(Foto: Ilustrativa/Pexels)

En mi columna de hoy te abro el corazón para contarte, sin filtro, lo que han sido nuestros 30 años de matrimonio. Aunque hablar de la familia suene a veces a una «especie en extinción», sigo convencida de que es el refugio más valioso que tenemos en la sociedad y en la iglesia.

La familia nació en el corazón de Dios. El problema es que, cuando quisimos hacer las cosas a nuestra manera y nos alejamos de su diseño original, terminamos enredando nuestras relaciones. Pero hay una buena noticia: no importa cuánto barro llevemos encima ni cuántos tropiezos hayamos tenido, siempre se puede volver a empezar. Dios anhela restaurar lo que se rompió y darnos una vida nueva, tal como lo muestra la historia del hijo pródigo.

1. El amor es una decisión, no una emoción: Implica elegir el perdón, la tolerancia, el respeto y la fidelidad cada mañana (1 Corintios 13:4-8).

2. Sin marcha atrás: En nuestras discusiones, las palabras divorcio y separación simplemente no tienen cabida.

3. Prioridades claras: La familia va antes que el trabajo e incluso antes que las actividades de la iglesia.

Tú también puedes lograrlo. Entrega tu camino al Señor, vuelve a leer el manual del fabricante y decide construir tu hogar día con día.

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