La anunciada y aún esperada “derrota” del presidente Donald Trump en Arizona obedece al esfuerzo de las comunidades latinas y no a un partido político. EFE / Giorgio Viera/Archivo

A todo lo ancho y largo del hemisferio, América canta. Asia, África y Europa celebran. La victoria de Biden-Harris parece haber abierto una ventana de esperanza y sosiego que puso a la nación y al mundo de júbilo. Es una sensación parecida a cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. No es para menos, luego de cuatro años de escuchar al presidente Trump hacer de la mentira su ética discursiva, y llevar a la nación a un estado de confusión jamás experimentado en la reciente historia presidencial, el pueblo celebra su victoria.

PolitiFact, una agencia no partidista que se dedica a revisar las declaraciones de los políticos, reveló que el 69 por ciento de las declaraciones de Trump son mentiras, incluso mentiras burdas. Este tipo de conducta lacera la legitimidad de nuestro sistema de gobierno, la credibilidad en las instituciones gubernamentales y el orgullo nacional estadounidense. Por eso la gente celebra y baila en las calles.

Se canta y se celebra que a los cientos de niños que fueron arrancados de sus familias ahora se les abre la posibilidad de ser reunificados con sus padres, a quienes se les daría un alivio migratorio,  que los millares de “Dreamers” ahora podrán soñar con un futuro más estable, que ya comienza a vislumbrarse una mejor estrategia para frenar la pandemia del coronavirus, que a los millones de indocumentados se les acaba la pesadilla de ser continuamente amenazado de ser deportados. Esta es la nación por la que vinimos, una nación de oportunidades y progreso. Esta es la nación que por cuatro años nos fue secuestrada y ahora la recuperamos, ¡America is great again!

A la par de esta victoria se levanta la arrogante sombra del presidente Trump, que no quiere reconocer su derrota, que con intención y alevosía miente sobre un supuesto fraude electoral, que intencionalmente obstruye el proceso transitorio del nuevo presidente electo Joe Biden. Esta rara conducta no tiene precedentes en la historia presidencial; siempre el candidato perdedor ha concedido, con rapidez y alto honor, el triunfo al candidato ganador. Trump y sus acólitos saben que les será casi imposible revertir los resultados de la elección, y los expertos en materia lo confirman.

Entonces, ¿qué intenta Trump con su negativa a conceder la victoria? Para algunos analistas y coincido con ellos, lo que está detrás del pataleo de Trump es su inmunidad presidencial. Una vez que salga de la presidencia pierde su inmunidad y el 20 de enero del 2021 está a la vuelta de la esquina.

En septiembre pasado, el NYT (New York Times), publicó que Trump tiene una deuda con la institución bancaria alemana, Deutsche Bank, de unos 400 millones de dólares. David Enrich, editor financiero del NYT, acaba de publicar este año su libro “Dark Towers”, donde dice que, si no hubiera sido por los créditos multimillonarios del Deutsche Bank, Trump no hubiera sido presidente. Trump tiene una demanda pendiente exigiendo que restituya 72 millones de dólares que recibió en 2010 por supuestas pérdidas comerciales que suman 1.400 millones de 2008 a 2009. Una vez que Trump pierda su inmunidad, se le vendrá encima un tsunami de demandas que acumuló durante sus cuatro años de presidente. En Nueva York, Trump podría enfrentar cargos penales y civiles por sus prácticas comerciales en ese estado. Trump ha estado flirteando con el asunto del perdón presidencial, incluso ha sugerido que él podría perdonarse a sí mismo. Tamaña ocurrencia que podría terminar en la Corte Suprema. Trump y sus estrategas saben que solo tienen escasos dos meses de vida presidencial, y lo que intentan es distraer la atención pública hacia lo imposible, mientras ellos maniobran para salvar el futuro político y legal del presidente y su familia.

Mientras tanto, y a pesar de los obstáculos “trumpistas”, el presidente electo continúa con su proyecto transitorio. Ya nombró un consejo para tratar con el complicado problema del COVID-19, basado en el sentido común y la ciencia médica. Biden está diciendo que entre sus primeras órdenes ejecutivas estará la reintegración al Acuerdo de París. Ha sugerido el restablecimiento de las entradas legales para aquellos que buscan asilo por razones de seguridad de vida. Promete la revisión del salario mínimo de 15 dólares. El panorama que presenta Biden-Harris promete un regreso al decoro y la transparencia de la oficina presidencial, un discurso de reconciliación, unidad nacional y sanidad social.

Por eso “America is great again”, y esto es una oportunidad para nosotros los latinoamericanos. Tendremos que sacudirnos de ese lastre colonial que nos mantiene distanciados o arrinconados. Solos, seremos yerba que mueve el viento de aquí a allá. Juntos, somos una inquebrantable fuerza política.

Mientras termino este analisis me viene a la memoria Rubén Blades y su canción Plástico: Pero señoras y señores, en medio del plástico, también se ven las caras de esperanza, se ven las caras orgullosas, que trabajan por una Latinoamérica unida y por un mañana de esperanza y de libertad… Panamá, ¡presente! Puerto Rico, ¡presente! México, ¡presente! Venezuela, ¡presente! Perú, ¡presente! República Dominicana, ¡presente! Cuba, ¡presente! Costa Rica, ¡presente! Colombia, ¡presente! Honduras, ¡presente! Ecuador, ¡presente! Bolivia, ¡presente! Argentina, ¡presente! Nicaragua, ¡presente! Guatemala, ¡presente! Chile, ¡Presente! Uruguay, ¡presente! El Salvador, ¡presente! El barrio, ¡presente!”

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