(Foto: Ilustrativa Becerra Govea/Pexels)

Buenos Aires, Argentina. – Ya pasaron dos años. Gracias a Dios, la pandemia quedó atrás y hoy es nada más que un mal recuerdo y por fin, después de tantas postergaciones, María podrá celebrar la fiesta de sus 15 años. Enorme sacrificio hicieron sus padres para que el sueño de su única hija pudiera cristalizarse. Por eso organizaron la fiesta más linda de todas, con todas las luces, todos los decorados y todos los invitados que María quisiera, sin límites, sin rencores.

“Manos a la obra”, dijeron en familia y comenzaron a trabajar para la fecha prevista. Con emoción y la gran adrenalina que llega a montones en la recta final de los preparativos. Otra vez los contactos con la modista, con los encargados del catering, con los músicos y otra vez a repasar la lista de invitados.

De la lista original, a simple vista se notaba que unos cuantos parientes y amigos no iban a poder estar en la fiesta más linda que una mujer puede tener. ¿Desinterés? ¿Peleas? Nada de eso.

Los tíos maternos Abilina y Renzo, venezolanos ellos, no podrán venir a la fiesta porque ambos murieron por la pandemia, por el simple hecho de no comulgar con el régimen dictatorial de su presidente y no portar el “Carnet de la Patria” que exigía sumisión a cambio de beneficios. Nunca pudieron vacunarse porque nunca les llegó el turno.

La familia de Argentina tampoco podrá bailar el vals ni reírse de las anécdotas familiares porque las pocas vacunas siempre fueron para los privilegiados del poder y para los amigos del Estado y de las sombras, aunque tuvieran 18 o 50 o 70 años. También murieron.

La gran comitiva de EE. UU., tampoco estará brindando y festejando, y no por los manejos del gobierno, sino porque se creyeron más fuertes y resistentes que la vida y decidieron no vacunarse, desafiando a quien se sabe, siempre se queda con la última palabra. La vida —sepamos — es eterna, aunque no lo podamos comprobar. La vida ve morir a todos y sigue con su derrotero dando oportunidades a quien las quiera aprovechar.

Otros invitados de varios países de Latinoamérica también faltarán y en la mayoría de los casos o “excusas” coincidirán. Por un lado, los olvidados de las vacunas y, por otro, los que renegaron de la posibilidad de vivir por cuestiones difíciles de entender.

La noche recibirá a la más linda de toda envuelta en su traje blanco reluciente. Todos aplaudirán y vivarán a María y tal vez nadie se dé cuenta que, de las treinta mesas establecidas, seis estarán vacías, como también unas cuarenta sillas. Alegría, dolor e indignación, todo resumido en una fiesta para 200 personas. Imaginemos un país…

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