Imagen conceptual del síndrome del impostor, un fenómeno psicológico en el que personas capacitadas dudan de sus logros y temen ser “descubiertas” como incompetentes, a pesar de contar con la preparación necesaria. (Imagen generada con IA)

En el trabajo, la escuela o incluso en espacios comunitarios, cada vez es más común escuchar a personas decir que se sienten como “un fraude”, aun cuando cuentan con la preparación y la experiencia necesarias. A este fenómeno se le conoce como síndrome del impostor. Sin embargo, no debe confundirse con el verdadero impostor: una persona que conscientemente finge capacidades, credenciales o experiencias que no posee.

Aunque ambos conceptos utilizan la palabra “impostor”, no son lo mismo, ni tienen las mismas causas ni consecuencias.

¿Qué es el síndrome del impostor?

El síndrome del impostor es un patrón psicológico en el que personas capaces y preparadas dudan de sus logros, sienten que no merecen su éxito y viven con el miedo constante de ser “descubiertas” como incompetentes, a pesar de evidencias objetivas de su desempeño.

Señales frecuentes del síndrome del impostor:

  • Minimiza sus logros (“Tuve suerte”, “No era tan difícil”).
  • Atribuye el éxito a factores externos, no a su esfuerzo o talento.
  • Siente ansiedad ante evaluaciones o ascensos.
  • Trabaja en exceso para “compensar” una supuesta falta de capacidad.
  • Acepta críticas con facilidad, incluso cuando son injustas.
  • Generalmente sí cumple con sus responsabilidades y objetivos.

Estas personas no engañan a otros: se engañan a sí mismas. El conflicto ocurre a nivel interno.

¿Quién es un verdadero impostor?

Un verdadero impostor es alguien que deliberadamente finge conocimientos, habilidades o credenciales para obtener un beneficio personal, económico o de poder. En este caso, sí existe engaño consciente hacia los demás.

Señales de un verdadero impostor:

  • Miente sobre títulos, certificaciones o experiencia laboral.
  • Evade tareas técnicas o responsabilidades clave.
  • Da explicaciones vagas o contradictorias.
  • Traslada constantemente la culpa a otros.
  • Evita evaluaciones claras de su desempeño.
  • Se enfoca más en aparentar que en aprender.
  • Puede reaccionar de forma defensiva o agresiva cuando se le cuestiona.

Aquí no hay inseguridad genuina, sino estrategias para ocultar la falta real de preparación.

Diferencias clave entre ambos

La principal diferencia está en la intención y la realidad.

  • La persona con síndrome del impostor sí tiene las competencias, pero no las reconoce.
  • El verdadero impostor no las tiene, pero actúa como si las tuviera.

Mientras uno necesita apoyo emocional, mentoría y validación, el otro necesita límites claros, verificación de credenciales y rendición de cuentas.

¿Por qué es importante distinguirlos?

Confundir ambos conceptos puede generar injusticias. A personas con síndrome del impostor se les puede exigir más de lo necesario o etiquetar erróneamente como incompetentes, lo que afecta su salud mental. En cambio, no detectar a un verdadero impostor puede provocar daños laborales, administrativos o incluso legales.

Además, el síndrome del impostor afecta con mayor frecuencia a mujeres, personas inmigrantes, minorías raciales y primeras generaciones profesionales, especialmente en entornos donde históricamente han sido excluidas.

¿Qué hacer en cada caso?

  • Ante el síndrome del impostor: fomentar espacios seguros, mentoría, retroalimentación objetiva y reconocimiento del logro.
  • Ante un verdadero impostor: verificar información, documentar inconsistencias y aplicar procesos institucionales adecuados.

Reconocer la diferencia no solo es un ejercicio psicológico, sino también un paso hacia entornos más justos, honestos y humanos.

*Cristina en tu esquina es una columna escrita por una psicóloga, enfocada en brindar orientación práctica sobre salud mental, bienestar emocional y dinámicas humanas en la vida cotidiana.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí