Durante décadas se produjo una de las paradojas económicas y geopolíticas más extraordinarias de Asia: Taiwán colocó una parte sustancial de su capital industrial en China, precisamente la potencia comunista que reclama soberanía sobre la isla y que no ha renunciado al uso de la fuerza para imponer una reunificación.
Mientras aumentó constantemente la tensión en el Estrecho entre ambos países, empresarios taiwaneses construyeron en el continente fábricas, redes de proveedores y centros de producción que ayudaron a convertir a China en la gran plataforma manufacturera mundial.
Taiwán no ha desmantelado su presencia en China aún. A lo largo de las últimas décadas se aprobaron más de US$200 mil millones de inversiones taiwanesas en el continente, y todavía permanecen allí grandes fábricas, proveedores y millones de empleos vinculados directa o indirectamente con esas empresas. Pero el dato central es otro: China conserva buena parte del capital taiwanés del pasado, mientras pierde el capital taiwanés del futuro.
Taiwán está respondiendo no con una retirada abrupta, sino con una estrategia de diversificación. Primero apareció el modelo China+1: conservar la base productiva china, pero crear una segunda plataforma industrial capaz de responder a aranceles, interrupciones logísticas o conflictos políticos.
Ahora el modelo evoluciona hacia China+N. Taiwán reparte producción, inversión y tecnología entre varios territorios. Practica reshoring al regresar actividades estratégicas a la isla; nearshoring al acercar producción a Estados Unidos, particularmente mediante México; friendshoring al colocar capacidades sensibles en países políticamente confiables; sumado al de-risking al reducir la dependencia de una sola jurisdicción.
Dentro de esa estrategia encaja el modelo “China for China”. Las plantas que continúan siendo rentables pueden permanecer en territorio chino para abastecer al mercado local mientras lo haya, mientras Taiwán construye fuera de China una proporción creciente de la nueva capacidad destinada a Estados Unidos y otros mercados. Así, China puede conservar fábricas importantes y al mismo tiempo perder peso dentro de las cadenas globales de esas mismas empresas.
La nueva geografía industrial ya es visible. Taiwán recupera producción estratégica; Estados Unidos concentra nuevas inversiones en semiconductores e inteligencia artificial; Japón incorpora capacidad tecnológica; India gana ensamblaje de electrónica; Vietnam y la ASEAN atraen manufactura y proveedores; y México se consolida como plataforma norteamericana para servidores, electrónica y hardware relacionado con inteligencia artificial.
Taiwán no está aislado. También Japón redujo su inversión anual en China aproximadamente un 88% desde su máximo, aunque conserva alrededor de US$130 mil millones de inversión instalada. Corea del Sur pasó de invertir alrededor de US$8.5 mil millones en 2022 a poco más de US$1 mil millones en 2024.
Estados Unidos mantiene una gran presencia empresarial, pero su inversión se ha estancado y muchas de sus instalaciones responden cada vez más a la lógica de producir en China para el mercado chino. Europa presenta un panorama más mixto: grandes compañías continúan invirtiendo para competir localmente, pero también diversifican proveedores y protegen tecnologías sensibles.
La señal común es clara: las principales economías industriales reducen la cantidad de capital, tecnología y capacidad crítica que están dispuestas a concentrar en China. Con lo que también la trasferencia de tecnología legal disminuirá.
La desinversión taiwanesa encaja aquí como síntoma y multiplicador. Cuando Taiwán ejecuta su estrategia de desinversión, China pierde no sólo capital, sino también empleos, proveedores, tecnología y capacidad futura.
A todos esos factores se suma uno específicamente taiwanés: la creciente hostilidad de Pekín. La presión militar alrededor de la isla y la amenaza permanente de una anexión o reunificación forzada convierten la concentración productiva en un problema de seguridad nacional y empresarial.
Taiwán responde construyendo redundancia. El gigante tecnológico TSMC expande producción en Taiwán, Estados Unidos y Japón; Foxconn y otros fabricantes distribuyen actividades entre China, India, México, Taiwán y Estados Unidos. Esa diversificación protege el suministro, aunque cuesta más: exige duplicar fábricas, proveedores, personal especializado, inventarios y logística.
Esto tiene que ver también con seguridad. Semiconductores, servidores y otros componentes estratégicos pueden encarecerse, pero gobiernos y empresas están dispuestos a absorber parte de ese costo para reducir el riesgo de una interrupción catastrófica.
Y aquí aparece la paradoja política. Cuanto mayor es la presión de China para reducir el margen de autonomía de Taiwán, mayor es el incentivo de Taiwán para sacar capital, producción y personal de la jurisdicción china y construir vínculos industriales en otros países.
La consecuencia puede ser exactamente la contraria a la buscada por Pekín: la coerción destinada a acercar a Taiwán a una reunificación está ayudando a disminuir su dependencia económica de China, fortalecer sus vínculos con otras potencias y ampliar su margen estratégico internacional.
* René F. Bolio es presidente de la Comisión Mexicana de Derechos Humanos.






