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Narcisismo maligno: cuando el ego se convierte en un peligro para el mundo

Trump
El presidente estadounidense Donald Trump se reúne con el presidente ruso Vladimir Putin en la cumbre del G-20 el 7 de julio de 2017 en Hamburgo. Trump y Putin se reunieron durante más de dos horas. (Foto: VOA)

Más allá de la vanidad

Es común conocer a alguien que disfruta de ser el centro de atención. En pequeñas dosis, el narcisismo es una característica humana común. Sentirse orgulloso de los propios logros o desear reconocimiento no es patológico.

El problema surge cuando la necesidad de admiración se vuelve extrema y se combina con una profunda falta de empatía hacia los demás. Cuando esa mezcla incorpora, además, agresividad, manipulación, paranoia y desprecio por las consecuencias que sufren otras personas, algunos especialistas hablan de narcisismo maligno. El concepto fue popularizado por el psicólogo social Erich Fromm y posteriormente desarrollado por el psiquiatra Otto Kernberg. Según esta visión, el narcisismo maligno reúne rasgos del narcisismo extremo, conductas antisociales, tendencias paranoides y una necesidad obsesiva de poder y control.

¿Cómo reconocerlo?

Las personas con rasgos de narcisismo maligno suelen presentar algunas características recurrentes:

  • Se consideran superiores al resto.
  • Necesitan admiración permanente.
  • Tienen escasa empatía por quienes les rodean.
  • Interpretan las críticas como ataques personales.
  • Suelen ver enemigos o conspiraciones por todas partes.
  • Manipulan a otras personas para alcanzar sus objetivos.
  • Reaccionan con ira o deseos de venganza cuando sienten que su autoridad es cuestionada.
  • La diferencia entre un narcisista común y uno maligno es que este último puede llegar a utilizar la mentira, la intimidación, la humillación o la agresión como herramientas para preservar su posición y alimentar la imagen grandiosa que tiene de sí mismo.

Del individuo al líder político

La política atrae naturalmente a personas ambiciosas, seguras de sí mismas y dispuestas a competir por puestos de poder. Eso no significa que todos los dirigentes sean narcisistas. De hecho, muchos líderes eficaces se distinguen precisamente por escuchar a otros, rectificar errores y compartir responsabilidades.

Sin embargo, algunos investigadores sostienen que el poder puede actuar como una lupa sobre rasgos de personalidad ya existentes. Cuando una persona recibe admiración constante, cuenta con menos límites y se rodea de seguidores que refuerzan su visión del mundo, ciertos rasgos narcisistas pueden intensificarse.

Por eso, uno de los signos que más interesan a psicólogos e historiadores es el llamado culto a la personalidad: la construcción de una narrativa según la cual el líder aparece como indispensable, infalible o incluso como la encarnación de la nación misma.

Los ejemplos históricos

Las figuras históricas más frecuentemente asociadas con el concepto de narcisismo maligno son Adolf Hitler y Josef Stalin. Ambos desarrollaron sistemas de poder altamente personalistas, alimentaron cultos a su propia figura y mostraron una marcada intolerancia a la oposición o a la crítica.

Dependiendo del autor, también suelen mencionarse líderes como Napoleón, Benito Mussolini, Saddam Hussein, Calígula, Nerón o algunos dirigentes de la dinastía Kim en Corea del Norte.

Naturalmente, realizar diagnósticos retrospectivos sobre personajes históricos es imposible. Lo que hacen los especialistas es comparar comportamientos documentados con modelos teóricos desarrollados por la psicología.

El presidente Donald Trump habla al salir de una conferencia de prensa con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, en primer plano, en el comedor de Estado de la Casa Blanca, el lunes 29 de septiembre de 2025, en Washington. (Foto: AP/Evan Vucci)

Trump, Putin y Netanyahu en el debate actual

En años recientes, el término «narcisismo maligno» ha reaparecido en artículos periodísticos, ensayos y programas de análisis político para discutir el liderazgo de figuras contemporáneas como Donald Trump, Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu.

Trump ha ocupado un lugar central en este debate. Algunos observadores señalan su extraordinaria capacidad para captar la atención pública, su sensibilidad ante las críticas, su tendencia a presentarse como un líder excepcional y su constante apelación a la lealtad personal. Incluso ciertos comentaristas llegaron a emplear expresamente la etiqueta de «narcisismo maligno», aunque otros profesionales cuestionaron la validez de realizar diagnósticos sin una evaluación clínica directa.

Más llamativa aún ha sido la manera en que el propio Trump ha expresado su admiración por figuras históricas asociadas con el liderazgo fuerte y la grandeza nacional. En diversas ocasiones ha comparado la magnitud de su movimiento político con momentos transformadores de la historia o ha mostrado fascinación por líderes considerados excepcionales por sus seguidores. Para algunos analistas, esto refleja una característica clásica del narcisismo político: la identificación con grandes personajes históricos y la convicción de desempeñar una misión única para el destino de una nación.

Putin, por su parte, es analizado con frecuencia a través de la lente del liderazgo personalista. Sus críticos destacan la centralización del poder, la construcción de una imagen de protector indispensable de Rusia y una visión del mundo marcada por la percepción de amenazas constantes provenientes del exterior.

Respecto a Netanyahu, el debate se ha intensificado como consecuencia de la guerra en Gaza y de las profundas divisiones internas en la sociedad israelí. Sus detractores sostienen que ha desarrollado una política excesivamente centrada en su figura, mientras que sus partidarios lo presentan como un dirigente experimentado capaz de enfrentar desafíos extraordinarios.

En todos los casos, la polémica gira en torno a una misma pregunta: ¿hasta qué punto el liderazgo se apoya en instituciones sólidas y hasta qué punto depende de la personalidad de un solo individuo?

«Regime Change» y la crisis de las élites

Una perspectiva particularmente interesante para comprender este fenómeno aparece en el libro»Regime Change: Toward a Postliberal Future», publicado en 2023 por el profesor de ciencia política Patrick J. Deneen. El autor sostiene que las democracias liberales contemporáneas han generado una clase dirigente tecnocrática que gobierna principalmente en beneficio de minorías privilegiadas, lo que ha provocado una profunda crisis de representación política.

Según Deneen, esta frustración social ha creado las condiciones para el surgimiento de líderes populistas que prometen desafiar al sistema establecido y hablan en nombre del «pueblo» frente a las élites. Su análisis ayuda a comprender por qué figuras como Trump logran movilizar apoyos tan intensos. El fenómeno no puede explicarse únicamente por la personalidad del líder; también responde a una crisis de confianza en las instituciones tradicionales. Cuando una parte importante de la ciudadanía deja de creer en los partidos políticos, los medios de comunicación, las universidades o las burocracias estatales, aumenta la disposición a depositar esperanzas en líderes carismáticos y disruptivos.

El otro Regime Change: la presidencia imperial de Trump

Curiosamente, otro libro más reciente lleva el mismo título. Se trata de Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump (2026), escrito por los periodistas del New York Times Maggie Haberman y Jonathan Swan, dos de los reporteros que han seguido más de cerca la trayectoria de Trump durante la última década. A diferencia del ensayo de Deneen, esta obra es una investigación periodística centrada en cómo el poder presidencial se ha vuelto cada vez más personalista en torno a la figura de Trump. Los autores describen una administración en la que los mecanismos tradicionales de control institucional pierden peso frente a la influencia directa del líder y de un círculo de colaboradores cuya principal credencial es la lealtad personal.

Aunque Haberman y Swan no intentan realizar un diagnóstico psicológico, varios de los episodios que relatan conectan con conceptos asociados al narcisismo maligno. El libro sostiene que Trump concibe su presidencia en términos históricos y personales más que institucionales, y describe cómo el mandatario expresó satisfacción al ser comparado con figuras como Napoleón, Stalin e incluso Hitler. Según los autores, una de las claves para entender su comportamiento político es su deseo de ser recordado como una figura extraordinaria, alguien destinado a transformar el rumbo de su país. Esa aspiración a la grandeza histórica, unida a la demanda de lealtad, la intolerancia a los límites y la tendencia a personalizar el poder, son rasgos que los estudiosos del liderazgo suelen examinar al analizar las posibles conexiones entre la personalidad y el ejercicio del poder.

La tentación del «hombre providencial»

Históricamente, los momentos de incertidumbre suelen favorecer la aparición de lo que algunos historiadores llaman el**»hombre providencial»**: el dirigente que se presenta como la única persona capaz de salvar al país.

Napoleón Bonaparte en Francia, diversos caudillos latinoamericanos del siglo XIX, líderes europeos de entreguerras y numerosos gobernantes contemporáneos han utilizado, en mayor o menor medida, esa narrativa.

La psicología política advierte que este fenómeno puede resultar atractivo porque simplifica problemas complejos. Si las dificultades económicas, sociales o culturales parecen insolubles, la figura de un líder fuerte ofrece una respuesta emocionalmente reconfortante: alguien que promete restaurar el orden, derrotar enemigos y devolver la grandeza perdida.

Precisamente por ello, los especialistas consideran que la verdadera cuestión no es si un dirigente es o no un narcisista maligno. La pregunta más importante es si existen instituciones suficientemente fuertes para limitar cualquier concentración excesiva de poder.

Una lección para las democracias

El interés actual por el narcisismo maligno refleja una preocupación más profunda sobre el futuro de las democracias. La historia sugiere que las sociedades más estables no son aquellas que dependen de líderes extraordinarios, sino aquellas que cuentan con instituciones capaces de sobrevivir a líderes buenos, malos, populares o impopulares.

Al final, la fortaleza de una democracia no se mide por el carisma de quien gobierna, sino por la capacidad de sus leyes, tribunales, congresos, medios de comunicación y ciudadanos para impedir que el poder de una sola persona se convierta en algo más importante que el propio sistema.

Esa, quizás, es la lección más relevante detrás del debate sobre el narcisismo maligno en el siglo XXI. Como muestran tanto los estudios psicológicos como los análisis históricos y periodísticos más recientes, el verdadero riesgo no aparece cuando surge un líder con una personalidad fuerte o un ego desmesurado, sino cuando una sociedad permite que la admiración hacia una persona sustituya el papel de las instituciones. Entonces, el individuo comienza a importar más que las reglas, la lealtad más que la ley y el culto al líder más que la democracia misma.

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