La pedagogía y educar la conciencia

Este 24 de enero se celebra por cuarto año consecutivo el “Día Internacional de la Educación”, bajo el lema de “Cambiemos el rumbo, transformemos la educación”. El título sugiere que es necesario hacer un esfuerzo por revivir el valor, el contenido y los objetivos del proceso educativo, asumiendo que los modelos actuales están superados, y hay que evitar el total fracaso.

Durante la época medieval, los filósofos y teólogos más reconocidos intentaron utilizar la razón crítica y la filosofía aristotélica para entender racionalmente la verdad revelada por Dios en las Escrituras; de allí surgió una corriente pedagógica y filosófica conocida como la Escolástica, que ayudó al florecimiento de miles de centros educativos y condujo al nacimiento de las universidades. Su postulado central era que “la razón no es contraria a la fe”, y que el hombre usando su raciocinio y reflexionando en forma honesta y perseverante llegaría a la conclusión de que el Universo no es posible sin Dios.

Esta filosofía perduró por más de 500 años, desde el siglo XI hasta el “Siglo de las luces”, cuando los filósofos de la Enciclopedia dictaminaron que la verdadera luz del intelecto es la razón pura, que el hombre no debe aceptar verdades externas –es decir, venidas de un presunto Creador–, y que la verdadera fuente del saber y del progreso es la ciencia positiva, articulada a través del método científico. Los filósofos modernos establecieron que el hombre es el único y verdadero centro del Universo y el único capaz de dictaminar, a la luz de su inteligencia, lo que es verdad y lo que no lo es. La escolástica es considerada conservadora y retrógrada, y reducida a la irrelevancia.

Así aparecen las corrientes pedagógicas modernas basadas en personajes como Rousseau, que afirma que al niño hay que dejarle desarrollar todas sus disposiciones naturales sin ningún obstáculo; John Locke, –el padre del liberalismo– quien dirá que la educación es la única formadora del alma humana, Pestalozzi, quien subordinará la pedagogía al conocimiento psicológico de la infancia; John Dewey, quien argumenta que la educación debe estar enraizada en el método científico y que la escuela debe ser un laboratorio; Descartes, dirá que la ciencia puede llegar a la certeza matemática de sus descubrimientos prescindiendo de la divinidad, María Montessori se centrará en “la mente maravillosa y única del niño”, y Paulo Freire hablará del poder social de la escuela para redimir a los excluidos.

Aunque las diferentes corrientes pedagógicas han contribuido a elaborar una fotografía más completa de alma y el talante humano; al sacar a Dios de la ecuación y al convertir al hombre en la fuente de verdad final, se corre el riesgo de una contradicción intrínseca, y se están viendo las consecuencias. Cada vez más individuos se proclaman “libres de creer su propia verdad”; se sienten disociados o separados de su propio grupo o nación, establecen burbujas aisladas o “independientes” dentro de su propio mundo, y no sienten respeto por sus leyes ni su destino. Ello explica la arremetida terrorista de muchos contra sus propios países en Europa, y la creciente ola de xenofobia anti oriental y anti-minorías en Estados Unidos, con la asonada contra el Capitolio, y la rebelión contra la vacunación de millones de individuos, atrincherados en sus supremas verdades y envueltos en su penumbra de conspiraciones.  

Por esto, el camino hacia un revivir de la pedagogía y una transformación de la educación son desafíos titánicos para el hombre –independientemente de si cree o no en Dios–. ¿Cómo se le puede enseñar a un niño a ser solidario con el pobre, y a la par, a que gane dinero como sea para ser un “vencedor” ?, ¿a respetar el valor de la vida, la igualdad y la dignidad humana, mientras se quiere pasar como “natural” matar a un niño en el vientre?, ¿pasar el mensaje de que la promiscuidad sexual es ejercitar la libertad que roza el libertinaje y esperar que tengamos familias estables, con niños que gocen de tener un amor sano de mamá y papá?

Ante estas paradojas será más difícil formar líderes que encarnen y representen los mejores valores humanos. Carolina Ugarte, afirma “el liderazgo efectivo es la responsabilidad y habilidad en el desempeño de un rol social”. Luego entonces será más difícil tener dirigentes con liderazgo moral, ante la carencia de integridad personal y profesional; ya que la coherencia, la ejemplaridad y la responsabilidad son indispensables en un líder.

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