
Ha sido una montaña rusa de emociones para miles de millones de apasionados del fútbol en todo el mundo. La primera Copa Mundial de la FIFA con 48 selecciones, organizada conjuntamente por tres países de América del Norte —México, Canadá y Estados Unidos— concluyó oficialmente en el MetLife Stadium el domingo 19 de julio.
Tuve el privilegio de viajar junto a una familia argentina de Allentown a Atlanta el miércoles 15 de julio para estar presente en la ciudad durante la semifinal entre Inglaterra y Argentina. Atlanta organizó un espacio especial para seguir los partidos en el Underground, un amplio complejo público de varios niveles rodeado de comercios en pleno centro de la ciudad.
Como argentino, entiendo la historia que trasciende lo que muchos consideran “solo un partido”, en palabras del entrenador argentino Lionel Scaloni. Argentina e Inglaterra libraron una guerra en 1982 por las Islas Malvinas, territorio cuya soberanía continúa siendo objeto de disputa entre ambos países.
Muchos argentinos recuerdan aquella época como un período de grandes dificultades, marcado por una dictadura militar sin respeto por la vida humana, conocida por la desaparición forzada de opositores y por el secuestro de bebés nacidos de personas detenidas en centros clandestinos.
Miles de jóvenes conscriptos, muchos apenas recién graduados de la escuela secundaria, fueron enviados a aquellas islas remotas ubicadas entre la plataforma continental argentina y el Océano Austral. La guerra terminó con la derrota argentina luego de que la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher enviara una fuerza naval para recuperar el control de las islas. Poco después, Argentina inició el retorno a la democracia.
Tras aquel fracaso de la junta militar, el Mundial de México 1986 representó para Argentina una oportunidad de recuperar prestigio internacional. Liderada por su número 10, Diego Armando Maradona, la selección llegó a los cuartos de final frente a Inglaterra. Aquel partido quedó inmortalizado por el polémico gol conocido como “La Mano de Dios” y por una extraordinaria jugada individual iniciada desde campo propio, considerada por muchos especialistas como una de las mejores acciones de la historia del fútbol.
Argentina ganó aquel encuentro por 2-1 —el mismo resultado obtenido frente a Inglaterra el 15 de julio— y posteriormente conquistó el Mundial, consiguiendo su segunda estrella.
Resulta difícil describir con precisión la emoción del momento en que Argentina volvió a derrotar a Inglaterra. Los sentimientos, la historia compartida, el recuerdo de quienes perdieron la vida y el orgullo de un equipo que llegaba como campeón del mundo se combinaron en una experiencia difícil de expresar con palabras.
Argentina terminaría cayendo en la final ante España el domingo 19 de julio, en un partido dominado por los europeos y definido por un gol a los 106 minutos que selló el 1-0 definitivo, cuando la Albiceleste ya jugaba con un hombre menos.
También resulta imposible ignorar lo que muchos consideraron una campaña organizada para presentar a Argentina como una selección favorecida por la corrupción, los privilegios arbitrales y hasta acusaciones de racismo que numerosos aficionados consideran infundadas.
La idea de que un país que con frecuencia enfrenta dificultades económicas pueda manipular el evento deportivo más popular del mundo parece exagerada para muchos observadores. A esto se suma la recurrente acusación de “VARgentina”, una expresión utilizada por detractores que sostienen que Argentina recibe ayuda arbitral.
Invito a los críticos a volver a ver los partidos de Argentina y analizar con detenimiento las faltas e infracciones sufridas por sus jugadores —particularmente Lionel Messi— que no fueron sancionadas. El encuentro frente a Austria, por ejemplo, incluyó numerosas decisiones en contra de Argentina durante la fase de grupos y quedó lejos de reflejar una supuesta protección arbitral.
Un comentario frecuente en redes sociales sostiene que, si realmente Argentina hubiera influido en las decisiones arbitrales, este torneo habría sido el equivalente a pagar una cena en un restaurante cinco estrellas Michelin para luego ser insultado y maltratado por los camareros mientras se intenta disfrutar de la comida.
Luego aparece la acusación de racismo. Muchos latinoamericanos parecen olvidar sus propias historias: el trato dado a los afrodescendientes tras la abolición de la esclavitud, la violencia ejercida contra comunidades indígenas, la apropiación de tierras de sectores vulnerables y la existencia de élites políticas y económicas que históricamente concentraron el poder en distintos países de la región.
Los afroargentinos desempeñaron un papel destacado en las guerras de independencia y forman parte esencial de la construcción de la identidad nacional. Diversos elementos de la cultura argentina —desde la música hasta la gastronomía y determinadas expresiones lingüísticas— reflejan esa influencia. La contribución afroargentina forma parte del patrimonio histórico y cultural del país.
Muchos argentinos consideran que las acusaciones de racismo son equivocadas, injustas o motivadas por prejuicios. Como latinoamericanos, los argentinos suelen apoyar a otras selecciones de la región, ya sea Brasil, Colombia, México o cualquier equipo que represente a nuestro continente.
Argentina es un país orgulloso de su historia, aunque también consciente de sus contradicciones. Hace un siglo era vista como una de las naciones más prósperas del continente. Décadas de crisis económicas, corrupción, emigración y estancamiento han afectado su imagen internacional.
Sin embargo, también es la tierra que vio nacer a Jorge Luis Borges, René Favaloro, Diego Maradona, Lionel Messi, el papa Francisco, Rafael Grossi, Carlos Gardel, Astor Piazzolla, María Becerra, Lali Espósito, Mirtha Legrand y muchas otras figuras que han dejado huella en distintos ámbitos.
Ubicada culturalmente entre Europa y América, Argentina continúa proyectando una influencia que supera sus dimensiones geográficas y económicas. Su historia, su cultura y sus logros siguen generando momentos de orgullo para su pueblo y para quienes la apoyan en todo el mundo.
Al mismo tiempo, esos logros parecen despertar, en ocasiones, una sensación de envidia mal entendida entre quienes los argentinos consideran hermanos y compañeros de una historia compartida.
¡No llores por mí, Argentina!





