Yesli, en el centro a la derecha, acaricia a Sage, una perra de terapia, en la escuela elemental Valley View el 29 de abril de 2026, en Columbia Heights, Minnesotta. (Foto: AP/Ellen Schmidt/MinnPost)

La niña se acercó a la perra de terapia ante la biblioteca de la escuela y extendió la mano para tocar su esponjoso pelaje rubio. La trabajadora social Nicole Herje se inclinó.

“¿Qué se siente cuando acaricias a Sage?”, le preguntó Herje.

“Me gusta”, respondió la niña. “En Ecuador, yo tenía un perro”.

Unos meses antes, esta niña y muchos de sus compañeros en la escuela primaria Valley View se mantenían alejados de las calles para evitar a los agentes de inmigración que inundaban su comunidad suburbana de Minneapolis. La asistencia a clase se desplomó, ya que las familias no llevaron a sus hijos a la escuela durante la campaña de redadas migratorias del gobierno de Trump.

Sage, una goldendoodle, no es solo una distracción adorable. Forma parte de una estrategia más amplia para abordar las heridas psicológicas de niños que presenciaron arrestos, perdieron familiares por deportación o soportaron semanas de angustia encerrados en casa. Al menos cuatro estudiantes de la escuela fueron detenidos, enviados a cientos de millas de distancia a un centro de detención familiar en Texas.

Los agentes de inmigración realizaron más de 4.000 arrestos y dispararon contra varias personas —dos de ellas de forma mortal— antes de que la “Operación Metro Surge” concluyera en febrero, dejando una huella en la psique de los niños pequeños que podría perseguirlos durante años, según profesionales de salud mental.

Las Escuelas Públicas de Columbia Heights, como muchos otros distritos, ofrecieron aprendizaje virtual para los niños que permanecieron en casa durante la campaña de redadas, pero la enseñanza en línea terminó después de las vacaciones de primavera y, ahora que muchos han regresado a clase, el personal se ha concentrado en su recuperación.

“Lo que sabemos sobre el trauma es que nuestros cuerpos se aferran al miedo”, señaló.

Kaleb, en el centro, acaricia a Sage, una perra de terapia, en la escuela primaria Valley View el 29 de abril de 2026 en Columbia Heights, Minnesota. (Foto: AP/Ellen Schmidt/MinnPost)

Refugiados en casa, los niños compartieron sentimientos por Zoom

Los niños se conectaron a Zoom en febrero desde distintas partes de sus casas: en salas y dormitorios con las cortinas corridas, debajo de un perchero de ropa en un clóset, en un sofá con una bandera mexicana colocada en la pared más atrás. Pocos de los niños de kínder podían quedarse quietos. Uno se apartó e hizo volteretas.

Los temores persistieron mucho después de que los miles de agentes de inmigración que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desplegó en la región llegaran y se fueran. No ayudó que uno de sus compañeros de escuela, el alumno de preescolar Liam Conejo Ramos, fuera detenido por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas cuando llegó a casa desde la escuela, con su mochila de Spiderman y un sombrero azul brillante con orejas.

Por eso, en medio de su jornada escolar virtual, Herje guio a los niños de kínder en una clase especial sobre emociones. Compartieron lo que los hacía felices y tristes, tranquilos y enojados. Hablaron de extrañar a sus compañeros y de las ganas de volver a la escuela.

“Cuando estás alegre, ríes, saltas, bailas, juegas… y quieres compartir ese sentimiento con todos”, dijo Herje dijo, leyendo del libro infantil “The Color Monster” (“El monstruo de colores”). “¿Alguien quiere levantar la mano y contarnos algo que lo haga sentir feliz?”.

“Cuando estoy feliz, quiero ir a la escuela cuando veo a mis amigos”, dijo una niña.

Herje continuó: ¿Qué los ponía tristes?

“Cuando mi abuela, ella va (a) Ecuador”, dijo otra niña.

Todos habían vivido una de las ofensivas migratorias más agresivas de la historia. Estaban los agentes de inmigración enmascarados patrullando en camionetas, seguidos por manifestantes que soplaban silbatos agudos. Estaban los arrestos de inmigrantes entre lágrimas y gritos, grabados en video y reproducidos en bucles interminables en redes sociales. En muchos casos, se llevaban a personas con hijos.

Un creciente conjunto de investigaciones está arrojando luz sobre el impacto del trauma en los niños, incluso en aquellos demasiado pequeños para comprenderlo. La exposición prolongada a un entorno de alto estrés puede remodelar el cerebro de un bebé, explicó Rebecca Parlakian, directora sénior de programas del grupo de defensa de la primera infancia Zero to Three.

“Cuando un niño está viviendo experiencias traumáticas continuadas y constantes, en las que ha perdido la sensación de seguridad básica, vemos que el cerebro se reorganiza para sobrevivir, lo que en realidad se traduce en cambios anatómicos estructurales en el cerebro”, explicó Parlakian.

Linda Buchs-Hammonds, a la izquierda, y su perra de terapia, Sage, caminan por el pasillo de la escuela primaria Valley View con la trabajadora social Nicole Herje, a la derecha, el 29 de abril de 2026, en Columbia Heights, Minnesota. (Foto: AP/Ellen Schmidt/MinnPost)

Los indicios de trauma incluyen falta de apetito y miedo a dormir solo

Los síntomas del trauma pueden variar ampliamente según el niño, su edad y lo que haya presenciado o experimentado. Robyn Tabibi, médica de familia en St. Paul que a menudo trabaja con futuros padres, contó que atendió a un niño de 3 años que había perdido a varios familiares por deportación y tuvo que mudarse con su madre para evitar ser blanco de las autoridades.

“Poco a poco dejó de comer, se volvió apático, rechazaba jugar”, dijo Tabibi. “Está en este nuevo lugar y está muy traumatizado”.

Niños de familias sin preocupaciones migratorias también desarrollaron ansiedad.

Sarah Anikpo nació en Estados Unidos, y su esposo, nacido en Liberia, obtuvo la ciudadanía en 2020. Por eso Anikpo, asistente médica en psiquiatría, no pensó en hablar con su hijo Zeke, de 9 años, sobre las redadas, incluso mientras helicópteros sobrevolaban su vecindario en el sur de Minneapolis.

Luego, un agente del ICE mató a tiros a Renee Good, una ciudadana estadounidense que acababa de dejar a su hijo en su escuela primaria. Estallaron protestas. El distrito de Zeke canceló las clases durante dos días.

Después de eso, Zeke no podía dormir en su propia habitación. Les habló a sus padres de un “hombre gris” que rondaba sus sueños y se angustiaba por las luces intermitentes que entraban por su ventana. Una compañera se derrumbó llorando y le pidió a Zeke que rezara por su madre y su abuela, que habían regresado a México. Eso lo enfureció y le dio miedo.

“No podíamos sacarlo de esa idea”, comentó Anikpo. “Definitivamente no se sentía seguro”.

El miedo que recorre a las familias inmigrantes —incluso a las que están en Estados Unidos de forma legal— podría tener consecuencias profundas para una generación de escolares estadounidenses, dicen expertos. El Instituto Brookings estima que 4,6 millones de niños ciudadanos estadounidenses viven con un padre sin permiso de residencia o con estatus legal temporal, y que más de 200.000 tienen padres que fueron detenidos o deportados durante este mandato de Trump.

“Los niños en familias de estatus mixto a menudo viven con una ansiedad anticipatoria crónica de que un ser querido podría ser detenido o deportado”, escribió un grupo de psiquiatras en un informe especial para Psychiatric News. “Se ha demostrado que estos temores conducen al absentismo escolar, la desconexión académica y un mayor malestar emocional”.

El personal de Valley View ha identificado a estudiantes que podrían necesitar ayuda adicional, incluidos dos alumnos de quinto grado y uno de segundo que, como Liam, habían sido detenidos en el Centro de Detención de Dilley, en Texas, donde documentos judiciales señalan que los niños han carecido de alimentos adecuados y atención médica. Herje dirigió sesiones de terapia grupal junto a Sage, la goldendoodle, para estos estudiantes.

Volver a la escuela era lo que muchos realmente necesitaban. Herje ha presenciado reencuentros alegres entre amigos pequeños que no se habían visto en persona durante meses.

Herje les preguntó entonces qué los hacía sentirse queridos. Una niña intervino: “Cuando amo, encuentro a mi mejor amiga”.

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