Los fines de semana, la calle Hamilton se llena de clientes en los restaurantes, multitudes que asisten a festivales y música en vivo.
Esto contrasta con los locales vacíos y los edificios deteriorados que alguna vez definieron a Allentown. Durante la última década, la tercera ciudad más grande de Pensilvania ha experimentado una transformación. Nuevos apartamentos, teatros y pequeños negocios han renovado el centro de la ciudad, mientras que una creciente población latina ha ayudado a redefinir la identidad de Allentown.
A pesar de décadas de pobreza y declive, Allentown ha emergido tanto como una historia de éxito en la reurbanización como uno de los centros más importantes de la vida latina en el este de Pensilvania.

El Valle de Lehigh, en general, también se ha convertido en una región en resurgimiento. La industria de almacenes y logística, la atención médica y nuevas inversiones corporativas están impulsando el crecimiento económico en el este del estado. Proyectos como la inversión planificada de 3.500 millones de dólares de Eli Lilly and Company para la fabricación farmacéutica ofrecen motivos de optimismo para el Valle de Lehigh.
Ese impulso se ha concentrado cada vez más en Allentown, conocida también como la Ciudad Reina.
Estos cambios no han pasado desapercibidos para los residentes de toda la vida.
Elias Saba, de 30 años, nació y creció en Allentown.
“Con el paso de una década, vi cómo Coca-Cola Park aparecía en mi patio trasero y cómo el PPL Center surgía en el centro de la ciudad”, dijo Saba. “Creo que he visto desaparecer y reconstruirse tres manzanas en tantos años”.
A partir de mediados de la década de 2010, la reurbanización se aceleró mediante una combinación de inversión pública y desarrollo privado. La Zona de Mejoramiento del Vecindario (Neighborhood Improvement Zone) permitió que ciertos ingresos fiscales generados en el centro de la ciudad se reinvirtieran directamente en proyectos locales. Este incentivo ayudó a atraer construcciones a gran escala y alentó a los desarrolladores a asumir riesgos en una ciudad que durante mucho tiempo fue vista como económicamente incierta.
La reurbanización también ha traído nuevos residentes a la ciudad.

Ivy Fox se mudó el año pasado a Allentown desde los Poconos, atraída por la ubicación céntrica de la ciudad y la facilidad para recorrerla a pie. Adiestradora de perros y artista que trabaja en encargos privados, Ivy afirma que Allentown ofrece comodidades de las que las comunidades más pequeñas suelen carecer.
“Estamos muy bien ubicados para los deportes caninos”, dijo convencida. “Vivo a seis minutos del recinto ferial de Allentown. Tienes un mercado agrícola y una exhibición canina, y no tienes que ir lejos para disfrutarlo. Poder caminar a algún lugar, comer, reunirte con amigos y estar donde todo sucede es algo muy atractivo”. Ella disfruta su nueva ciudad, pero reconoce que no todos se benefician por igual de los cambios.
“Lo más duro es ver a la gente luchar”, dijo. “Sales del lugar bonito donde vives y hay personas que enfrentan adicciones y otras dificultades. Me pone triste. La gente simplemente pasa de largo”.
El contraste que describe es visible en toda la ciudad.
Si bien la reurbanización ha mejorado la infraestructura del centro y aumentado la inversión, también ha generado preocupación por la asequibilidad. Los precios de la vivienda y los alquileres han aumentado a medida que los nuevos desarrollos atraen a residentes de fuera del área, en una ciudad donde muchas familias han vivido por generaciones.

Orquídea Pamela, de 39 años, reconoce estos desafíos. “Como enfermera de atención domiciliaria que trabaja principalmente en el centro de la ciudad, me preocupa la pobreza que encuentro. A menudo veo residentes que viven con recursos extremadamente limitados”.
Esta cuestión es especialmente importante en una ciudad donde los residentes latinos ahora representan más de la mitad de la población.
La comunidad latina de Allentown ha sido durante mucho tiempo central para la identidad de la ciudad. La migración puertorriqueña ayudó a dar forma a los vecindarios de toda la ciudad, y una inmigración más reciente proveniente de la República Dominicana y Centroamérica ha diversificado aún más la población. Una de las comunidades sirias más antiguas de Estados Unidos también tiene su hogar en Allentown.
Hoy en día, la influencia latina es visible en la vida cotidiana: en restaurantes, iglesias, negocios, escuelas, festivales y en el liderazgo político. La comunidad se mantiene resiliente.
La propia Pamela es un gran ejemplo de esa resiliencia. Llegó a Allentown desde la República Dominicana en 1996. Hoy es enfermera supervisora en Lehigh Valley Health Network y dirige su propio negocio de consultoría de viajes, TravelLust. Aun así, encuentra tiempo para criar a tres hijos y mantenerse conectada con su cultura.
“Me encanta que haya eventos que promueven experiencias culturales, como los desfiles y festivales dominicanos y puertorriqueños”, dijo.
Eventos como Fiesta on Hamilton y el Festival Puertorriqueño reúnen cada año a los residentes, transformando las calles del centro en espacios públicos llenos de música, comida y orgullo latino.
Esto es especialmente significativo en Allentown, una ciudad que históricamente sufrió discriminación en la vivienda, lo que dejó efectos duraderos que aún mantienen separadas a las comunidades hispanas.
“Ahora la comunidad latina ha estado liderando”, dijo Pamela. “Cierran partes de Hamilton y la Séptima Calle, ponen música y muchísimos quioscos de comida, lo que permite que la comunidad latina se reúna y disfrute de la mezcla de culturas”.
Esa presencia cultural se extiende más allá de la temporada de festivales.
A diferencia de algunas grandes ciudades estadounidenses, como el Upper East Side de Nueva York, donde los vecindarios latinos se han reducido debido al aumento de los costos, la población latina de Allentown continúa creciendo. Los residentes latinos se convirtieron en la mayoría de la población de la ciudad alrededor de 2020, reflejando un cambio demográfico continuo.
Establecimientos locales como La Vida Café han mantenido fuertes lazos comunitarios mientras se benefician del aumento del tránsito peatonal y de la renovada actividad económica. Fundado como una iniciativa sin fines de lucro vinculada a Life Church, el café reinvierte gran parte de sus ingresos en programas comunitarios.
Es posible comenzar el día con un sándwich cubano en La Vida por la mañana y terminar la noche tomando café con leche y comiendo cocina cubana de fusión en Rosa Blanca, un restaurante de propiedad y operación latina, lanzado originalmente por el ganador de Iron Chef, José Garces.
El liderazgo latino también es cada vez más visible en la política.

La dominicano-estadounidense Ana María Caballero Tiburcio se convirtió en febrero, tras ganar una elección especial, en la primera legisladora estatal latina del Valle de Lehigh y en la miembro más reciente del Caucus Legislativo Latino de Pensilvania. El liderazgo político de la ciudad refleja cada vez más la composición demográfica de sus residentes.

El alcalde Matthew Tuerk es de ascendencia cubana, y la representación latina continúa creciendo en el gobierno local.
Allentown incluso mantiene una relación de ciudad hermana con Santo Domingo Este, en la República Dominicana.
Allentown puede estar cambiando, pero la Ciudad Reina se niega a olvidar sus raíces.
Reflexionando sobre la diversidad y vitalidad de su ciudad natal, Elias Saba lo resume a la perfección: “Allentown es un ejemplo claro de lo que Estados Unidos aspira a ser”.






