Un motociclista circula bajo la intensa lluvia durante el paso de la tormenta tropical Fred, hoy en Santo Domingo (República Dominicana). (Foto: EFE/Orlando Barría)

Este 22 de abril, se conmemora el “Día de la Tierra”; una efeméride instaurada en 1970 con el fin de promover un nuevo conocimiento sobre la salud de nuestra “casa común”, y los riesgos que la humanidad podría enfrentar si decide ignorar los gemidos de dolor del planeta; las señales que nos manda para avisarnos que los humanos lo estamos degradando, consumiendo, devastando.

Los siglos XIX y XX fueron dos centurias que ejercieron mucha tensión sobre los recursos naturales de todo el mundo; en América nacieron las primeras mega compañías que explotaban el petróleo a nivel industrial, disparando el uso de los combustibles fósiles, con sus conocidos efectos contaminantes; por otro lado, la creciente industrialización empezó a multiplicar la cantidad de desechos tóxicos que se derramaban en la tierra, el aire, los ríos y los océanos, acelerando la degradación ambiental y atmosférica, dañando el ecosistema y produciendo al mismo tiempo un efecto multiplicador en nuevas infecciones y pandemias, lo mismo que el aumento de fenómenos naturales catastróficos.

En los años 60 se empezaron a oír con fuerza las voces de alerta de la comunidad científica, que nos advertían que el mundo se estaba calentando a mayor velocidad de lo normal, que el uso excesivo de aerosoles y otros gases estaba rompiendo la capa de ozono que nos protege del sol, que los glaciales y los casquetes polares se empezaban a derretir y billones de litros de agua se estaban derramando hacia los océanos, causando un elevamiento del nivel de las aguas y poniendo en peligro las ciudades y poblaciones ubicadas sobre las costas y en zonas insulares.

Sin negar todo esto, no debemos convertirnos en autómatas de un ecologismo ciego y sumiso; no debemos ignorar el deber de informarnos más y mantener los ojos abiertos. Hoy es común tildar a alguien de “conspiracionista” si habla de agendas ocultas, pero ciertas agendas ecologistas pudieran estar siendo usadas desde el Plan 2030 y otros organismos internacionales, que alegan la sobrepoblación para controlar el crecimiento demográfico natural con mecanismos que hieren la dignidad humana.

De agendas ocultas surgieron las campañas secretas de esterilización masiva en poblaciones pobres, marginadas y lejanas, y hoy se ve sobre todo en el apoyo o la imposición de las leyes abortistas en todos los países del mundo sin importar el tiempo de embarazo; las campañas para derrumbar los valores tradicionales y contradecir incluso a la ley natural, para convencernos de que hombre y mujer no existen, que son solo ideas mentales, y que cada uno decide el sexo que quiere sin importar lo que muestre su anatomía y griten sus genes. Este turbio cóctel puede impactar en el número de familias disfuncionales, de donde luego salen jóvenes desorientados, depresión endémica y toda clase de enfermedades mentales que generan alcoholismo, adicción, desarraigo y violencia social.

Pero aun conscientes de ello, es un deber indiscutible enseñar a nuestros hijos hábitos que ayuden a proteger nuestro planeta, tales como practicar el reciclaje, reducir el uso de plásticos desechables, usar menos el automóvil y más el transporte público, la bicicleta y los carros eléctricos; avivar la conciencia de proteger a las especies en vía de extinción, superar la adicción a la comida chatarra y buscar una alimentación sana y balanceada; reducir el consumo de carnes para aminorar la nefasta tala de bosques que causan las ganaderías, y muchas otras prácticas que son urgentes y necesarias para garantizar la supervivencia de nuestra humanidad.

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