A un año de iniciar la crisis, las vacunas alimentan la esperanza de ver el final de la pandemia. (Foto: ilustrativa)

Filadelfia, PA – El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunciaba el inicio de la pandemia, debido a que los contagios por el nuevo coronavirus surgido en Wuhan, China, se habían expandido a nivel mundial. Esta organización desarrolló una serie de recomendaciones para prevenir el contagio: el lavado y desinfección de manos, no tocar nuestra cara, no acercarse a personas que no vivieran en la misma casa y no salir de ella. El uso de la mascarilla y su obligatoriedad fue lo último en implementarse. En muchos países la implementación tardía de estas recomendaciones provocaría el incremento exponencial de los contagios. A partir de ese momento, la vida cambiaría no sólo para nosotros, sino hasta para los murciélagos, que fueron cazados por la sospecha de ser la principal especie de la cual brotó este nuevo virus.

La comunidad científica se volcó al estudio del ahora llamado coronavirus SARS-CoV-2, para buscar medicamentos y vacunas que ayudaran a curar y a prevenir la enfermedad, que la OMS había bautizado como COVID-19. Lo que se sabía hasta ese momento era que, las personas infectadas presentaban un cuadro de neumonía atípico, que afectaba principalmente a adultos mayores y a personas con enfermedades crónicas e inmunocomprometidas. La demanda de pruebas para detectar el contagio se catapultó. Pronto, palabras como virus, anticuerpos, sistema inmune y pandemia fueron del dominio público. Obtener una vacuna contra esta enfermedad fue prioridad de muchos gobiernos, quienes financiaron la carrera para desarrollar la primera vacuna “anticovid”. Las empresas farmacéuticas que lo lograron, en un tiempo récord de diez meses en los Estados Unidos, fueron Pfizer Inc. y Moderna.

Mientras se obtenía la tan anhelada vacuna, los médicos probaron otros medicamentos y tratamientos para ayudar a los enfermos por SARS-CoV-2. Entre los más empleados en ese momento estuvieron la hidroxicloroquina y la dexametazona. El COVID-19 resultó una enfermedad difícil de diagnosticar, ya que no había un patrón a seguir. Por un lado, se daban casos asintomáticos de personas infectadas y, por el otro, casos que terminaban gravemente en el hospital con insuficiencia respiratoria. La intubación endotraqueal resultó el último recurso humanamente posible para salvar vidas, pero para muchos, se consideró como la antesala del trágico final. En contraste, el coctel experimental de anticuerpos monoclonales que recibió el entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, causaba gran revuelo entre la comunidad, al decirse que para su obtención se habían empleado células embrionarias provenientes de un feto abortado, algo que la comunidad científica aclaró, pero muchos se han seguido yendo con la finta de noticias incompletas, falsas o malinformadas.

Mientras transcurría el 2020, se presentó la otra pandemia, la de las enfermedades mentales. A causa del estrés por ser contagiados, por el confinamiento, por la pérdida del trabajo y la muerte de familiares, el número de consultas por telemedicina con un especialista de la salud mental se disparó. También fueron en aumento los suicidios, el consumo de alcohol y el alza de violencia en las calles, incrementando significativamente los homicidios en ciudades como la de Filadelfia. Donde también se reporta que ha ido en aumento la violencia doméstica y el abuso sexual infantil. Muchos esperábamos poder celebrar el final del año con nuestras familias, sin embargo, el Halloween y el Día de Acción de Gracias se convirtieron en focos de contagio, lo que obligó a celebrar la Navidad y Año Nuevo de forma virtual.

A un año del inicio de la pandemia por la cual se han perdido más de 2 millones y medio de vidas en todo el mundo, las vacunas alimentan la esperanza de ver el final de esta pesadilla, que al mismo tiempo ha sido un respiro para la naturaleza. ¿Habremos aprendido la lección? Si surgen otras pandemias, que no nos vuelvan a sorprender.

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