Al comienzo de su carrera, Ruth Bader Ginsburg estableció su reputación como defensora de los desfavorecidos, las mujeres, los homosexuales y la justicia para todos. Con elocuencia, con voz y tono de autoridad tranquila, argumentó ante la Corte Suprema por el derecho de las mujeres a votar, a controlar sus cuerpos, a la igualdad en el lugar de trabajo, a la capacidad de servir en el ejército junto a los hombres y a argumentar por la garantía de igualdad de protección de la Cuarta Enmienda aplicada al género.

Ella y su esposo Marty, una poderosa mente legal por derecho propio, practicaron la paternidad igualitaria señalando que ella practicaba lo que predicaba. En 1993 ya era conocida como alguien que luchaba por los derechos humanos y las cuestiones de la mujer en particular. Pasó muchos años sentando las bases, avanzando lentamente las leyes para mejorar la posición de las mujeres en la sociedad y permitirles competir en el mercado.

Gloria Steinem, una de las líderes del movimiento feminista estadounidense, le da crédito a la jueza Ginsburg por abrir el camino para las mujeres en todos los campos de la actividad humana, y argumenta que su ausencia es una razón más por la que “esta es la elección más importante de mi vida”. Cuando Ginsburg, pequeña de estatura, pero gigante de la ley, habló ante el tribunal en nombre de las mujeres y los desfavorecidos, lo hizo con sus poderosos y lógicos argumentos, que hacían que los jueces admiraran sus presentaciones, aunque no estuvieran de acuerdo con ella. Ella obtenía su respeto.

Durante los años de Obama, argumentando que la jueza estaba mal de salud, luchando contra el cáncer, se sugirió que debía renunciar a la Corte, para que el presidente pudiera nombrar un nuevo juez de orientación liberal. Ella respondió que las mujeres necesitaban representación en la corte. “Cada vez que iba a responder una pregunta, respondía por todo su sexo”, dijo la juez. Mirando hacia atrás al impacto de su presencia en las cortes, la influencia que ejerció por su mera presencia, el hecho de que su mente parecía tan ágil como siempre, está claro que tenía razón.

Sandra Day O’Connor, que dejó la corte para cuidar de su esposo, fue una advertencia para la juez Ginsburg. La corte la necesitaba, pero ella también necesitaba quedarse para influir en decisiones importantes, pudiendo cambiar el juego con su agudo intelecto.

Millones de mujeres ahora pueden hacer más porque ella fue su voz, primero como abogada y luego como una de las primeras mujeres en servir en la Corte Suprema. RBG, la película sobre su vida, explica con más claridad por qué dijo que quería servir hasta el final; y por qué era considerada una mente legal de importancia histórica, que movió a nuestra sociedad en la dirección de la justicia para todos. Era la persona adecuada para su época y tanto hombres como mujeres por igual extrañarán su firme voz.

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