¿Seguiremos enfocados en nuestro propio bienestar? (Foto: EFE/Remko de Waal)

Por fin se puede vislumbrar la luz al final del túnel. Muchos piensan que eso significa un regreso a la normalidad. El problema es que lo normal no es lo que la masa popular cree. Los residentes de nuestras ciudades tienden a pensar que ahora que estamos ganando la guerra contra el COVID-19 podremos volver a la anterior normalidad. Si su regreso implica volver al mismo tedio, a las mismas monotonías, a las mismas vueltas a la noria, entonces no hemos aprendido nada.

Lo único normal y constante que existe es el cambio, que también está en constante cambio, porque nada es estático ni invariable, así afirmaba Heráclito de Éfeso (535-475 AC). Fue él quien inmortalizó la frase, “nadie se baña dos veces en el mismo río”. No solo el agua del río fluye, sino también la persona está cambiando de instante a instante. Por lo cual pretender volver a la normalidad sin entender lo que implica, es dar un salto al precipicio de la ignorancia. No podemos pretender pasar por alto un año de encierro, donde tuvimos que aprender otras maneras de comunicarnos, lidiar con la soledad del entorno, descubrir nuevas grietas en nuestros cónyuges y seres queridos. La verdad, cuando contemplamos ese año de encierro desde esta primavera del 2021 nos damos cuenta de que íbamos muy deprisa, estábamos muy enfocados en nuestro propio bienestar, nos dimos cuenta de que los hijos tenían otro mundo del cual no éramos parte. La pandemia nos reveló muchas cosas. Fue como un alto en el tiempo sin darnos cuenta. Volver a la normalidad sin entender ni procesar, sería un mal que le entregaríamos a nuestras próximas generaciones, nuestros hijos.

En lo social, vivimos y fuimos testigos de un estallido racial que ha exacerbado el racismo institucionalizado en la sociedad estadounidense. Tuvimos una elección presidencial con una marcada división ideológica y racial. Presenciamos el asalto al Capitolio por turbas supremacistas que evidenciaron la fragilidad de la democracia en que vivimos. Enterramos muertos tras muertos: hijos, madres, hermanos, cónyuges, amigos. A muchos el mundo se les cayó de un tirón. Se nos han muerto más de medio millón de compatriotas. ¿Cómo podemos querer volver a la normalidad sin procesar este trauma colectivo?

Tenemos que sentarnos a conversar con la familia, los compañeros de trabajo, la comunidad, las iglesias, sobre todo las iglesias. ¿Qué perdimos? ¿Que ganamos? ¿Qué tenemos que dejar ir? ¿Cómo nos re-imaginamos? Son preguntas que nos urge compartir. Las crisis son oportunidades para un mejor vivir, de manera que no perpetuemos conductas que nos aíslan y nos cancelan. Esas crisis despiertan esa vitalidad de levantarse ante el fracaso, de volver a intentar de nuevo, de saber que podemos ser mejores, a eso es lo que le llaman resiliencia. Todos y todas tenemos esa capacidad para levantarnos ante las complicaciones de la vida. Lo hemos estado haciendo a través de la vida desde que nacimos.

Esta crisis pandémica tal vez sea la oportunidad de reinventarnos de nuevo. No es hora de lanzar culpas contra nadie, nada se resuelve así. Es hora de aplacar los resentimientos y corajes y abrirnos a la posibilidad de comunicarnos con tolerancia, sensatez y solidaridad. Es tiempo de celebrarnos, hemos logrado llegar hasta el final del túnel. Cargamos con el dolor de los que quedaron atrás. Ya no están, pero honramos sus vidas siguiendo adelante con las nuestras.

Celebro que nuestros científicos lograron desarrollar la vacuna contra el COVID-19 y que no se hizo en un santiamén, como algunos erróneamente comentan. Esto costó décadas de investigación. Desde el virus del síndrome respiratorio agudo grave (SARS) y el virus del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), nuestros científicos han estado laborando en sus laboratorios mucho antes de que lograran dar con la vacuna contra el SARS-CoV-2 (COVID-19). Fue gracias a esa larga investigación que se pudo acelerar el desarrollo de las vacunas que hoy disfrutamos.

Celebro la paciencia y responsabilidad de los más de 150 millones de residentes de los Estados Unidos que se vacunaron y que gracias a esto muchas de las restricciones se han levantado. Aquellos y aquellas que aún dudan de la importancia de vacunarse les exhorto a que se informen y se vacunen. Si logramos un 80 por ciento de vacunación alcanzaremos la meta nacional.

Celebro a nuestros médicos, enfermeros, educadores, policías, trabajadores sociales y demás trabajadores esenciales que se mantuvieron firmes en sus funciones, algunos incluso dejaron su vida como testimonio de servicio. Celebro a nuestras agencias sociales que hicieron el esfuerzo por vacunar a nuestra comunidad.

La normalidad añorada no volverá, y como todo cambia, pretender volver a la normalidad sin una reflexión individual y colectiva, es como lanzarse a un río de abismales corrientes. Vendrán tiempos de mayores retos. Hemos pasado esta prueba y ahora somos más resilientes y solidarios. Celebremos, reflexionemos y hagamos que esta nueva normalidad sea mejor que la anterior.

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