(Foto: Ilustrativa/Juan Pablo Serrano Arenas/Pexels)

El Día del Padre es una celebración bastante antigua; por siglos fue celebrado en la Europa cristiana el 19 de marzo, en la fiesta de San José, a quién se consideraba el “modelo del buen padre” por haber cuidado y protegido al hijo de Dios cuando vino al mundo. Pero la celebración moderna se remonta a los comienzos del siglo XX en EE. UU., cuando Sonora Smart lo propuso para honrar a su padre, un veterano del ejército que levantó solo a sus 6 hijos e hijas con amor ejemplar.

Pero hoy vale preguntarse; ¿A qué padre queremos celebrar? La paternidad es una de las bendiciones más grandes que un hombre puede experimentar, y también una de las tareas más difíciles que pueda asumir. No hay duda de que la naturaleza equipó mucho mejor a las mujeres para ser madres, con su refinada sensibilidad y su instintiva capacidad para proporcionar amor y protección; mientras los hombres debemos improvisar y aprender cada día, y, como decía Robert Braul “el problema de aprender a ser padres es que los maestros son los hijos”.

La “crisis de la masculinidad” de la que tanto se habla también ha traído una “crisis de paternidad”. En varios países de Centroamérica el Día del Padre es prácticamente ignorado, y cuando se indaga sobre los motivos, te dirán: “en este país son muchos más los niños que crecen sin un padre que los que lo tienen”. Muchas regiones sufren el drama de la emigración, principalmente de los hombres, que abandonan a sus mujeres, a menudo con muchos hijos pequeños, para irse “al norte”. Esos hijos crecerán con una imagen muy distorsionada de lo que es un padre, o peor aún, sin ningún referente paterno ni masculino en absoluto.

Posiblemente los padres latinos hemos sido más lentos o reacios en asimilar los cambios que el tiempo moderno nos pide, ante la mayor educación, emancipación y autonomía de las mujeres, lo que nos llamaría a ajustar nuestro rol de solo “proveedores”. El padre moderno sabe compartir las obligaciones y tareas domésticas; no vacila en ponerse un delantal y cocinar, lavar platos o limpiar pisos, sabe cambiar pañales y sabe qué medicinas toman sus hijos, quienes son sus amigos favoritos y qué programas ven en la tele. Y, sobre todo, un buen padre, -decía Denis Lord-, “no es el que da la vida, sino el que da el amor”. Los más cálidos recuerdos de un niño van siempre hacia ese padre que te montaba a caballo; con quien bailabas en sus brazos, el que te leía historias y te dedicaba un poco de su tiempo cada día.

Cuán importante sería que los padres, sobre todo los latinos, pudiéramos comprender lo crucial que es, -y en especial para los hijos varones- el afecto y la cercanía física. Los varones también necesitan los abrazos de su padre; jugar al fútbol o béisbol, liarse en lucha greco-romana amorosa, tal como hacen los cachorros. Algunos psicólogos afirman que las dudas de identidad que arrastran muchos hijos varones hoy día están ligadas a ese enorme vacío de afecto y contacto físico que les dejaron sus padres cuando abandonaron el hogar, o cuando su ideario machista no les permitió darles el amor y la cercanía física que tanto necesitaban.

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