La vicepresidenta electa de EE. UU., Kamala Harris (i), y el presidente electo de EE.UU., Joe Biden (d), celebran su victoria en Wilmington, Delaware (EE.UU.), el 7 de noviembre de 2020. EFE/Andrew Harnik

En 1776, aquí en Filadelfia, se escribió y cimentó la Constitución de los Estados Unidos de América. Y en el 2020, también en Filadelfia, se galvaniza y declara el nuevo presidente electo de los Estados Unidos. Filadelfia ha sido testigo de innumerables eventos históricos que han marcado la nación. Fue así como el sábado 7 de noviembre del 2020, a eso de las 2 de la tarde, luego de que los obispos del conteo declararan al candidato Biden como ganador, salió el humo blanco del Centro de Convenciones.

Esta noticia se hizo sentir en toda la nación y de inmediato el pueblo se agolpó en las calles, celebrando la victoria de la libertad y la democracia. La gente bailaba, los ciudadanos se abrazaban, lloraban, daban gritos de alegría, la conmoción era general y colectiva. Se sintió un enorme alivio, un descanso emocional y una gran paz espiritual, después de cuatro años de comentarios insultantes y conductas bizarras por parte del presidente Trump. Me comentó una amiga que vive en Carolina del Norte, “me sentía ultrajada cada vez que ese hombre hablaba en público. Me daba terror prender el televisor y tener que escuchar insultos y mentiras.” Este sentimiento no era aislado, muchos han expresado sentimientos similares. La verdad es que sí, es un alivio nacional saber que el 20 de enero del 2021 se inaugurará a un nuevo presidente. Sin embargo, no podemos dormirnos en los laureles y quedarnos embelesados en la victoria del binomio Biden-Harris.

Heredamos una nación polarizada y dividida

El presidente Trump deja una nación herida y golpeada por el fanatismo ideológico, racial y religioso; tres elementos altamente explosivos, que podrían hacer estallar una peligrosísima confrontación civil. Ante esto suena muy esperanzador el mensaje unificador de Joe Biden; «terminada la campaña, es hora de dejar atrás la ira y la retórica dura y unirnos como nación. Es hora de que Estados Unidos se una, y sanemos. Somos los Estados Unidos de América y no hay nada que no podamos hacer si lo hacemos juntos”.

Biden ha hecho promesas muy importantes y tenemos que asegurarnos de que las cumplirá. Hay que asegurarnos de que nuestros casi 800 mil “Dreamers” no serán deportados, y que se les ayudará a procesar su ciudadanía como lo ha prometido Biden; y lo mismo para los millones de indocumentados que por razones técnicas y burocráticas no han recibido su residencia legal. Recordemos que durante la administración de Obama-Biden no se hizo la reforma migratoria, como habían prometido. Hay que mantener la guardia en alto para que esto no se repita y logremos esa indispensable reforma.

Biden hereda una nación en crisis, con más de 240 mil personas muertas por COVID-19 y conflictos raciales entre la comunidad negra y la policía. Sus casi cincuenta años en el Senado, sus ocho años como vicepresidente, el respeto del que goza por parte de muchos líderes republicanos, y su discurso de paz le dan una considerable ventaja para poder navegar en las convulsionadas aguas de Washington. Su presidencia será complicada, pero su experiencia política y su carácter le serán de gran ayuda en el manejo de esos vientos y tempestades.

A nosotros, los que estamos en el fragor de la cotidianidad, nos toca sentar cabeza y comenzar a vernos como parte de una nación que requiere, más que nunca, de ciudadanos sensatos, que trabajen por la paz y la reconciliación. Sobre todo, entre nosotros los latinos. Aquí no se trata de quién votó por quién, sino de que todos participamos de un proceso democrático, y que el presidente electo gobernará para todos los estadounidenses, como se supone que sea. No debemos tomar venganza y demonizar a nuestros hermanos latinos que votaron por Trump. Ellos no son nuestros enemigos. Tenemos que contar con todos porque juntos somos más fuertes.

Estas elecciones mostraron que estamos en tiempos de cambio. Con el solo hecho de que cerca de 160 millones participaron del proceso electoral, se da una evidencia clara de esos cambios. La comunidad latinoamericana ejerció su derecho al voto como nunca; la puertorriqueña fue también impresionante y esto es muy significativo. Pero fue el voto negro el que hizo la gran diferencia para la victoria de Biden-Harris. Aunque aún no tenemos los números oficiales de cuantos latinos votaron en estas elecciones, confío en que hayamos superado el 47 por ciento que se registró en el 2016.

Logramos algo histórico, detuvimos la retórica racista y la arrogancia populista. Por eso celebramos no solo la victoria de Biden-Harris, sino la victoria de la democracia y la libertad. Pero aún tenemos mucho más que lograr; la unidad latina, y alcanzar mayor y mejor representación política en la ciudad, en las instituciones y el senado estatal. Tenemos los números; ahora necesitamos la unidad.

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