Leno Rose-Avila.

En Las Animas, Colorado, casi nunca vimos una blanca Navidad con toda su nieve y esplendor.

Éramos una familia pobre con dos maravillosos padres inmigrantes que tenían 12 hijos. Cuando éramos niños, mis hermanos y yo, no recibíamos la cantidad de regalos que los niños reciben en la actualidad, pero teníamos la suerte de conseguir una prenda de vestir que realmente necesitábamos. Todos esperábamos la Navidad, esperando recibir caramelos, nueces y tal vez una fruta, pues era muy cara en ese entonces y tenerla fresca era muy especial.

EL ÁRBOL MÁS GRANDE

No podíamos permitirnos un árbol con tanta frecuencia, así que conseguíamos uno que había estado en la Memorial Grade School, ya que nos lo podíamos llevar a casa una vez que la escuela cerraba por vacaciones. Dos de mis hermanas mayores lo llevaban a casa. Caminaban orgullosas con el árbol que todavía tenía mucho oropel colgando de las ramas, lo cual apreciábamos mucho. Siendo este árbol el más grande del barrio, podríamos dar la bienvenida con orgullo a la época de navidad. Una vez que lo metíamos en la sala de estar, a menudo nos encontrábamos con que era demasiado alto y teníamos que cortarlo para que se adaptara a nuestra casa.

Teníamos una cadena de luces viejas que burbujeaban cuando se encendían. Y luego le poníamos tiras de palomitas y arándanos, haciendo el árbol aún más maravilloso.

“SHOW AND TELL”

La costumbre en las escuelas era que la semana después de las vacaciones los niños mostraran sus obsequios en una actividad llamada “Show and Tell”, y contaran parte de la lección en el aula. Tenía miedo de que si tomaba los calcetines y la ropa interior que me habían regalado mis padres, me sacarían de la escuela a carcajadas, por lo que tome prestados unos juguetes que había en el patio de un niño blanco y más afortunado y los devolví después de adjudicármelos como propios en clase.

A menudo me preguntaba por qué este tipo de “Papá Noel blanco” nunca vendría a nuestro vecindario. No muchos blancos se aventuraban en nuestro bloque por la noche. Quizás no se presentó porque temía que algunos de mis hermanos morenos mataran a Rudolf y pudieran convertirlo en tacos para la comunidad.

Nuestras Navidades fueron humildes pero muy buenas. Tuvimos cariño y eso fue suficiente. Mientras muchos otros estaban recibiendo buenos obsequios, nosotros recibíamos cariño, frijoles, buenas tortillas caseras y unos sobresalientes tamales.

UN DOLOR INESPERADO

Yo era un estudiante en la Universidad de Colorado Boulder cuando mi hermano menor, Mano, me convenció de regresar a casa, para disfrazarme para algunas familias muy pobres; me vestirían como un “Papá Noel moreno”. Me resistí, pero Mano insistió en que necesitaban hacer esto. Su grupo de la iglesia católica junto con el sacerdote Charlie Horn, estaban organizando este proyecto. Conocí al Padre Charlie, y aprecié que trabajara con la juventud latina.

Había llegado la noche, hacía frío, nos habíamos reunido todos en la iglesia. Las donaciones de alimentos no habían sido tan abundantes. Así que el buen sacerdote junto con Lydia Vela y Teresa Saldana, mi prima, fueron a la tienda de Thaxton a comprar más productos enlatados.

Poco después, todos nos quedamos impactados al escuchar la noticia. Mi hermano Mano y un par de personas más se subieron a mi auto y corrieron hacia Thaxton’s Market. Había coches de policía por todas partes, y vimos los dos autos que seguían humeando; el del Padre Horns sufrió los peores daños. Nuestros compañeros habían chocado.

Los productos enlatados comprados recientemente se mancharon con sangre de los nuestros. Nos dijeron que Lydia había muerto, y Teresa había sido enviada a La Junta, a 21 millas de distancia, donde se tenía un mejor hospital.

Recogimos los productos enlatados y de regreso a la iglesia mientras limpiamos las latas, las lágrimas corrían por nuestras mejillas. Mano insistió en que el espectáculo tenía que continuar. Los niños y las familias esperaban a Santa. Mi hermano nos presionó para que fuéramos fuertes y no decepcionáramos a las familias. Me puse el traje barato de Santa y nos fuimos. Esas familias pobres y necesitadas nunca habían tenido a Papá Noel en sus casas. Si bien lo que dimos no fue mucho, fue dado de un corazón a otro.

Nos sentimos más fuertes después de visitar y ver sonreír a las familias. Había grandes sonrisas en los rostros de los niños.

Cerca de la medianoche, llegamos a La Junta, y descubrimos que nuestra tía, mamá de Teresa, ya estaba allí. Afortunadamente mi prima, aunque estaba gravemente herida, sobreviviría.

Más tarde nos dijeron que un estudiante borracho de una familia blanca de élite fue el que había impactado de frente el auto del Padre Horns. El joven que provocó el accidente nunca fue procesado. Otro terrible momento de racismo en nuestro pueblo.

Después de ese día, interpreté a Santa para muchos grupos comunitarios que necesitaban a alguien gordito con una voz fuerte que pudiera cantar fuerte un Ho-Ho-Ho.

SÓLO UN SUEÑO

¡Hoy quisiera una Navidad morena! Con nuestra propia versión de Papá Noel, llegaríamos a un parque en un Taco Truck decorado de verde, blanco y rojo, con muchas luces parpadeantes decorando el exterior.

En los altavoces se escucharían la canción “Feliz Navidad” de José Feliciano y luego, los mariachis harían zapatear a los elfos, y aparecerían danzantes aztecas con sus trajes coloridos y bailes increíbles a ritmo de los tambores.

Por fin, nuestro Santa del barrio “Pancho Claus o Chicano Claus” con un sarape al hombro, seria ayudado por los elfos, repartiría en abundancia, dulces, juguetes y regalos para todos.

Colocarían una silla grande para tomarse fotos con Pancho Claus, que les daría un certificado de regalo para un camión de tacos local.

Habría mesas de buffet con enchiladas, chiles rellenos, arroz, tamales y por supuesto, tortillas de maíz. De postre, habría panes dulces mexicanos.

Las familias formarían un arco iris de diferentes etnias, dado los muchos matrimonios y amistades interculturales que se encontrarían ahí.

Hay muchas buenas tradiciones navideñas, yo solo quiero agregar mi propio toque a esta época.

¡Viva todos los Santas que nos traen amor y esperanza!

Más historias de las navidades de Leno:

escuchame me amas – Impacto (impactomedia.com)

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