(Foto: Ilustrativa/Pexels)

Quizás has escuchado aquel antiguo cuento sobre un campesino que encontró un huevo de águila y lo puso en el nido de una gallina. El huevo de águila eclosionó y el águila creció con los pollos. Toda su vida hizo lo que hicieron los pollos, pensando que era uno de ellos. Rasgaba la tierra en busca de gusanos e insectos, agitaba sus alas y volaba unos pocos metros.

Pasaron los años, y el águila se hizo muy vieja. Un día, vio a un magnífico pájaro muy por encima en el cielo. Se deslizaba con majestuosa elegancia entre las poderosas corrientes de viento, con apenas un batir de sus fuertes alas doradas. La vieja águila miró con asombro.

«¿Quién es ese?», preguntó. «Ese es el águila, el rey de las aves», dijo su vecino. “Él pertenece al cielo, nosotros a la tierra, somos gallinas». Así que el águila vivió y murió como una gallina, porque eso es lo que él creía que era. Un final triste, y aún más triste es que ese puede ser nuestro propio destino.

Cuando escuché este cuento por primera vez, me impactó bastante. Me hizo recordar un periodo de mi vida, cuando mi mayor preocupación era complacer a los demás. Estaba preocupado por proyectar y defender una imagen de perfección. Me creaba ansiedad, miedo, y preocupación la idea que personas que me estimaban o querían, pudieran conocer mis fallas. El miedo más profundo en aquel periodo era el rechazo.

Hoy reconozco que fue una etapa en la que permití que mi yo falso, es decir, mi ego y sus miedos, liderara mi existencia, en lugar de vivir con valentía, permitiendo a mi yo auténtico venir a la luz, fortalecerse, manifestarse.

Entonces, cuando escuché aquella historia, tomé una gran decisión: la determinación de no seguir viviendo como una gallina, y deshacerme de mi yo falso. Porque sabía que, dentro de mí, como dentro de cada uno de nosotros, vive un águila, y quería que pudiera desplegar sus alas, volar alto, y manifestar todo su poder.

No somos seres limitados, sino ilimitados. Es decir, quería escribir un final distinto a la historia. Uno donde el águila de repente despierta su identidad auténtica, su esencia, dejando así de ser una gallina y viviendo cómo un águila, liderando su vida desde la autenticidad.

Quizás, para poder hacer eso, hay que trascender traumas emocionales, desarrollar habilidades, encontrar un propósito de vida que nos inspire y nos motive. Hay trabajo por hacer y es un trabajo fascinante. No es un ejercicio sin dolores, pero no hay espinas sin rosas. De hecho, hay una gran recompensa para los que hacen el trabajo, la plenitud, que es brillar desde tu esencia.

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