Mi madre, Ofelia (Q.E.P.D.), mi tía Eustolia, mi hermana Patricia y yo. Entre hilos, enseñanzas y recuerdos de México y Estados Unidos, compartimos una conversación que hoy atesoro como uno de los momentos más hermosos de mi boda.

Hay historias que comienzan con una maleta, la mía comenzó con los sueños de mis padres.

Cuando pienso en mi vida, siempre regreso a la imagen de aquella pequeña niña que cruzó la frontera rumbo a Estados Unidos. No entendía del todo lo que significaba emigrar, pero mis padres sí. Ellos sabían que dejaban atrás una parte de su vida para ofrecerles a sus hijos la oportunidad de construir una nueva.

Desde la década de 1980, Estados Unidos se convirtió en mi hogar. Aquí crecí, formé una familia, encontré amistades que hoy considero parte de mi vida y conocí personas de todos los rincones del mundo. Sin embargo, nunca dejé de ser mexicana.

Ser latina, hispana, mexicana e inmigrante no es una etiqueta. Es la esencia de quien soy. Es el motor que impulsa mi trabajo, mi compromiso con la comunidad y mi deseo de tender puentes entre culturas.

Siempre bromeo diciendo que mi español tiene su propia personalidad. No es el español perfecto que enseñan los libros. Es un español que ha viajado conmigo. Tiene un poco de chilango, un poco de poblano, palabras que aprendí de mis amigos puertorriqueños y dominicanos, expresiones que escuché durante años en los barrios donde crecí y trabajé. Es un español que refleja mi historia.

Durante más de cuatro décadas he tenido el privilegio de convivir con personas de distintas nacionalidades y culturas: africanos, asiáticos, caribeños, anglosajones y muchos más. Esa convivencia me enseñó que la diversidad no nos divide; nos enriquece.

Hoy, cuando veo a mis hijos y a mis nietos, descubro que ellos representan el futuro de nuestra comunidad. En sus venas corre sangre mexicana, puertorriqueña, afromexicana y anglosajona. Son una hermosa mezcla de culturas que demuestra que nuestras raíces no desaparecen cuando se encuentran con otras; florecen.

Con el paso de los años he comprendido que ser inmigrante significa vivir entre dos mundos sin dejar de pertenecer a ninguno. Significa extrañar la tierra donde naciste mientras aprendes a amar la tierra que te recibió. Significa conservar las tradiciones, el idioma, los sabores y los recuerdos, mientras escribes nuevos capítulos para las siguientes generaciones.

A mis padres les debo mucho más que una oportunidad. Les debo el ejemplo del trabajo, la perseverancia, la empatía y el amor por nuestras raíces. Ellos me enseñaron que nunca debemos olvidar de dónde venimos y que el éxito solo tiene sentido cuando también sirve para ayudar a los demás.

Por eso continúo contando historias, apoyando a mi comunidad y compartiendo nuestras tradiciones con mis hijos y mis nietos. Porque nuestras historias merecen ser escuchadas y nuestra cultura merece seguir viva.

Hoy puedo decirlo con el corazón lleno de gratitud: soy orgullosamente latina, hispana, mexicana e inmigrante. Y si pudiera volver a empezar, elegiría el mismo camino una y otra vez, porque cada paso me convirtió en la mujer que soy.

Esta nota es dedicada a todas las mujeres que ayudaron a formarme y lo que ahora soy, gracias a mis ancestros.

Gracias mamá.

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