Foto ilustrativa Pexels.

Con la venia de mi editora y la tolerancia de los lectores, escribo en esta ocasión para dar mi opinión sobre el ser madre. En ocasiones escuchamos decir que “madre sólo hay una”, por ese amor incondicional que generalmente da una madre.

Y qué pasa cuando ese amor no parece manifestarse, cuando sin el más mínimo reparo una mujer da a luz y ni ve a la criatura. Qué pasará por la cabeza de esa mujer, qué frustración cargará, de qué estará corriendo, cuál será su condición mental, emocional y física. Entonces “madre sólo hay una” se para en la cuerda floja, y aparece esa mujer que te da el amor y el calor de una madre. A mí me tocó la mejor madre y probablemente lo dirás tú también de la tuya.

En estos días, los dominicanos pasamos por un proceso de aprobación o desaprobación de una ley proaborto, del que no ahondaré. A muchas les toca separarse de los hijos por una razón u otra, válida o no, pero el punto es que las madres casi nunca tienen el favor de ser justificadas cuando esto sucede. Y noten que dije casi, porque recuerdo a mi mami querida —como la llamamos mi hermana y yo—andar con nosotras todo el tiempo, y cuando por justa razón tenía que ir a trabajar a otra ciudad, eso duraba poco. Ahora sé por qué: ella no podía vivir sin nosotras.

Estoy segura de que sacrificó mucho y perdió quizás muchas oportunidades por nosotras, por eso la honro y agradezco por siempre su presencia permanente. Además, le pido perdón por todo lo que su amor de madre le hizo soltar. Las madres suelen hacer muchos sacrificios.

Conozco la historia de una mujer cuyos hijos fueron ahorcados y ella se quedó con los cadáveres hasta que se convirtieron en huesos, y no dejó que las aves se acercan de día ni las bestias de noche.

Su historia me recordó a mi tía Valentina. Ella puso de ejemplo al hijo de un amigo de la infancia, quien estaba destruido por las drogas; la escuche decirle a su propio hijo: “mira por eso era por lo que te corregía, te perseguía y luchaba para que tu no terminaras como él”, le hablaba a su hijo que era un chico estable y con una vida digna al igual que sus hermanos. Desde entonces la horno aún más, porque siempre optó por darle prioridad a sus hijos, y esa mujer hoy goza de la recompensa de los sacrificios sembrados.

Que el impacto de Jesús en nuestras vidas nos mantenga el pulso equilibrado.

Emma_martinez10@hotmail.com

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