
Dolores Huerta, una de las grandes líderes sociales de origen mexicano y latino en Estados Unidos, falleció el pasado 28 de octubre a los 96 años. La noticia me alcanzó al mediodía, al llegar al Centro de Cultura, Arte, Trabajo y Educación (CCATE), espacio que fundamos hace quince años migrantes latinoamericanos en Norristown, Pensilvania. Permanecí unos minutos afuera del edificio pensando en la huella que deja una mujer cuya vida estuvo dedicada a la búsqueda de la justicia social. Recordé entonces un encuentro breve pero significativo que tuve con ella años atrás y que hoy adquiere una dimensión distinta.
Fue un 16 de septiembre del año 2017, durante las celebraciones de la independencia de México y Centroamérica, cuando Dolores Huerta visitó Filadelfia para la presentación del documental Dolores. Integrantes del círculo de lectura de CCATE y del grupo de las conseguimos entradas para asistir a la proyección en el cine Ritz Five, en Old City. Después de la película habría un diálogo con la propia Huerta.

El asiento de ella estaba justo al lado mio. Cuando llegó al recinto, poco antes de iniciar la conversación con el público, me pidió que la acompañara hasta el frente del auditorio. Se apoyó en mi brazo y caminamos al tiempo que preguntaba mi nombre. Al llegar me pidió que permaneciera cerca.

El documental repasaba algunos de los episodios más importantes de una trayectoria extraordinaria. Huerta fue cofundadora, junto con César Chávez, del sindicato United Farm Workers en 1962, organización que transformó las condiciones laborales de miles de trabajadores agrícolas en Estados Unidos. Desde ahí impulsó huelgas, boicots y negociaciones que permitieron mejorar salarios y derechos para una población históricamente explotada e invisibilizada. Décadas después recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo reconocimiento civil del país. Durante la ceremonia, el entonces presidente Barack Obama reconoció que el famoso “Yes We Can” tenía su origen en el histórico lema “Sí se puede” de Huerta.

Sin embargo, la lucha de Huerta no se quedó en la lucha sindical. Su trabajo la llevó a comprender que la explotación laboral estaba profundamente ligada a otras formas de opresión. Defendió los derechos de las mujeres, los inmigrantes, la comunidad LGBTQ+ y las personas trabajadoras de bajos ingresos. En el propio movimiento campesino observó cómo muchas mujeres sufrían discriminación, invisibilización y violencia. Décadas más tarde y solo hace algunos meses denunció haber sido víctima de abuso sexual por parte de César Chávez, una declaración que generó conmoción debido al lugar simbólico que ocupa el dirigente en la memoria colectiva.

Aquella denuncia obligó a revisar críticamente la historia de los movimientos sociales. Más que debilitar las luchas, las fortalece cuando se asumen con honestidad. Huerta entendía que la justicia no puede construirse sobre silencios.
Durante las décadas siguientes participó en múltiples espacios feministas, aunque siempre mantuvo una visión propia. Consideraba que buena parte del feminismo dominante, encabezado por mujeres blancas de clase media y entornos académicos, no reflejaba las experiencias de las campesinas, las trabajadoras domésticas, las obreras y las madres inmigrantes. Desde esa perspectiva construyó un feminismo comunitario y de base, atento a las intersecciones entre género, clase, etnia y migración.

Terminada la ronda de preguntas y respuestas, regresé para asistirla nuevamente. Me comentó que estaba cansada y deseaba beber agua. Caminamos hacia una zona más tranquila del cine, donde encontramos un lugar para descansar unos minutos. Allí mantuvimos una conversación que aún conservo en la memoria.

Le hablé de CCATE, de nuestro trabajo educativo y de la manera en que organizamos comunidades de aprendizaje. Le llamó especialmente la atención nuestro trabajo por círculos, inspirado en parte por experiencias comunitarias latinoamericanas. Sonrió y me dijo: “Obed, eso que ustedes están haciendo es algo que me hubiera gustado hacer. A nuestra generación le tocó luchar para abrir camino. Ustedes están construyendo el segundo piso. La lucha continúa cuando ayudan a estudiantes y comunidades a conocer sus derechos y transformar su realidad”. Pero su rostro se ilumino cuando le hable de las Artivistas, un grupo de mujeres inmigrantes vinculadas a nuestro trabajo comunitario. Le compartí cómo compañeras como Diana, Laura, Lourdes, Lupita y Jenny nos ayudaban a comprender mejor las experiencias de las mujeres migrantes mediante el arte, la palabra y la organización colectiva.“¿Y dónde están?”, preguntó. Le respondí que varias se encontraban afuera del cine. “Entonces vamos a conocerlas”, dijo sin vacilar.

Salimos por una puerta lateral para evitar la multitud. A la distancia vi a la doctora Holly Link y al resto del grupo. Dolores se acercó a saludarlas, abrazarlas y conversar con ellas. De aquel encuentro quedó una fotografía que con los años se volvió un pequeño tesoro colectivo. Hoy, cuando su partida nos deja un sentimiento de orfandad, recordamos la dignidad con la que lucho y ello nos afirma en un “sí se puede”.





