Día Internacional de las Poblaciones Indígenas del Mundo. (Salta, Morillo)

Hai´hiche tokeyis toj hats´ilak, i´che wewfpe, en wichí significa, celebrando el respeto a la diversidad cultural. Los wichí son una comunidad indígena en la región del Chaco, al norte de la Argentina. Así como los wichís, Latinoamérica tiene una impresionante diversidad indígena. 522 pueblos originarios registrados que van desde la fría Patagonia hasta las cálidas tierras del norte de México. Bolivia, Guatemala, Perú, México y Colombia reúnen al 87% de indígenas de América Latina y el Caribe. El restante 13% de la población indígena reside en el resto de los países latinoamericanos. Se estima que son casi 42 millones los que componen esta inmensa población indígena. Latinoamérica siempre ha sido diversa, aun desde sus más lejanos orígenes.

Hoy en día, son 19 repúblicas y una colonia (Puerto Rico), que, aunque su identidad cultural está definida, aún su soberanía sigue secuestrada por el Congreso de los Estados Unidos. América Latina estará inconclusa hasta que Puerto Rico recupere su soberanía y se una a la comunidad de naciones soberanas de toda América. Somos 20 naciones que compartimos lenguas romances, historia común y una diversidad de culturas impresionante.

A esas 20 naciones hay que añadirle los pueblos originarios que también son parte integral de nuestra América. Esos pueblos originarios mantienen sus tradiciones y lenguaje y son parte de quienes somos. Son el recuerdo vivo y coleante de nuestros ancestros. Son la evidencia viva de nuestra historia y tradiciones milenarias. Son la certeza clara de que América es plurinacional, pluricultural y políglota.

Nuestra diversidad es nuestra unidad 1
De Desconocido. Archivo General de la Nación Argentina, Dominio público.

Esos pueblos originarios, desde los mapuches hasta los apaches, desde los navajos hasta los guaraní, fueron los que abrieron la historia de este continente, los que fundaron la simiente diversa que hoy nos colorea. Esos pueblos también tienen lengua y verbo. Han venido transitando, invisibles, a través del coloniaje europeo y las guerras de independencia americanas. Dejaron marcadas las incipientes naciones del siglo 19. Allí está la huella de Benito Juárez, presidente de México en varios periodos, descendiente de los zapotecas. Un indígena de una altura intelectual que nada tenía que envidiarle al pensamiento europeo. Estos pueblos, callados, pero no mudos, fueron abriendo brechas liberadoras como fue el caso en Chile, cuando en 1979 la organización Ad Mapu se levantó contra la dictadura de Augusto Pinochet, o como en Ecuador en 1986, la Confederación de Nacionalidades Indígenas unificó a los diferentes pueblos y nacionalidades de ese país. También en 1994, se repite este impulso indígena con la revolución zapatista en el sur de México, con lo que se inicia lo que se conoce como la intelectualidad indígena. Así mismo en Guatemala y Chile en 2012, con el surgimiento de la Comunidad de Estudios Mayas y la Comunidad de Historia Mapuche, respectivamente. El centro de este movimiento autóctono e indígena americano es la descolonización como expresión de acción, lucha y organización política. Junto a esto también se añade el concepto mapuche “Küme mongen” (buena vida) y concepto quechua “Zumak kawzay” (buen vivir), se presentan como alternativas en tiempos complejos, marcados por el deterioro medio ambiental, el flagelo del narcotráfico, la escasez del trabajo y la mala gobernanza. El indígena americano no es un mero objeto folclórico, en cuclillas o marginado, como históricamente lo ha pintado el occidentalismo colonial. Es una entidad concreta e influyente, que ha sido el duro hueso que el colonialismo salvaje no ha podido quebrar. No es el “indito” tradicional, temeroso ante el patrón, sino un ente activo y militante en el presente y porvenir de América.

Somos América diversa, un abanico de lo distinto, de pueblos y naciones que se entrelazan en lo que nos diferencia. Esa diversidad hay que celebrarla para enriquecernos, para nutrirnos de la variedad de perspectivas que nos potencian. Esta diversidad no solo se refiere a danzas, tradiciones o recetas culinarias, es mucho más que eso. Somos una América que interactúa entre sí, que se abraza y se besa en la búsqueda del bienestar común. Una América mestiza, indígena, mulata, negra, europea. Esa mezcla genética fantástica, que jamás se le ocurrió a Gregor Mendel.

Esa diversidad se palpa y se manifiesta en todo su esplendor en las tradiciones, en el arte, en el baile, en cómo decidimos la vida, y aun en el abrazo que nos cobija.

En esta víspera de la histórica celebración de Acción de Gracias, debemos sentarnos en la mesa y darle gracias a Dios por nuestra diversidad, por esos miles de pueblos originarios que por milenios han mantenido su originalidad y afirmación cultural. Hagamos de esta diversidad nuestra una pedagogía resiliente y transformadora. Que nuestros barrios se pinten con el colorido de su folklore, que en nuestras escuelas se escuche el eco del ruiseñor, del cóndor y el quetzal, que nuestros jolgorios y festivales ruja el Iguazú, susurre el Titicaca, cante el Amazonas y el Caribe se vista de gala.

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