“La gran enfermedad de nuestra época es la falta de rumbo, el hastío y la falta de sentido y finalidad.” Víktor Frankl

La radiografía que hemos hecho de nuestro país es un espejo de nuestro interior. Un reflejo que no cuadra con lo que creemos de nosotros mismos. Tenemos una idea de lo que somos, pero nuestras acciones nos traicionan. Nos autoproclamamos benefactores del bien del otro, pero a la hora del conflicto le negamos sus derechos y lo convertimos en nuestro enemigo.

Apenas el pasado 4 de junio se desató un tiroteo en la calle South Street en Filadelfia, dejando tres muertos y 11 heridos. Al parecer por un intercambio de palabras soeces que terminaron en una trifulca callejera y otros que paseaban por la zona turística recibieron el impacto de la balacera. Esto reafirma lo que planteamos la semana pasada en este espacio; nadie está a salvo. En cualquier esquina, de cualquier lugar, a cualquier hora y cualquier persona puede ser presa de la frustración, del odio, y el tedio, dejando a otros con traumas permanentes, y en las funerarias con sus familiares, lamentando la pérdida de un ser querido.

El fenómeno de la violencia y el terror que diariamente testificamos y que muchos la sufren en carne propia, es producto de la falta de sentido en la vida, lo que produce acciones sin sentido. Las sociedades de opulencia, como lo es la nuestra, crean ideales de felicidad y bienestar basados en el dinero y el desenfrenado impulso de tener cosas. El abarrotamiento de ciudadanos haciendo filas maratónicas en un típico “Viernes Negro” es un nimio ejemplo de esta ideología del tener. Este impulso de tener cosas lo combinamos con la creencia de que nos merecemos las cosas que deseamos y terminamos con una compulsión patológica de acumular cosas.

Decía el escritor y poeta argentino, Jorge Luis Borges, “El bastón, las monedas, el llavero, la dócil cerradura, las tardías notas que no leerán los pocos días que me quedan, los naipes y el tablero, un libro y en sus páginas la ajada violeta, monumento de una tarde sin duda inolvidable y ya olvidada, el rojo espejo occidental en que arde una ilusoria aurora. ¿Cuántas cosas, limas, umbrales, atlas, copas, clavos, nos sirven como tácitos esclavos, ciegas y extrañamente sigilosas? Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido”. Borges, como ágil poeta, describe como atesoramos cosas e incluso las amamos a tal nivel que sin ellas nos sentimos nada y olvidamos que las cosas nunca podrán amarnos.

Esta falta de sentido por las cosas nos ha llevado a valorar nuestra libertad individual por encima del bienestar colectivo. Nuestros valores humanos han sido trastocados y ni siquiera nos dimos cuenta. Ahora nos sorprende este tsunami de terror social que ruge en los alrededores de cualquier centro comercial, iglesia o calles emblemáticas. Esto es una real crisis existencial. La sociedad estadounidense se ha pasado décadas buscando culpables afuera y demonizando todo aquello que le lleva la contraria.

Las iglesias le hacen coro proclamando que somos un país enormemente bendecido. ¿Cómo entonces tanta matanza? Los culpables de este sin sentido no están ni en Rusia, Venezuela, Cuba, e Irán. Los tenemos adentro, los hemos criado al calor de nuestras familias y asistiendo a nuestras iglesias. No es hora de buscar chivos expiatorios, es hora de sentarnos a la mesa y reflexionar sobre nosotros mismos, “¿Qué nos falló? ¿Qué hicimos mal? ¿Dónde dejamos caer la pelota? ¿Por qué seguimos votando por los mismos políticos? ¿Por qué seguimos haciéndonos de la vista larga? ¿Por qué seguimos predicando una fe escapista que solo procura preocuparte por irte al cielo?

El neoliberalismo fracasó en su promesa de una mejor distribución de riquezas y con ello creó una sociedad desestabilizada y vacía que busca en el tener (un barril sin fondo) satisfacer sus ansiedades y esperanzas. Por otra parte, los evangélicos, con una teología del fin dislocada (Cristo viene pronto) y promesas de garantizar un “Airbnb” en el cielo, generaron una comunidad de creyentes que ha usado la fe para esconder sus más íntimos deseos demoniacos. Sacrificaron el evangelio de la paz y la solidaridad por esplendorosos templos, llenos de gente vacía y pastores, predicando el evangelio del neoliberalismo.

Junto al fracaso del neoliberalismo y la religión, se asoma callado y avergonzado el fracaso del sistema educativo

A los latinos esto nos toca muy de cerca, pues somos los menos que se gradúan, los de mayor índice de ausentismo, los de menor participación de padres, muy por encima de las comunidades asiáticas, negras y blancas. Ante este cuadro las esperanzas se desvanecen, las frustraciones aumentan, el vacío se expande y la gente queda eslembada ante un televisor que le idiotiza y un noticiero que le exacerba el miedo y la desesperanza. 

Parece que el “sueño estadounidense” para unos se desvaneció y para otros se tornó en una tétrica pesadilla. La solución a esto no está en la politiquería partidista, ni en los viajes espiritualistas de las religiones. Vamos muy rápido y no nos damos cuenta del enorme valor que llevamos dentro. Nos toca revalorizar nuestra visión del mundo y ver las hermosas posibilidades que tenemos en la solidaridad y resiliencia, en el diálogo honesto, en el abrazo colectivo. Nos toca sentarnos a la mesa y comenzar, pero esta vez llenos de paz, sabiendo que la paz no es ausencia de conflictos, si no la presencia de la justicia. Esta ola de terror y sin sentido no se resuelve lamentándonos y cruzados de brazos. A los políticos les toca abandonar sus megalomanías, a los religiosos les toca revalorizar su fe y hacerla real para los seres humanos y a nosotros nos toca ser más solidarios, más tolerantes y felices. Esto sería una gran hazaña política y una experiencia espiritual verdaderamente transformadora. Esto debe de ser nuestro rumbo, nuestro sentido y nuestra finalidad.

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