(Foto: Ilustrativa/White Gold/Pexels)

El derecho a cantar ¿es un derecho humano y debe protegerse? ¿incluso para aquellos que no son tan buenos cantantes? Hoy les pido que se pongan en pie y defiendan el derecho de todos a cantar. Debemos enseñar al mundo a cantar y enseñar a los demás a respetar a los que cantan. Cantar es una forma de libertad de expresión y todos deberían estar protegidos, incluyéndome a mí. Me gustaría presentar mi caso histórico personal de opresión. Tendrás que ser juez y jurado mientras presento la evidencia ante el mundo. Cuando era niño, crecí con la rica tradición musical mexicana; en mi adolescencia me introdujeron al rock and roll y, más tarde, a la música folk. Esto, sin mencionar que cuando era niño me animaban a cantar en clase y en la iglesia.

La música siempre ha formado parte de mi vida. Al principio aprendí a escuchar la música de «Madre Tierra» y me gustaba mucho. Pero siempre había algo que me hacía sentir incómodo con mi capacidad para cantar en público. Debería haber notado que cuando era niño nunca me pusieron a cantar con los guitarristas de la familia, o que mis padres nunca me pidieron que cantara frente a los familiares durante las fiestas. Debería haber visto estos primeros signos de opresión cuando nadie en ninguna de las escuelas a las que asistí me pidió que cantara la parte principal, o partes especiales de las canciones navideñas en la Iglesia Católica de Santa María. Cuando entré a la escuela secundaria y participaba en deportes, me volví un poco adicto a ir a la iglesia con regularidad y a orar por el éxito en el campo deportivo. A medida que iba a la iglesia con más frecuencia, conocí mejor al sacerdote y él me conoció a mí; ya que yo me confesaba de mis pecados con regularidad, y seguro para él yo era un «reincidente». Ahora, en retrospectiva, creo que el padre seguramente se reía de algunas de las cosas que contaba en mis confesiones.

De hecho, en algunos casos, cuando el deporte ocupaba la mayor parte de mi tiempo, no tenía pecados que confesar, así que, sin problemas me inventaba algunos o reportaba los pecados de otro amigo como si fueran los míos. Creía que con mi confesión llamaría la atención de Dios, y así Él se aseguraría de que las cosas me salieran bien en el deporte.

Pero además de confesarme y orar, quería darle algo más a mi iglesia. Entonces, en un golpe de brillantez, decidí unirme al coro. Quería cantar. Quería abrir mis pulmones y mi corazón a Dios. Sin mencionar que también quería estar cerca de las lindas chicas que había en el grupo. El coro practicaba por las noches, y siempre existía la posibilidad de que pudiera conocer mejor a alguna, y luego, de que pudiera acompañarla a su casa después de la práctica; es decir, ¿por qué no?, ¡había espacio para la esperanza!

En mi primera práctica, el director del coro me dio la bienvenida y me presentaron por todos lados, y yo me sentí orgulloso de estar allí. Disfruté mis primeras semanas de práctica y poco a poco fui conociendo a las jóvenes del grupo. Por fin cantaba y, además, cantaba para Dios. Pero un día, el buen párroco de St. Mary’s me detuvo después de una de mis detalladas confesiones y me dijo que quería hablar conmigo.

Leonard, ¿cómo estás?

Estimado padre, en el equipo de lucha me va muy bien y disfruto mucho mi tiempo en el coro.

¿Ah, sí?, pues quería hablar contigo sobre el coro. El director me habló y me dijo que cantas con mucha energía; pero que desafinas, y cuando lo haces, arrastras a todos los demás contigo.

¿De verdad? Yo estaba convencido de que tenía una gran voz y que cantaba muy bien.

Sí, el director en cambio piensa que eres un poco sordo, y me ha preguntado si podrías dejar el coro y ayudar en la iglesia de alguna otra manera.

Y, ¿cómo de qué otra manera?

Por ejemplo, podrías leer alguna de las lecturas de la misa.

Pero yo no sé cuándo ni qué cosa leer.

Eso no es problema; si aceptas, yo te indicaré qué leer y cuándo; y tu podrás incluso prepararlo desde la noche anterior en tu casa.

Acepté, pero estaba destrozado. Ya no sería parte del coro ni tendría la oportunidad de acompañar a esas lindas chicas a casa después de la práctica. Además, de seguro los otros se enterarían de que me habían echado del coro por desafinar. Este fue otro momento en el que se me negó el derecho a cantar y, además, en la iglesia de Dios. Ese día no me sentí un mexicano feliz.

En las semanas siguientes, fui un habitual en la misa de las 10 en punto. Di mi todo a estas lecturas, casi convirtiendo algunas veces la lectura en canción. Las hacía modelando ricamente la voz para llamar la atención de los piadosos adultos que acudían y de algunas de las guapas chicas presentes.

Después, en la Universidad de Colorado, en Boulder, florecí y me convertí en actor. Me transferí allí desde el Palomar College, en California, donde había estado en el equipo de debate y tenía algo de experiencia en el uso e impostación de la voz. Además, esta era una universidad muy grande y yo estaba actuando en el escenario principal.

Como estudiante de secundaria en Las Ánimas, Colorado, me habían negado la oportunidad de actuar, diciéndome que mi acento en inglés era demasiado fuerte y que no había partes para los mexicanos. Sin embargo, una vez que llegué a la Universidad de Colorado, actuaba y a menudo me invitaban a participar en las producciones universitarias, lo que me hizo muy feliz.

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