(Foto: Robert Stokoe/Pexels)

El 26 de julio se celebra en muchos países el “Día Internacional del Abuelo”, y aunque para muchos pueda pasar desapercibido, lo cierto es que nuestros abuelos, –y en general los ancianos, hayan procreado o no–, hacen un gran aporte a la familia y a la sociedad; una sociedad que con frecuencia se olvida de recompensarlos, ya que la gratitud es uno de aquellos valores que nuestro mundo moderno parece ir desechando.

La fecha invita a reflexionar sobre el valor, –o quizás el poco valor–, que hoy le damos a los abuelos y al adulto mayor. Vivimos en una “sociedad de la imagen”, donde todo tiene más valor si es más nuevo, atractivo, juvenil, lozano, de apariencia fresca y saludable, moderna y sofisticada. Esta sobrepreciación de lo externo poco a poco nos ha atrofiado la capacidad de ver más allá de las formas y de captar la belleza que hay en el fondo; trayendo esta devaluación del anciano y llevándonos a despreciar el tesoro de recuerdos, historia y sabiduría que vive en sus corazones.

Es común recordar con inmensa ternura y alegría la casa de los abuelos, las tardes de domingo; donde cuando éramos niños nos reuníamos con la familia extendida, los tíos, las cuñadas, los primos y sus novias y novios; cuando invadía la casa el dulce aroma de la comida más tradicional y exquisita; donde se recordaban las historias más divertidas y entrañables de la familia. Cuando estábamos tristes y necesitados de abrazoterapia corríamos a la casa de los abuelos, donde encontrábamos abrazos y besos gratis y a granel.

Se dice que cuando se cierra la casa de los abuelos muere un ciclo para cada grupo familiar; se cierra un espacio de amor cuyos mejores tesoros y recuerdos solo se conservarán si los hijos, nietos y familia extensa se proponen preservar ese baúl de enseñanzas, consejos y refranes con los que ellos querían enseñarnos el buen vivir, el comportamiento noble y decoroso, la práctica de la bondad, la sobriedad, la generosidad y aquellas virtudes que embellecían a las familias de antaño.

“Las abuelas son quienes están salvando y pasando a sus nietos el tesoro de la fe”, dice el papa Francisco. En muchas culturas como Japón, África, e India, los ancianos son vistos con gran veneración, pues son considerados la memoria viviente del pueblo, copas añejas de saber. Por el contrario, en muchas de nuestras ricas sociedades occidentales, a menudo son vistos como ciudadanos decrépitos que se han vuelto una carga, olvidados por sus hijos en asilos donde mueren de soledad, o incluso invitados a la eutanasia en propagandas inhumanas.

Por eso no debemos pasar por alto esta fecha, ni perder de vista que por más jóvenes y vigorosos que estemos ahora, tarde o temprano nos visitará la senectud, y entonces, añoraremos mucho el ser tenidos en cuenta, el ser visitados por los hijos y sus proles, que los nietos nos pidan consejo, que no seamos arrinconados como trastes viejos y en desuso. Tratemos ahora a nuestros ancianos tal como nos gustaría que nos trataran a nosotros cuando lleguemos allí.

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