Un trabajador del sector salud traslada el cuerpo de una persona fallecida de Covid-19 en el hospital 46 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en la ciudad de Guadalajara, estado de Jalisco (México). EFE/ Francisco Guasco

Norristown, PA – Un líder es alguien cuyas acciones motivan a las personas para que le sigan, alguien que actúa con el ejemplo y honra su palabra, y que no solo usa el poder que le da un cargo público.

Así como el padre de familia, el maestro de escuela, el capitán de un barco o el presidente de una nación deben influir, animar y orientar a sus gobernados para trabajar y lograr el bien común, así sus seguidores deberían actuar con convicción y responsabilidad ante las reglas establecidas.

Hoy más que nunca necesitamos líderes y ciudadanos comprometidos para superar la actual crisis de salud que nos aqueja. Personalmente, veo con angustia que cada día surgen más casos de contagio entre mis seres queridos, y que aumentan cada vez más los comentarios absurdos en redes sociales acerca del uso de la mascarilla, el distanciamiento social o el lavado de manos; los cuales no son una imposición, sino una invitación a la responsabilidad social.

Hace unos días me enteré del caso de dos allegados míos, Carlos y Rubén. Historias tristes que representan un claro ejemplo de cómo se vive la pandemia en muchas partes del mundo, como México, el país latino con el mayor número de muertes (más de 150 mil), y contagios (más de 1.5 millones), por el SARS-CoV-2, según reportes de la Universidad John Hopkins.

Carlos era médico ginecólogo de una clínica COVID del estado de México. No solo atendía a las madres parturientas sino a todo aquél que necesitara cuidados médicos, portando a veces, sólo una mascarilla. Los recursos en el hospital son escasos, no sólo se carece de tanques de oxígeno y ventiladores mecánicos, sino del mínimo equipo de protección para los médicos. Un día, Carlos se infectó de COVID y murió días después.

Rubén formaba parte del cuerpo de policías de tránsito de una localidad en el estado de Hidalgo. Su trabajo consistía en hacer respetar el reglamento vial. Un día asistió como invitado a la boda de un amigo de su amigo, donde 150 personas se congregaron, obviamente, ausente la sana distancia y el uso de mascarillas. Esa noche, él y otras 40 personas se contagiaron de COVID. Ruben, murió intubado al cabo de una semana.

Diferentes situaciones, mismo resultado. Sin duda, alguien está haciendo mal su trabajo. En ambos casos, muertes que pudieron haberse evitado con el liderazgo correcto, ese capaz de procurar la dirección adecuada y los recursos materiales indispensable, así como tocar los sentimientos de sus seguidores para estimular a ejecutar las recomendaciones de salud. De haber sido así, quizás hoy Carlos, Rubén, y muchos más aún seguirían con nosotros.

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