(…) Más tarde, durante mi último año en la escuela secundaria, mi madre se enfermó en su último embarazo, siendo Miguel el duodécimo hijo. En aquellos días, mi madre era una LPN, o “enfermera práctica con licencia”, pero este último embarazo la dejó sin condiciones para trabajar durante muchos meses. Mi padre, que trabajaba en el campo, tenía pocas o ninguna posibilidad de encontrar trabajo ese invierno. Como resultado, ese año nos volvimos muy dependientes del Departamento de Bienestar y sus productos alimenticios, y fuimos una de las familias más pobres de nuestra ciudad.

Una noche de diciembre, cerca ya de la Navidad, escuché ruidos extraños afuera, en nuestro patio delantero, que de seguro que no sonaban como Papá Noel y su bonito trineo de renos. Algunos de nosotros nos asomamos por la ventana de la sala mientras otros abrían la puerta de madera para ver qué estaba pasando. Allí, de pie frente a nuestra puerta, había unos 20 bien vestidos, bien intencionados y acomodados jóvenes blancos, muchos de los cuales eran miembros de mi clase de último año, acompañados de algunos de sus padres y familiares adultos. Cantaban villancicos y llevaban cestas de comida, incluido un pavo y una buena variedad de productos enlatados; es decir, todo lo necesario para una cena navideña. Obviamente, no teníamos mucha comida en la casa en ese momento y la cena de Navidad iba a ser más bien escasa. Cualquiera hubiera agradecido este gesto; sin embargo, esa fue la primera y la última vez que esos blancos vinieron a nuestra casa.

«Mamá, quiero que esas personas salgan de nuestro jardín. Les voy a decir que se vayan; les voy a tirar la comida a la cara», le dije exaltado; «¡puede que seamos pobres, pero no necesitamos comida de los gringos!» Estaba furioso de que nos restregaran nuestra pobreza en la cara y estaba avergonzado de que fuéramos pobres. ¿Cómo se atrevían a venir a nuestra casa y humillarnos así? En ese momento estaba muy enojado.

«No», respondió ella, «no vas a hacer eso». “Mamá”, respondí, “sé que somos pobres, ¡pero no tan pobres! No necesitamos su comida y seguramente no los necesitamos a ellos ni a su canto. Déjame deshacerme de ellos». Mi madre me detuvo en seco, diciendo: “No. No harás nada. Tus hermanos y hermanas necesitan esta comida. Vamos a aceptarlo y a agradecerles y a pedirle a Dios que los bendiga”. «¡Por favor, mamá!» le supliqué, “¡nunca podré volver a la escuela y enfrentarlos! Me niego a volver a la escuela secundaria y verlos, se burlarán de mí. ¡No quiero su comida!» Mi madre se impuso; ella, mi padre y mis hermanos salieron para agradecerles y aceptar la comida sin mí. Más tarde, una vez que los Caroler’s se fueron, mi familia revisó la maravillosa variedad de alimentos que nos habían traído en las cajas. Protesté con un boicot y me quedé con los frijoles y el arroz ese año, ¡estaba tan enojado y avergonzado!

Cuando volví a la escuela secundaria en enero, no sabía cómo comportarme con los estudiantes que habían venido a nuestro patio esa Navidad con sus canciones y sus canastas de comida. Eventualmente fui capaz de comprender que habían hecho lo correcto y que eso hizo feliz a mi familia. Pero, aun así, nunca les di las gracias y ellos nunca lo mencionaron. Quizás algún día, en una reunión de clase, pensaba, les haría saber que la comida y el gesto habían sido apreciados.

Volviendo a nuestra historia, habiendo pasado por tantas festividades difíciles, decidí que cuando tuviera dinero compraría un buen regalo de Navidad para cada miembro de mi familia; algo para hacer ese día más especial. Finalmente, tuve la oportunidad de hacer lo que tanto quería en 1969, cuando tenía unos 23 años. Había conseguido un buen empleo trabajando para el bufete “Colorado Rural Legal Services”, y ahorré el dinero suficiente como para poder llevarle regalos a mis padres y a los 6 hermanos que todavía estaban en casa. No pasaba mucho tiempo en casa en esos días, ya que andaba muy ocupado tratando de salvar a todos los pobres, y enfrentando algunas aventuras bastante emocionantes como un activista chicano radical.

La comida de Navidad estaba prevista para el día 25, a eso de las tres de la tarde. Mi familia me dijo que estaban entusiasmados con mi anunciada llegada, ya que había estado fuera de casa durante al menos tres meses.

Ese día llegué tarde, tras conducir las 240 millas que hay desde Boulder hasta Las Animas. Cuando finalmente estuve allí, eran ya casi las 4 de la tarde; ¡llegué con el olímpico retraso de un buen chicano! Salí de mi muy cuidado y veloz Pontiac GTO azul de 1968; recogí y me cargué todos los regalos debajo de mis brazos, y me coloqué un sobre en el bolsillo de mi abrigo, especialmente para mi hermano.

Escúchame, ¿me amas? (parte II) 1

Manuel, o Mano, como le gusta que le llamen ahora, iba a recibir un regalo muy especial de mi parte esa Navidad. Debía de tener unos 18 años y era muy independiente. Yo había elegido una tarjeta navideña con un billete de 50 dólares solo para él, su propio regalo especial; sabía que le vendría bien el dinero y ese nuevo billete de 50 dólares se veía sencillamente hermoso. Estaba seguro de que sonreiría y me agradecería profusamente. Irrumpí triunfalmente en la vivienda mientras los gemelos saltaban a mi alrededor, guiándome tras ellos por el centro de la sala de estar mientras los otros niños gritaban, “¡Leonard!, Leonard!, ¡llegaste!

Esta historia continuará.

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