
En diciembre de 1959, yo era estudiante en el Palomar Community College de San Marcos, California. Gracias a la generosidad del personal de la universidad, pude regresar a mi hogar en Las Animas, Colorado, para pasar la Navidad.
Poco después de una parada programada en la estación de autobuses Trailways de San Diego, el autobús volvió a detenerse a un lado de la carretera y dos agentes de la patrulla fronteriza, ambos de mediana edad, abordaron el vehículo. Sentada en un asiento de pasillo cerca de la parte trasera del autobús, pude verlos claramente. Uno de ellos hablaba español.
“Sus documentos, por favor”.
El otro solicitaba prueba de ciudadanía estadounidense en inglés.
Cuando llegaron hasta mí, les mostré mi credencial de estudiante del Palomar Community College, que tenía lista en la mano.
“Eso no es prueba de ciudadanía”, declaró el agente fronterizo antes de continuar hacia el hombre mexicano sentado detrás de mí.
El hombre mexicano que viajaba detrás de mí tenía documentación legal que acreditaba su residencia en los Estados Unidos. Yo sabía que los agentes pronto regresarían por el pasillo. Afuera ya había oscurecido y comencé a entrar en pánico. ¿Qué podía hacer?
Entonces, de alguna manera, recordé que conocía de memoria el Preámbulo de nuestra Constitución. Un profesor de educación cívica en la escuela secundaria había obligado a mi clase a memorizarlo. Siempre me parecieron hermosas sus palabras, tanto por su contenido como por su significado, porque capturaban quiénes éramos como nación: “Nosotros, el pueblo…”. Me gustaba tanto que solía recitarlo junto con los Diez Mandamientos, como si fuera una hermosa oración. Lo era y lo sigue siendo.
Cuando oí que los agentes de la patrulla fronteriza regresaban por el pasillo, comencé a recitar el Preámbulo con voz firme y segura, tan fuerte que todos los pasajeros del autobús podían oírme:
“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interna, proveer para la defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros y nuestra posteridad las bendiciones de la libertad, ordenamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América”.
El agente de la patrulla fronteriza se detuvo junto a mi asiento cuando terminé de recitarlo. Lo miré y le dije:
“Solo un ciudadano estadounidense conocería el Preámbulo de nuestra Constitución. ¿Usted lo conoce?”
El agente soltó una mueca de desprecio y se alejó.
Los oficiales bajaron del autobús con un par de hombres que habían detenido. Y así fue como yo me salvé.
La mujer blanca sentada a mi lado me dijo en voz baja que no debí haberle preguntado al agente si conocía el Preámbulo. Viéndolo en retrospectiva, tuve suerte de que la patrulla fronteriza no reaccionara con enojo ante mi demostración y también me sacara del autobús.
Ahora, muchas décadas después, me doy cuenta de lo ingenua que era mi yo más joven al creer que las promesas de la Constitución necesariamente serían cumplidas, o que sus ideales serían apreciados por funcionarios federales que supuestamente juran defender la Constitución y hacer cumplir la ley.
Aquel incidente personal en ese autobús en 1959 sigue recordándome que ser estadounidense no está definido por el color de nuestra piel, el idioma que hablamos, nuestra ascendencia ni siquiera nuestro lugar de nacimiento. Lo que nos define es nuestra devoción y compromiso con la visión de los Padres Fundadores (y también de las Madres Fundadoras), quienes impulsaron una nación que siempre aspira a una mayor justicia, libertad e igualdad; una nación que abraza la diversidad y el respeto por la dignidad humana.
Resulta irónico, aunque no sorprendente, que la administración actual viole a diario los derechos no solo de los inmigrantes indocumentados, sino también de los inmigrantes legales y de los ciudadanos respetuosos de la ley.
Por ello, ahora nos corresponde a todos, ciudadanos y residentes temporales, refugiados y turistas, recordar la Constitución, proclamar la Constitución con firmeza, confianza y en voz alta.
Con el tiempo, seremos escuchados.





