Roberto y algunos integrantes del grupo pintor. (Foto: Cortesía)

Dos días después del devastador terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio, Roberto Marquez llegó al país con una misión clara: ayudar. En la madrugada del 26 de junio aterrizó junto a integrantes del grupo de rescatistas voluntarios Topos Azteca, entre ellos dos veteranos conocidos como “El Chino” y “El Tiburón”, para sumarse a las labores de búsqueda y rescate en La Guaira.

No era la primera vez que Roberto acudía a una zona devastada por una tragedia. Desde hace años combina el trabajo humanitario con su vocación como pintor y muralista, convencido de que el arte también puede convertirse en una herramienta para sanar heridas colectivas. En cada desastre busca crear espacios donde las comunidades puedan expresar su dolor, honrar a quienes han perdido la vida y encontrar algo de consuelo.

Un arribo marcado por obstáculos

Su llegada a Venezuela no estuvo exenta de dificultades. Según relató, algunos integrantes del grupo enfrentaron problemas migratorios en el aeropuerto debido a que no contaban con boletos de regreso.

“Nos dijeron que, si no teníamos un boleto de salida, no podíamos entrar al país”, recordó Roberto.

Tras varias horas de espera y trámites, las autoridades finalmente autorizaron el ingreso del equipo.

Los vuelos que trasladaron a los rescatistas desde México y otros países fueron donados por Copa Airlines, permitiendo que los Topos Azteca llegaran a las zonas afectadas para colaborar en las tareas de emergencia.

Roberto destacó que los miembros de esta organización realizan su trabajo de manera completamente voluntaria.

“No les importa dormir en la calle o no tener qué comer. Solamente quieren servir. Cuando eres parte de esto, haces una promesa contigo mismo de hacer lo correcto”, afirmó.

Roberto Pintando.(Foto: Cortesía)

Entre la esperanza y la tragedia

Durante cinco días, Roberto trabajó junto a los Topos removiendo escombros, buscando sobrevivientes y recuperando cuerpos de personas atrapadas bajo estructuras colapsadas.

Uno de los momentos que más lo impactó ocurrió frente a un edificio derrumbado. Allí conoció a un hombre que permanecía día y noche junto a los restos de la construcción porque su hijo y varios trabajadores seguían desaparecidos.

Cuando Roberto le preguntó por qué no abandonaba el lugar, el padre respondió:

“Mi hijo está ahí. Lo voy a sacar vivo o muerto”.

El hombre había conseguido un generador para intentar sostener algunas estructuras y acceder al interior del edificio. Sin embargo, después de horas de esfuerzos y confusión, logró entrar al sótano sin encontrar rastros de vida, ni de cuerpos.

Otra imagen difícil de olvidar fue la de una madre que, desesperada, se acercó a uno de los rescatistas para pedirle que no abandonara la búsqueda.

“No se vaya hasta que saque a mi hijo de ahí”, suplicó.

En distintos puntos de La Guaira aún había familiares esperando noticias frente a montañas de concreto y acero.

“Hay personas paradas frente a los escombros, llorando, destrozadas, resignadas y derramando sus últimas lágrimas”, relató Roberto con evidente emoción.

Solidaridad e indiferencia frente al desastre

Pero no todas las escenas que presenció reflejaban el mismo sentido de urgencia.

A pocos metros de las zonas devastadas observó grupos que realizaban actividades cotidianas mientras las labores de rescate continuaban. Algunas personas jugaban pelota o cartas, mientras otras participaban en actividades religiosas.

La situación llamó su atención, especialmente porque cerca del lugar había presencia policial.

“Todavía hay personas atrapadas. Hay mucho por hacer. ¿Por qué no les dicen que vayan a ayudar?”, preguntó a uno de los oficiales.

Según Roberto, el agente le respondió que esas personas simplemente no querían hacerlo.

Aquella experiencia lo llevó a reflexionar sobre las distintas formas en que los seres humanos reaccionan ante el sufrimiento.

“El ser humano es así. Algunas personas apoyan y otras no”, comentó.

Sin embargo, también fue testigo de innumerables actos de generosidad y solidaridad que devolvían la esperanza en medio de la tragedia.

Roberto y sus obras. (Foto: Cortesía)

Una doctora enfocada en los vivos

Entre esos ejemplos se encuentra el de una médica venezolana que decidió poner a disposición de la comunidad todos los medicamentos y suministros que tenía almacenados para que cualquiera pudiera utilizarlos gratuitamente.

Cuando observó que pocas personas acudían a recogerlos, tomó otra decisión: trasladarse directamente a la zona del desastre para atender a víctimas y colaborar con los rescatistas.

Su filosofía quedó plasmada en una frase que Roberto aún recuerda:

“Yo veo que muchos están enfocados en los muertos. Yo estoy enfocada en los vivos”.

Según explicó, médicos, psicólogos y voluntarios de distintas organizaciones llegaron para brindar ayuda. Sin embargo, también observó interrogantes sobre la coordinación y distribución de los recursos.

La ayuda llega, pero persisten las dudas

Cuando se le preguntó sobre la asistencia humanitaria, Roberto fue contundente.

“La ayuda sí llega, y llega de manera exagerada”, aseguró.

No obstante, considera que el verdadero desafío está en garantizar que esos recursos alcancen a quienes realmente los necesitan.

“¿Quién la reparte? ¿Dónde termina? ¿Quién la administra? El problema sigue siendo la burocracia”, afirmó.

Roberto reconoce que no puede determinar cuántos de los insumos, alimentos y medicamentos enviados terminan efectivamente en manos de las familias afectadas. Para él, la transparencia en la distribución es tan importante como la ayuda misma.

Roberto Pntando las obras. (Foto: Cortesía)

El arte como refugio en medio del duelo

Además de trabajar en las labores de rescate, Roberto viajó a Venezuela con la intención de desarrollar un proyecto artístico en memoria de las víctimas.

Su primera propuesta contemplaba la instalación de unas 400 veladoras formando una cruz en una de las zonas afectadas. Sin embargo, el proyecto no recibió autorización para llevarse a cabo.

Posteriormente logró reunir entre 60 y 70 jóvenes para crear una obra colectiva utilizando pintura y pinceles. No obstante, la iniciativa también fue interrumpida cuando se retiraron los materiales necesarios para completar el mural.

Pese a los obstáculos, Roberto sigue convencido del poder transformador del arte.

“Cuando alguien ha perdido a un ser querido, el arte puede darle un poco de consuelo, paz y resignación. Puede hacerle sentir que no está solo en su dolor”, explicó.

Para él, participar en una creación colectiva permite a las personas canalizar emociones, sentirse útiles y encontrar un espacio para procesar el duelo.

“Al contribuir en una pieza, las personas sienten que están haciendo algo. De cierta manera, eso puede aliviar un poco el dolor”, señaló.

El costo emocional del rescate

Tras varios días inmerso entre escombros, cuerpos recuperados, familias desesperadas y escenas de profundo sufrimiento, Roberto comenzó a experimentar problemas de salud.

“No sé si fue por todo lo que vi, pero me enfermé. Ya fui al doctor y poco a poco estoy saliendo de los malestares”, contó.

Aun así, continuó acompañando a los equipos de rescate y compartiendo las historias de quienes enfrentaban la tragedia.

Un mensaje para quienes están lejos

Roberto reconoce que no todas las personas pueden viajar a una zona de desastre para ayudar directamente. Sin embargo, insiste en que siempre existen maneras de colaborar.

“La distancia mata, aunque por un tiempo también ayuda”, reflexionó.

Tras conocer a los Topos Azteca durante una misión en Turquía, comprendió que las labores especializadas de rescate requieren capacitación. Por ello recomienda integrarse a organizaciones comunitarias, prepararse y dedicar una pequeña parte del tiempo personal al servicio de los demás.

“Tenemos la tarea de estar unidos. Hay que mirar hacia nuestro interior, salir de la rutina y donar, aunque sea un dos o tres por ciento de nuestro tiempo. Cuando entregas una parte de ti gratuitamente, siempre encontrarás una manera de ayudar”, afirmó.

También envió un mensaje a los jóvenes, invitándolos a utilizar sus plataformas digitales para mantener viva la atención sobre la tragedia.

“Quiero pedirles a los jóvenes que usen sus redes, que difundan la noticia y que ayuden a que la gente tome conciencia de lo que está pasando”, expresó.

Antes de concluir, dejó una reflexión que resume gran parte de lo que observó durante su misión en La Guaira:

“El que está lejos quiere ayudar, pero muchas veces no puede. El que está cerca puede ayudar, pero a veces no quiere”.

Apoyo a los Topos Azteca

Roberto también impulsa una campaña para recaudar fondos destinados a apoyar las labores humanitarias de los Topos Azteca. Parte de la ayuda será canalizada mediante la venta de sus obras de arte.

“La manera que decidimos para canalizar la ayuda es por medio de la venta de mis obras”, explicó.

Las personas interesadas en colaborar pueden enviar donativos a través de Cash App: $robenz62 y especificar que la contribución está destinada al apoyo de los Topos Azteca y sus misiones de rescate.

Para Roberto, el verdadero sentido del trabajo humanitario es simple:

“Nosotros vinimos a hacer el trabajo de la mejor manera posible. Lo importante es servir, rescatar, acompañar y hacer lo correcto”.

Las pinturas pequeñas se encuentran en El Raise, 4ta Avenida con 4ta Transversal, PB
Edificio Icabarú, Los Palos Grandes. Caracas, Venezuela

Su Instagram es: @robenz_art y lo pueden contactar en su correo electrónico: elraisecaracas@gmail.com

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