Persona con cubrebocas de la Bandera de Puerto Rico. ( Foto: Ilustrativa Pexels)

Una de las cosas que estamos haciendo durante la pandemia del COVID-19 es ver películas para mantenernos ocupados y entretenidos. Esta pandemia nos ha obligado a ponernos en cuarentena, brindándonos un tiempo para la reflexión y la educación; ¿qué mejor manera de hacerlo que viendo una buena película? Una de las películas más populares por estos días es «Judas y el Mesías Negro». La vi con mi esposa y nuestra hija de doce años. El filme presentaba una historia convincente de miedo, violencia, traición y lealtad, con muchos personajes de grupos subrepresentados.

Desde que vi los avances de esta película me hizo recordar mi propia participación desde los años sesenta hasta el dos mil, en la lucha incansable por los derechos civiles y humanos. También me recordó mi vida de activista con los Young Lords, un grupo de membresía, junto con los Young Patriots, grupo sureño mayoritariamente blanco, organizado para apoyar a los jóvenes migrantes blancos de los Apalaches.

Mientras disfrutaba las escenas de la película desde mi silla reclinable, me daba cuenta que podía conectarme con Fred Hampton, presidente asesinado del Partido Pantera Negra de Illinois, un carismático constructor de coaliciones que reunió a los Panteras Negras, los Young Lords, que era una pandilla callejera puertorriqueña que se transformó en una organización de derechos civiles y humanos con múltiples capítulos en todo el país, igual que con los Jóvenes Patriotas, la organización de jóvenes blancos pobres de los Apalaches, y otros grupos callejeros.

Como uno de los líderes de derechos civiles más identificables, junto con Juan F. Ramos, quien llegó a ser concejal de la ciudad de Filadelfia, fuimos fundamentales, junto a otros, en el capítulo Filadelfia de los Jóvenes Lores. Generamos grupos de seguidores de los “Young Lords” en Allentown, Lancaster, Penn State, Camden, Nueva Jersey, Wilmington, Delaware y campus universitarios cercanos. Me vi a mí mismo en la película a través de mis acciones como un joven veterano, con nuestros programas de servicio al pueblo, nuestras clases de educación política, nuestra relación con aquellos que nos demonizaban en las organizaciones religiosas, la disciplina estricta, el bombardeo de nuestras oficinas, los presuntos informantes y nuestra disposición a morir por una causa que creíamos justa.

A pesar de todos nuestros sacrificios y esfuerzos para sacar a las comunidades marginadas de la pobreza, la explotación, la opresión, el racismo, la discriminación étnica, de género, LGBTQ y la desventaja económica, todavía tenemos mucho trabajo por hacer. No podemos medir el progreso por logros de individuos de los grupos marginados, si todavía en las masas de los marginados se sufre de los males del racismo estructural, la exclusión y la denigración.

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