Es natural aspirar a crecer en las diferentes áreas de la vida, anhelar mejores posiciones, alcanzar nuevas metas y desear ser reconocidos por nuestra manera de hacer las cosas. Todos tenemos sueños y proyectos, y como creyentes podemos confiar en que Dios tiene planes de bien para nuestra vida. Sin embargo, existe un elemento que puede convertirse en el mayor obstáculo para alcanzar aquello que Dios ha preparado para nosotros: nuestro propio carácter.
Dios puede abrir puertas, concedernos oportunidades y llevarnos a lugares que nunca imaginamos. Pero para permanecer en esos lugares y administrar correctamente las responsabilidades que recibamos, necesitamos estar preparados interiormente. Por eso, antes de llevarnos a determinadas posiciones, Dios trabaja en nuestro corazón y moldea nuestro carácter.
Como cristianos, entendemos que el carácter no es solamente un conjunto de rasgos de nuestra personalidad. Es también el resultado de un proceso espiritual en el que Dios transforma nuestra manera de pensar, reaccionar, decidir y relacionarnos con los demás.
El carácter está profundamente ligado al corazón del ser humano. Y, contrario a la mentalidad de una sociedad que busca evitar a toda costa el sufrimiento, las dificultades y los conflictos, la Biblia nos enseña que las pruebas pueden ser instrumentos que Dios utiliza para fortalecernos y perfeccionarnos.
Santiago 1:2-4 nos recuerda que las pruebas producen perseverancia y que la perseverancia debe completar su obra para que lleguemos a ser maduros. Es decir, aquello que muchas veces queremos evitar puede ser precisamente lo que Dios utiliza para desarrollar en nosotros las cualidades que necesitaremos mañana.
El estándar del carácter que Dios desea formar en nosotros está expresado en Gálatas 5:22-23 (NTV): “La clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas!”.
Estas cualidades no se desarrollan de un día para otro. Requieren obediencia, disciplina y dependencia del Espíritu Santo. Cada desafío, cada relación y cada circunstancia pueden convertirse en una oportunidad para que ese fruto crezca en nuestra vida.
Por eso, no debemos preocuparnos únicamente por alcanzar posiciones, obtener reconocimiento o lograr grandes éxitos. Debemos preocuparnos también por desarrollar el carácter necesario para administrar correctamente aquello que Dios ponga en nuestras manos.
Los dones pueden abrir puertas, el talento puede llevarnos lejos y las oportunidades pueden colocarnos en lugares de influencia; pero será nuestro carácter el que determine cómo responderemos cuando lleguen las responsabilidades, las presiones y las dificultades.
Dios conoce nuestro corazón y sabe exactamente qué podemos sostener. En su tiempo, puede confiarnos mayores responsabilidades a medida que crecemos en madurez. El verdadero éxito no consiste solamente en llegar lejos, sino en tener la integridad necesaria para permanecer firmes cuando lleguemos allí.
El carácter de Cristo se manifiesta en la manera en que tratamos a los demás: con amor, respeto, humildad, bondad, fidelidad y dominio propio. Por eso, antes de pedirle a Dios grandes oportunidades, pidámosle también que forme en nosotros el carácter necesario para sostenerlas.
Porque Dios puede llevarnos muy lejos, pero primero quiere prepararnos para permanecer firmes cuando lleguemos allí.
No le pidamos solamente a Dios que nos dé grandes oportunidades. Pidámosle también que forme en nosotros el carácter necesario para sostenerlas.






