Las cifras oficiales y los análisis de los medios especializados coinciden: la economía nacional marcha por buen camino. La creación constante de empleos y la solidez de los indicadores generan un clima de optimismo moderado. 

Según el Pronóstico Económico de Estados Unidos, de Deloitte, el optimismo actual se sustenta en un mercado laboral dinámico, altos niveles de consumo y un balance positivo en las exportaciones. Las inversiones y el gasto del gobierno también impulsan la economía, con expectativas de un crecimiento general del 2 %, superando el 1.5 % previstos meses atrás. 

Sin embargo, este panorama positivo no beneficia a todos por igual. Minorías, inmigrantes, familias en proceso de regularizar su situación migratoria y diversos sectores de la comunidad hispana siguen siendo considerablemente más vulnerables, en especial ante la inseguridad laboral y el aumento de la retórica antinmigrante. 

Tanto para inmigrantes de vieja data como para los de llegada más reciente, los desafíos pueden parecer a veces insuperables. Pero no hay obstáculo que no encuentre una respuesta cuando se trabaja unidos, se ponen en común recursos, ideas y talentos para salirles al paso a las necesidades con soluciones a la altura de las circunstancias. 

La crisis migratoria que se vive en el mundo cobra especial relevancia en Estados Unidos en un año de elecciones presidenciales. Se sabe que la mayoría de los latinos no vota, y los que lo hacen, no votan en bloque. Además, ha aumentado la polarización dentro de la comunidad hispana, pero no debemos permitir que las diferencias de visión impidan el diálogo. 

Si ya es difícil dialogar sobre temas delicados, hoy nos enfrentamos a nuevos desafíos. Uno de ellos es la pérdida de la capacidad de comunicarnos de forma efectiva debido a la dependencia que genera la era digital. A menudo estamos conectados al ciberespacio por medio de pantallas, pero desconectados de nuestro entorno inmediato. 

Nos encontramos ante una especie de sumisión a la epidemia de “escoliosis” autoprovocada que nos está arrebatando la alegría de la amistad, el saludo, el abrazo y el interés por aquellos que nos rodean; preferimos el contacto impersonal con un desconocido con quien “videojugamos”, apostamos o simplemente chateamos. 

La invitación que nos hace Will García, cuya historia presentamos esta semana, es precisamente a convocar, reunirnos, superar diferencias y unir fuerzas. Will ha trabajado desde muchos frentes impulsado por su visión de creyente, su convicción de que las comunidades de fe tienen una enorme riqueza por su compromiso comunitario y su visión de fraternidad entre los seres humanos, que puede ser un gran motor para reconstruir las relaciones y el sentido de interdependencia y responsabilidad que tenemos los unos por los otros. 

En esta semana en que miles de creyentes celebraron la Pascua cristiana, en conmemoración de la Resurrección de Jesucristo, cada vez más miembros del gobierno federal y otros funcionarios admiten ser personas de fe y confiesan que su fe les ha dado un propósito de vida, además de fuerza, inspiración, convicción y determinación para que los valores de compasión, concordia, solidaridad y generosidad no desaparezcan. 

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