Mary Gee es una experta sobre etnografía en la educación de la Universidad de Pensilvania. (Foto: cortesía de Gee)

Tuve el honor de que mi amigo Wilfredo Rojas me haya pedido escribir esta columna sobre la violencia que no cede, y la necesidad de solidaridad entre los pueblos racialmente segregados, marginalizados y desposeídos. Wilfredo no es solo un amigo personal, sino un amigo político, ya que trabajamos juntos en los noventa dentro de la Coalición del Tercer Mundo, un grupo progresista, plurirracial y multiétnico de activistas por la justicia social.

La reciente matanza masiva en el área de Atlanta de seis mujeres asiáticas, que eran trabajadoras en salones de masajes o spas, fue, en la práctica, un desenlace previsible, dadas las alarmas que ha levantado la comunidad asiático-americana desde el inicio de la actual pandemia. Estos últimos días los medios de comunicación han estado repletos de declaraciones desde todos los rincones imaginables expresando dolor, apoyo emocional o moral, y reclamando la necesidad de combatir la violencia. Con visión escéptica se podría decir que esto es demasiado poco y demasiado tarde. Sin embargo, espero que esta sea una llamada de atención para reconocer que el “mito de la minoría modelo” atribuido a los asiáticos es evidentemente falso, al igual que el estereotipo del “extranjero perpetuo”. Los ciudadanos estadounidenses de origen asiático, los inmigrantes y sus comunidades, han contribuido no solo a la construcción de los Estados Unidos desde la década de 1860, sino también en la actualidad en todas las latitudes, desde la clase trabajadora hasta la profesional.

Al considerar los asesinatos de estas mujeres asiáticas, sería ilusorio decir que no fueron motivados por el odio racial. Las mujeres tenían muchas identidades entrelazadas o interseccionales que no pueden divorciarse entre sí. En el imaginario social, las trabajadoras de la industria del sexo están ligadas a las asiáticas, mujeres, inmigrantes, hablantes de un segundo idioma o trabajadoras con salarios bajos en ocupaciones ligadas a condiciones étnicas o de género. Desde el comienzo de la inmigración asiática, las mujeres chinas fueron segregadas en los Estados Unidos porque se las percibía como potenciales prostitutos; una imagen que se ve reforzada por las descripciones voyeristas que los medios blancos hacen de los antros de opio y los burdeles en los barrios chinos, frecuentados en la realidad por clientes blancos de clase media. La hipersexualización de las mujeres asiáticas se combinó con las características estereotipadas de ser pasivas, complacientes, deferentes y sensualmente exóticas. El imperialismo estadounidense reforzó esta imagen en los países asiáticos, donde impulsó la industria del sexo alrededor de las bases militares americanas. Los soldados que regresaron trajeron con ellos y difundieron esa imagen de las mujeres asiático-americanas, alimentando así, oleadas de acoso racial, abuso, asalto y microagresiones.

La ideología supremacista blanca es insidiosa. Sus valores, suposiciones y prejuicios subyacentes, conscientes e inconscientes forman parte del racismo, la xenofobia, la misoginia y también la transfobia que impregnan la sociedad estadounidense. Así lo demuestran las historias paralelas de las historias de las comunidades latinas y asiáticas, con nuestras experiencias de colonización, migración, dislocación y discriminación, por no ser blancas, y que a menudo no hablan inglés como primer idioma. La mayoría de nuestra gente es gente trabajadora que intenta sobrevivir; que quieren que sus hijos tengan una vida mejor; que tengan una buena educación y un buen trabajo. A pesar de estos honrosos objetivos, nuestras comunidades se enfrentan al racismo en muchos niveles: institucional, intergrupal e interpersonal. Si comenzamos a comprender los puntos en común de nuestras historias y experiencias de opresión, también podremos encontrar un terreno común en el que unirnos en torno a los objetivos de la justicia social. Espero que Wilfredo y yo podamos reavivar ese tipo de diálogo entre nuestras comunidades.

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