no pueden tocar a tus hermanos, a tus padres. No pueden acariciar su cara, pero acarician la pantalla de tu celular cuando abres una foto de ellos. Tus manos también han reparado la casa, con fuerza sostienen las pinzas para apretar el flotador de la caja del baño. Aprietas el desarmador para fijar ese tornillo que hace tanto tiempo necesitabas apretar. Arreglas el auto o la bicicleta. O tal vez reparas un techo. Tus manos callan. Callan el esfuerzo y el cansancio. Las vuelves a lavar. Con tus manos comes. Y agradeces a los que han hecho posible que tengas comida en tu mesa. Con tus manos juegas, escribes, cargas, acomodas. Con tus manos limpias tu cuarto, arreglas los objetos que has ido acumulando. Desdoblas cajas y aprietas la basura. Cargas bolsas. Marcas un número y platicas. Mueves las manos. Tus manos ahora son tu compañía. En este nuevo silencio descubres que siempre han estado ahí. Tus manos. Y piensas en las manos del otro. Las que siembran, las que limpian, las que curan, las que abrazan. Las que tocan, las que saludan y acarician. Somos manos. Todos somos hermanos.

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