Por muchos años hemos criado a nuestros hijos con miedo a decir «no», sobre todo a los adultos. Y no sólo eso: también los hemos criado con temor a decir lo que piensan y sienten.

Decir «no quiero, gracias» parece sencillo, pero es más difícil que un parto de mellizos. Muchos adultos se mueren sin saber decir «no». Este aprendizaje es fundamental en el futuro de un ser humano, pues evita el abuso sexual y todo tipo de abusos. ¿Cómo pedir a un niño que diga «no» a quien quiere tocarlo en un mal sitio, si no le han permitido decir «no quiero» ni a sus padres?

Decir «no» crea fronteras, límites, algo fundamental para no ser obligados o manipulados ante algo que rechazamos, porque en el fondo sabemos que nos hará daño o no deseamos hacer.

Esto amerita sentirse seguro de sí mismo. Y, aunque parece fácil, solo se desarrolla en un ambiente donde el niño se sienta amado, aceptado, respetado como es y con derecho a disentir del otro. La seguridad no se compra en el supermercado. Para que un niño tenga un «yo» fuerte y crea que puede decir lo que piensa, necesita respeto para su capacidad y derecho a decir «no», si así lo quiere.

Muchos están muy confundidos. Creen que sus niños, por ser pequeños, deben hacer lo que papá y mamá digan, cuando ellos digan y como ellos quieran. Tampoco es que vayamos al otro extremo, donde el hijo es un rey que todo lo que diga o quiera, debe hacerse. Los extremos se tocan. Los niños deben crecer con calidez y afecto, escucharlos y amarlos. Sin embargo, jamás debe ser un tirano que siempre hace lo que le venga en ganas.

El equilibrio se logra con firmeza. Cuando hay que decir «no», debe hacerse. Ejemplo: se niega a tomar una medicina estando enfermo, es grosero o mal educado, no quiere ir a la escuela, insulta o pega a otros, etcétera. Ese es el momento de la firmeza, pero sin gritos, sin golpes ni maltrato emocional (como decirle estúpido, por ejemplo).

Firmeza es decir «no» explicando las consecuencias de portarse así, para él y los demás. Y mantener esa actitud, aunque llore, haga pataletas y nos grite que somos malos y que ya no nos quiere. Con dulzura, dígale que usted sí lo quiere, pero manténgase firme, vuelva a explicar porqué no debe hacerlo y cuáles serían las consecuencias.

Todo igual que en el castigo: se pone y se explican la razón y las consecuencias de esa conducta. Usted debe ser firme y no quitarlo, porque pierde credibilidad y respeto ante sus ojos. Los niños son muy manipuladores. El castigo debe ser corto y relacionado con lo que hizo mal. Jamás golpear ni insultar.
www.NancyAlvarez.com

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