El elenco y equipo de Zenón and the Rebel Boats posan durante la presentación de la película en la 15.ª edición del BlackStar Film Festival, celebrada en Filadelfia. (Foto: Erick Barragán Ramírez)

Del 6 al 9 de agosto, Filadelfia volvió a convertirse en un punto de encuentro para historias provenientes de distintas partes del mundo con la celebración de la 15.ª edición del BlackStar Film Festival, uno de los encuentros cinematográficos más singulares de la ciudad.

Organizado por BlackStar Projects, el festival celebra las tradiciones visuales y narrativas de las comunidades negras, indígenas y de color en todo el mundo. En 2026 presentó 91 películas de más de 30 países, consolidándose como uno de los festivales de cine independiente más importantes de Filadelfia. Sus principales sedes fueron el Kimmel Center, el Suzanne Roberts Theatre y el Wilma Theater, ubicados a pocos minutos a pie uno del otro sobre la emblemática Avenue of the Arts.

Uno de los aspectos que más disfruto de BlackStar es la posibilidad de combinar la experiencia presencial con una selección de funciones disponibles en streaming. Esto permite construir un itinerario mucho más flexible y descubrir películas que de otro modo podrían quedar fuera por la coincidencia de horarios.

Parte del equipo de voluntarios del BlackStar Film Festival recibe a los asistentes en el Kimmel Center, una de las principales sedes del festival en la Avenue of the Arts de Filadelfia. (Foto: Erick Barragán Ramírez)

Mi relación con el festival comenzó en 2023, cuando asistí a la proyección de La Lucha y tuve la oportunidad de entrevistar a sus realizadores antes de la función. En 2024 acompañé a Kristal Sotomayor durante la presentación de su cortometraje documental Expanding Sanctuary y, en 2025, regresé para el estreno de Las cosas que brillan.

Volver este año confirmó aquello que me atrajo desde la primera visita: BlackStar ofrece un espacio para historias que difícilmente encontrarían cabida en los circuitos comerciales y permite acercarse a diferentes culturas y realidades a través del cine.

Uno de los largometrajes que más disfruté fue Becoming Human (Chiet Chea Manusa), del director camboyano Polen Ly. La película propone un viaje visualmente fascinante gracias a una fotografía extraordinaria. Por momentos me recordó a Soul, de Pixar, por su exploración de la experiencia humana antes del nacimiento, aunque desde una perspectiva mucho más contemplativa y alejada del filtro familiar de Disney.

Desde Nigeria llegó Call of My Life, de Dammy Twitch, una comedia romántica encantadora que terminé viendo dos veces. La experiencia me hizo reflexionar sobre la importancia de la sala de cine. Verla rodeado de público convirtió las risas y las emociones en algo contagioso, mientras que revisitarla en televisión confirmó cuánto puede cambiar una película cuando desaparece esa experiencia colectiva.

Entre los cortometrajes destacó ChikaBOOM!!, de C. Craig Patterson, una historia entrañable sobre la perseverancia. Su animación, las texturas y el cuidado trabajo visual sobresalen, convirtiéndolo en uno de esos cortos capaces de cautivar tanto a niños como a adultos.

Otro de mis favoritos fue Tell Me When You Get Home, de Tshay Meade, un relato profundamente emotivo sobre la identidad, la memoria y la conexión con nuestros ancestros. Es una obra que puede resonar especialmente con quienes crecieron marcados por la ausencia de alguno de sus padres.

Treasure Island (L’île aux trésors), de Miryam Charles, aborda la experiencia de los hijos de inmigrantes haitianos en Canadá. Con humor y la espontaneidad de sus jóvenes protagonistas, reflexiona sobre esa sensación de pertenecer a un lugar mientras, al mismo tiempo, se permanece al margen.

Una sensibilidad similar atraviesa We Act Like Children (Abinoojiikaasmin), de Evelyn Pakinewatik. La historia sigue a dos hermanos durante un campamento, y la naturalidad de sus diálogos hace que el cortometraje se sienta más como un recuerdo familiar capturado por una cámara que como una ficción cuidadosamente escrita.

Entre los documentales sobresalió Zenón and the Rebel Boats (Zenón y la flotilla rebelde), de Juan C. Dávila Santiago. La película recorre más de cinco décadas de activismo en defensa de la comunidad de Vieques, Puerto Rico, recordándonos cuánto desconocemos todavía sobre historias de resistencia que han ocurrido mucho más cerca de nosotros de lo que solemos imaginar.

También tuve la oportunidad de ver Mickey, de le cineaste mexicane Dano Garcia. Es la tercera película reciente que veo sobre la experiencia trans, después de La Red, de Juan David Cortés Hernández, y NIÑXS, de Kani Lapuerta. El trabajo de Garcia me pareció el más experimental de los tres desde el punto de vista artístico, aunque todas las obras comparten una preocupación común: la confrontación con la muerte. Lo que distingue a sus protagonistas es el amor, la comunidad y el acompañamiento que reciben durante sus respectivos procesos.

BlackStar ha sido descrito por algunos como el Sundance de Filadelfia. Aunque la comparación ayuda a dimensionar su importancia dentro del cine independiente, el festival posee una identidad propia. Su programación apuesta por obras alejadas del mainstream sin renunciar a una elevada calidad artística ni a conversaciones profundas sobre identidad, memoria y justicia social.

Una colega me comentó que quienes asisten al festival parecen compartir un sentido muy particular del estilo y la identidad. Después de pasar varios días recorriendo Broad Street, entendí perfectamente a qué se refería. Se percibe en la forma de vestir, en las conversaciones y en la energía que rodea las proyecciones, no como un gesto de exclusividad, sino como una expresión genuina de la diversidad que caracteriza al evento.

Integrantes del panel conversan con el público tras la proyección de Mickey, de le cineaste mexicane Dano Garcia, durante la 15.ª edición del BlackStar Film Festival en Filadelfia. (Foto: Erick Barragán Ramírez)
 

BlackStar permite conocer realidades de Camboya, Nigeria, Canadá, Puerto Rico, México y muchos otros lugares del mundo. Aunque cambian los idiomas, las culturas y los contextos, las emociones terminan siendo universales: el amor, la familia, la pérdida, la memoria y la búsqueda de pertenencia.

Descubrir qué tan diferentes somos y, al mismo tiempo, todo lo que compartimos, es un privilegio que pocos festivales pueden ofrecer. En la Ciudad del Amor Fraternal, BlackStar se ha consolidado como uno de los eventos culturales más valiosos para quienes desean mirar el mundo desde nuevas perspectivas.

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