Cortesía Arianne Bracho.

En este espacio quiero hacer pública mi jornada con una enfermedad que descubrí que padecía durante la pandemia. Mi objetivo es unirme a los esfuerzos del proyecto de la también colaboradora de Impacto, la Dra. Nilsa Graciani, para ayudar a mejorar la salud de los latinos diabéticos del norte de Filadelfia.Una vez al mes utilizaré esta plataforma para compartir mi lucha por combatir este padecimiento, como un ejercicio personal de reflexión, y esperando que pueda ser de utilidad a otras personas que se puedan sentir identificadas, y ojalá, hasta inspiradas. Empezaré contándoles cómo me enteré.

A finales del mes de febrero del 2020 tuve una incomodidad y fui a visitar al ginecólogo. La doctora determinó que tenía cándida; por las características y por su abundancia, me ordenó hacerme unos exámenes de laboratorio para conocer mis índices de azúcar en la sangre, allí comenzó lo que hasta hoy se ha convertido en una condición que acompaña mis días.

Los niveles de azúcar eran tan altos que en ayunas la tenía en 350, pero lo que más le angustió a la doctora fue que el índice HbA1c, que es una simple prueba que mide el promedio de los niveles de azúcar en la sangre de los últimos tres meses, y que su valor más alto es 12, en mi sangre estaba en 15.

Para mí fue un choque, porque no me estaba sintiendo mal, no tenía síntomas extraños; es decir, que lo que le estaba pasando a mi cuerpo era silente. Llegaron a mi memoria de golpe mis referencias familiares con la diabetes, y ninguna de ellas había tenido un final feliz. Mi papá y mi abuela fueron diabéticos, ambos murieron no por la diabetes, sino por las secuelas que esta ocasiona en nuestro organismo.

Mi papá era un hombre fuerte e independiente, que por un ACV quedó postrado en una cama y, como consecuencia, sus riñones dejaron de funcionar. Mi abuela quedó ciega y un infarto segó su vida.

Cuando la doctora me dijo lo que estaba pasando, que debía empezar a tomar tratamiento con metformina, y que la opción de inyectarme insulina era casi inminente, todo eso generó un gran corto circuito en mis emociones.

Debo admitir públicamente que no me gustan los remedios (excepto que sean caseros), y que las agujas me aterran. Todo lo que estaba pasando me confrontaba con esos secretos íntimos. Pero tomé la decisión de iniciar mis jornadas en base al número de mi glucómetro: pincharme el dedo, y saber cómo iba haciendo efecto la medicación. En junio, en plena pandemia, donde todo era incierto y me sentía vulnerable, recibí la llamada de la segunda teleconsulta desde María de los Santos, para checar cómo estaban los niveles de azúcar. Lastimosamente, los cambios eran pocos, de 350 que la tenía en abril, apenas podía reportar la baja a 250, aún muy alta; así que la doctora me recetó la primera dosis de insulina; cada noche 12cc. Allí surgió el otro choque; no quería iniciar mi día pinchando mi dedo y no quería terminarlo pinchando mi abdomen. Esta, mi otra nueva normalidad, ha sido dura, pero algo tengo claro y es que no quiero morir.

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