
Después de que músico tras músico se retirara del concierto “Freedom 250” de Trump, solo quedaron Lee Greenwood, un tenor de ópera y bandas militares. El himno que convirtió a Greenwood en una estrella, “God Bless the USA”, fue escrito en 1985, en pleno apogeo de la Guerra Fría. Comienza con la perspectiva de una pérdida: “Si mañana desaparecieran todas las cosas por las que he trabajado toda mi vida, y tuviera que empezar de nuevo con mis hijos y mi esposa”. Luego, las heridas desaparecen antes incluso de sentirse: “Agradecería a mi buena suerte estar viviendo aquí hoy, porque la bandera sigue representando la libertad y eso no pueden quitármelo”.
Ronald Reagan convirtió la canción en el tema de su campaña mientras inauguraba una nueva era de desigualdad en Estados Unidos mediante el debilitamiento sistemático de los sindicatos y la reducción de impuestos para los más ricos. Greenwood trata los despidos y el costo que estos tienen para la vida de la gente común como una simple molestia. A medida que el estribillo cambia de violines y órgano de iglesia a una marcha militar, repite: “Estoy orgulloso de ser estadounidense, donde al menos sé que soy libre. Y no olvidaré a los hombres que murieron para darme ese derecho”.
Honrar a quienes murieron tiene una gran fuerza emocional. Quienes arriesgan sus vidas para defender nuestro país merecen respeto por su servicio y sacrificio. Sin embargo, eso no nos otorga ninguna gracia especial por encima de los ciudadanos de otras naciones. Tampoco responde a la pregunta de si era necesario exponerlos al peligro desde un principio. Como Greenwood no dice nada sobre lo que la libertad exige de nosotros, esta se convierte en una frase vacía, una bendición para cualquier cosa que hagan nuestros líderes, sin importar cuán arrogante o destructiva sea.
Desde esta perspectiva, estábamos defendiendo la libertad cuando apoyábamos a dictadores como Augusto Pinochet en Chile o al Sha de Irán, cuyo régimen brutal sentó las bases de la actual teocracia y de una guerra por elección que esperamos haya terminado por fin.
Supuestamente seguimos defendiendo la libertad cuando Trump se acerca a líderes autoritarios como Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía y Mohammed bin Salman en Arabia Saudita, y mientras agentes del ICE detienen a personas inocentes en las calles de Estados Unidos. Cuando Greenwood canta: “No hay duda de que amo esta tierra. Dios bendiga a Estados Unidos”, nunca sugiere qué principios de justicia justificarían ese amor que proclama.
Greenwood escribió la canción después de la invasión estadounidense de Granada, un país de apenas 95,000 habitantes, con el deseo de reflejar “el espíritu de orgullo estadounidense”. Reagan la convirtió en el tema de su campaña, y Greenwood la ha interpretado desde entonces en mítines y convenciones republicanas. Trump la llama “la mejor canción de todos los tiempos” y comercializó una “Biblia God Bless the USA” (impresa en China) que incluye la canción. Como Greenwood afirma que simplemente vivir en Estados Unidos nos hace libres, su versión del patriotismo se reduce a firmar un cheque en blanco para cualquier decisión de nuestros líderes. Es una combinación perfecta para este o cualquier presidente que busque eliminar todos los límites a su poder.
Pero la de Greenwood no es la única balada patriótica disponible. “America”, del fallecido Waylon Jennings, alcanzó el sexto lugar en las listas el mismo año en que apareció God Bless the USA. Escrita por Sammy Johns, la canción afirma una conexión con la tierra natal. Jennings repite “America, America” lenta y tiernamente, como si se dirigiera a una mujer que ama, y luego admite suavemente: “Te has convertido en un hábito para mí”. Pero también plantea exigencias difíciles: después de recordar su propia historia como agricultor anglosajón de Tennessee, continúa: “Pero mis hermanos son negros y blancos, amarillos también, y el hombre rojo tiene derecho a esperar un poco de ti. Haz promesas y cúmplelas, América”.
En una línea similar, Katherine Lee Bates, autora de “America the Beautiful”, celebró las “majestuosas montañas púrpuras”, pero también se opuso activamente a las aventuras imperialistas de Estados Unidos. Por ello añadió versos como: “Dios, corrige cada uno de tus defectos; fortalece tu alma en el autocontrol y tu libertad en la ley”. Toda la carrera de Bruce Springsteen ha consistido en honrar el valor y la dignidad de los estadounidenses comunes, desde “The Promised Land”, que celebra a quienes tienen “sueños que te rompen el corazón”, hasta “The Rising”, un retrato de los bomberos del 11 de septiembre, y el coro de “Streets of Minneapolis”: “Cantando entre la niebla sangrienta, defenderemos esta tierra”.
Por difícil que sea, somos más fuertes cuando afrontamos las preguntas complicadas sobre quiénes hemos sido como país y quiénes queremos ser. Las baladas patrióticas no tienen que ser manifiestos políticos. Pero las mejores celebran nuestra tierra diversa y contradictoria y reconocen que la verdadera grandeza no llega como una gracia automática. Más bien, se alcanza al honrar la responsabilidad compartida y los vínculos que nos unen.
Con la democracia profundamente amenazada, necesitamos un patriotismo auténtico más que nunca. Podemos elegir un patriotismo de adoración ciega. O podemos abrazar las canciones que más nos exigen.
Paul Rogat Loeb es autor de Soul of a Citizen y The Impossible Will Take a Little While, con más de 300,000 ejemplares impresos entre ambas obras. Una nueva edición de The Impossible Will Take a Little While se publicará en octubre. Más información en paulloeb.org. Una versión anterior de este artículo apareció en The Fulcrum en junio del 2026.





