Personal de los puestos de votación preparan las mesas electorales en diferentes puntos de la Ciudad de México (México). (Foto: EFE/Carlos Ramírez)

Dos grandes naciones de América Latina tuvieron elecciones el fin de semana; México y el Perú. Las dos lograron votaciones en relativa calma y se encuentran ahora en el proceso de contar y asimilar los resultados de las urnas. Al mismo tiempo, las dos ofrecen escenarios útiles para reflexionar sobre cómo madura o –por qué no–, cómo puede también retroceder la democracia en América Latina.

Perú venía arrastrando un periodo de gran fragilidad institucional; con destituciones de un jefe de estado detrás del otro, llegando al extremo de tener 3 presidentes en tan sólo una semana en noviembre pasado. Ese retroceso en la madurez política lo confirmó el enorme número de candidatos, –dieciocho–, que participaron en las elecciones de abril, facilitando que el centro político se desdibujara y pasaran a la segunda vuelta la extrema derecha de Keiko Fujimori y la que algunos ven como izquierda radical de Pedro Castillo.

Quizás el daño mayor no es que triunfe un partido radical, (cualesquiera que sean los resultados finales) sino el evidente deterioro de la institucionalidad. Los ciudadanos muestran una desconfianza total ante sus jefes. Según estudios, para los peruanos el peor mal del país no es el crimen, el desempleo o la pobreza, sino la corrupción rampante, olímpica y desmedida de los políticos. Estos, ante el posible triunfo de un advenedizo de izquierda han cerrado filas ante una candidata muy cuestionada como Fujimori, sacando a relucir el fantasma del “castro-chavismo” como disuasor, al parecer sin mucho éxito.

Quizás los políticos estén buscando “el muerto aguas arriba”, pues lo que el país necesita no es un escenario de más miedo e intimidación, ni el regreso de caudillismos, sino un profundo proceso de reconstrucción de la confianza, de búsqueda de consensos, de líderes que sepan tender puentes e invitar al diálogo, de visionar un proyecto de país en el que todos se sientan incluidos y llamados a empujar en una misma dirección, sin que ningún grupo sea descalificado ni demonizado.

En México, por su parte, aunque el partido Morena -fundado por el presidente- ganó muchas gobernaturas, en el Legislativo ha debido conformarse con una mayoría simple; debiendo ajustar lo que algunos veían como su proyecto para reformar la Constitución sin necesidad de diálogos ni acuerdos, y poder adaptarla a su medida. Al parecer, aunque López Obrador sigue contando con apoyo amplio, los presentes resultados lo obligarán a buscar consensos si quiere sacar adelante su proyecto y no desdibujar la segunda mitad de su mandato. En lo que sí ha fracasado ruidosamente es en poner freno a la violencia. 90 candidatos murieron previo a las elecciones y más de 400 sufrieron ataques sangrientos por parte de los grupos al margen de la ley.

¿Aprendizaje? El progreso científico, tecnológico y financiero no siempre garantiza un progreso humano, social ni político. La presencia de una clase dirigente corrupta y voraz, fagocitadora de los bienes públicos termina por dañar sin remedio la confianza de los ciudadanos, resquebrajando el tejido social y facilitando los desastrosos mesianismos de izquierda o las dictaduras de derecha disfrazadas de democracia que hemos visto al acto en más de un país.

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