El presidente electo ha exhibido el uso de la mascarilla en todas sus presentaciones. (Foto: EFE)

Norristown, PA – El pasado 11 de febrero, la Organización Mundial de la Salud (OMS) llamó COVID-19 al síndrome respiratorio agudo grave provocado por el coronavirus SARS-CoV-2, responsable de la actual pandemia. Once meses después, y tras más de 1.257 millones de personas fallecidas a nivel mundial, aún existen muchos mitos y realidades acerca de su contagio y de los síntomas que llega a provocar.

Al inicio de la emergencia sanitaria, se sugirió que aquellos con fiebre, tos seca y cansancio deberían permanecer en casa hasta pasar la enfermedad, y en caso de experimentar dificultad extrema para respirar, podían solicitar asistencia médica inmediata. Sin embargo, en muchos casos el tratamiento llegaba demasiado tarde. El miedo a contagiarse en un hospital era peor que soportar los síntomas en la propia casa. Además, para muchos la hospitalización representaba un gasto que no podían costear, sumándose esto al riesgo de no volver a ver a sus seres queridos.

Anteriormente, se pensaba que el COVID-19 sólo afectaba a las personas de tercera edad (mayores a 65 años), y a aquellos con padecimientos inmunodepresores como cáncer, diabetes, presión alta u órganos trasplantados. De acuerdo con datos del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), también afecta gravemente el sistema inmune de la población infantil (0-17 años), y a adultos en edad productiva (18-64 años).

Hoy sabemos, además, que esta enfermedad no sólo causa neumonía, fiebre y dificultad respiratoria aguda, sino que afecta al cuerpo en general, provocando insuficiencia renal, complicaciones inmunes, accidentes cerebrovasculares, embolias pulmonares y un amplio espectro de complicaciones cardiovasculares, como como hipertensión, arritmias, inflamación del corazón, coágulos de sangre en diferentes arterias (responsables del entumecimiento en las piernas, hasta el grado de no poder caminar), y paros cardiacos. Además, recientemente se publicó que la falta de vitamina D podría ser un factor común entre las personas con un cuadro de coronavirus grave, y que su administración podría ayudar a superar el malestar. Inclusive, se conoció que el uso de células madre podría ser una opción viable para tratar la enfermedad en tanto llega la anhelada vacuna.

Independientemente de la contienda presidencial, la pandemia continúa. En EE. UU., hasta el cierre de esta edición se habían reportado cerca de 10 millones de casos confirmados desde que se inició la emergencia. No obstante, resulta preocupante que el número de casos diarios haya incrementado a niveles máximos desde el inicio de la pandemia: de 77 mil casos reportados en el mes de julio, llegamos a los más de 102 mil reportados actualmente (John Hopkins University). Es indiscutible que el pasado gobierno no tomó medidas suficientes para lidiar con esta contingencia. Por tanto, resulta imprescindible que en esta nueva etapa administrativa se atienda a las estrategias para evitar más casos y, sobre todo, no se pierda de vista que muchos de estos casos pertenecen a las minorías; a aquellos que no tienen la capacidad para pagar una simple consulta de urgencia, y mucho menos los medios para acceder a un “cóctel experimental. (Te invitamos a leer “Un cóctel para el presidente Trump”, en Impacto #738, y “¿Pueden los pacientes de COVID tener el tratamiento de Trump?”, en Impacto #739). O en nuestra pag www.impactomedia.com

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