A medida que pasamos por la vida, a menudo pensamos en nuestro «primer amor». Créalo o no, la mayoría de nosotros lo vivimos sin darnos siquiera cuenta de lo que estaba pasando. Fue amor a primera vista; perfecto, incondicional y casi indescriptible. Nos tomó años, quizás décadas, entender realmente la profundidad de todo eso. A veces lo ignoramos o lo damos por sentado, pero según pasan los años, finalmente llegamos a la conclusión: ese fue, y siempre será, nuestro primer amor verdadero.
Ese amor estuvo ahí en los desamores, en los momentos más feos y en las decisiones más horribles que tomamos. Fue el primer lugar seguro que conocimos. A veces, hasta nos advertía con ternura sobre los peligros del mundo y, cuando no escuchábamos, estaba ahí para consolarnos sin juzgarnos.
Me imagino que ya saben de qué estoy hablando: de nuestras madres.
Para quienes tuvimos la dicha de tener a nuestras madres en nuestras vidas, sabemos que ese amor no solo existía en palabras; existía en el ambiente de nuestros hogares. Para algunos de nosotros, ese «primer amor» tenía un olor específico: el aroma del sofrito que se cocinaba en el caldero caliente, que nos avisaba de que estábamos en casa y que alguien cuidaba de nosotros. Era un amor que no necesitaba manual; estaba escrito en cada sacrificio que ella hizo para asegurar que tuviéramos más de lo que ella jamás tuvo.
Con el paso de los años, nos volvemos más dóciles y comprensivos hacia este primer amor. Nos dimos cuenta de que la «chancleta» era, en verdad, una herramienta de enseñanza. Nuestras madres nos ofrecían protección, y no era solo comida o ropa, sino un hogar; nos estaban prometiendo una vida entera de seguridad emocional.
Incluso los regaños eran una forma de devoción. Tal vez en aquel entonces le virábamos los ojos, pero hoy escuchamos su voz en nuestra mente y la usamos como una luz guía para nuestros propios hijos. Como dijo una vez Richelle E. Goodrich:
«Las madres fueron creadas para amarnos incondicionalmente, para entender nuestros momentos de estupidez, para reprendernos por excusas baratas mientras reconocen nuestro punto de vista, para llorar con nuestro dolor y fracasos, así como llorar de alegría ante nuestros éxitos, y para darnos ánimo a pesar de los innumerables comienzos desde cero. El cielo sabe que nadie más lo hará».
Bendecidos son los que todavía tienen a sus madres para llamarlas hoy y en el Día de las Madres. Para quienes ya la perdieron, los recuerdos quedan no solo en fotos borrosas o videos viejos, sino también en la manera en que caminamos por la vida y en cómo amamos y somos buenos y amables con los demás. Ahora nos damos cuenta de que “No hay amor como el de una madre; los demás son solo cuentos”.
El amor de una madre es el fundamento de todo lo que somos. Seguimos buscando su consejo y anhelando su ternura y comprensión…el resto de nuestras vidas.
Feliz Día de las Madres a todas las mamás de sus vidas.






