Dos aficionadas con los colores de la selección de Francia conversan mientras disfrutan de la transmisión del partido en el FIFA Fan Festival de la Copa Mundial de la FIFA 2026. (Foto: Cristian Marín)

De pronto, a muchos hombres, no es que nos guste tanto esa práctica de ver a un montón de tipos detrás de un balón mientras se dan patadas. Tal vez es que ese evento que llamamos fútbol es el espacio donde podemos abrazarnos con papá. Es allí, y muchas veces solo allí, donde la figura de autoridad se quita sus corazas y se da permiso para perder los estribos porque la pelota se fue a la tribuna. O, en el caso contrario, es la escena en la que ese hombre puede envolver a su hijo en sus brazos hasta el llanto si la cuestión en la cancha fue a su favor.

Ese, por lo menos, es mi caso. Las memorias más felices con mi padre se cuentan en partidos memorables: la primera vez que me llevó a la cancha, la vez que fuimos campeones o aquel viaje que hicimos para ver al equipo en otra ciudad. Y entonces, entre esos recuerdos, se me quedaron datos, aparentemente inútiles, que me sirven para alimentar la conversación con él o para fingir que sé muchas cosas en alguna charla con amigos. Te puedo listar quiénes fueron campeones del mundo desde 1930 hasta el 2022; podría reconstruir con palabras algunas jugadas de los partidos del 2002 o recitar las nóminas de clubes que vi jugar. Así las cosas, el fútbol se parece más al espacio en el que me siento hijo que a un deporte que se me hace natural querer. En total, no fui dotado de habilidad alguna para pegarle a esa cosa redonda.

Por eso, en plena Copa del Mundo, se me ocurrió que el tamaño de la pelota no importaba tanto. Entonces me fui con mi papá, que vino desde Colombia a visitarme en Filadelfia, a ver un partido de béisbol para fortalecer el vínculo. Y a pesar de que hubo tipos en un gramado, pantallas con números, un jonrón y fuegos artificiales, no pasó mucho, no pasó nada.

Aficionados siguen el partido desde el FIFA Fan Festival durante la Copa Mundial de la FIFA 2026, compartiendo la emoción del torneo en un ambiente familiar y multicultural. (Foto: Cristian Marín)

Lo que sí es que, mientras tenía la retina llena de partidos del Mundial, el juego de la pelota caliente me reveló algo que me estaba haciendo ruido desde que se jugó el primer cotejo en el Azteca: el fútbol ya no existe.

Por lo menos no es el mismo que yo crecí viendo. Y ese, creo, sí me gustaba. Ahora, lo que estamos viendo es casi una caricatura de lo que algún día nos hizo ocupar una tribuna y pintarnos la cara de colores. Lo que hay es un fútbol edulcorado, pasteurizado y empacado con todas las brillantinas de un producto que ofrece una cosa y al final es otra.

Porque como el béisbol, o el básquet, o el fútbol de pelota ovalada, convirtieron el juego en una confrontación de tiempos cortos con pantallas llenas de números, comerciales y decisiones tomadas por máquinas. Antes podíamos pasar días discutiendo si el delantero había estado en fuera de lugar o si la pelota había atravesado la línea. Ahora, en cuestión de segundos, un aparato nos canceló esa conversación.

Tuve la oportunidad de asistir al último juego que hospedó Filadelfia entre Paraguay y Francia y sí, me emocioné hasta las lágrimas mientras subía a mi silla porque estaba en el evento que siempre vi por televisión; pero también me desencantó ver un escenario lleno de gente ajena al juego, que solo se pararon de sus asientos por la música de los entretiempos y que no mostraron indignación alguna por los patadones que ocurrieron en el rectángulo verde. Quizá, distintas a mí, serán gentes que se alegran de que la final tendrá un show de medio tiempo más largo que el medio tiempo, que van a dormir tranquilos si su equipo pierde y que no se sienten seguros de que lo que dice la pantalla es ley.

Es por ello por lo que en el Azteca de hoy no habríamos tenido una Mano de Dios y se nos habría escapado la oportunidad de hacer justicia poética ante los ingleses, tampoco podríamos sorprendernos con el gol fantasma del 2010 y seguro no tendríamos libros dedicados a las anécdotas de anotaciones que se dieron con el sabor picante que tenía ese deporte que resistía las polémicas.

Lo que sobrevive del fútbol es lo peor de lo que algún día nos hizo vibrar de emoción: influencia de las apuestas deportivas, favorecimiento a ciertos equipos e intervención de la política en lo que, hasta donde yo creía, era un juego del que éramos dueños mi papá y yo.

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