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Ángel caído: verdad, dolor y responsabilidad en el legado de Chávez

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El líder de United Farm Workers César Chávez en una marcha en Salinas, California, el 7 de marzo del 1979. (Foto: AP/Paul Sakuma)

La noticia del abuso de mujeres y niños por parte de César Chávez cayó como un golpe para muchos, especialmente para quienes habíamos invertido tanto de nuestras vidas, esperanzas y sacrificios en el éxito de la Unión de Trabajadores del Campo (UFW).

Ante estos titulares devastadores y los dolorosos detalles que han salido a la luz, la UFW y la Fundación César Chávez tomaron la difícil, pero necesaria, decisión de cancelar las celebraciones nacionales previstas para el 31 de marzo, fecha en la que tradicionalmente se conmemoraba el cumpleaños de César.

Como muchos otros, me uní al sindicato siendo un joven soñador en busca de justicia y libertad. En 1970 comencé mi camino como organizador de tiempo completo, ganando cinco dólares a la semana en salario y diez dólares para comida. Miles de nosotros hicimos enormes sacrificios para lograr contratos sindicales y construir lo que entonces sentíamos como una base de esperanza.

Unirme al sindicato transformó mi vida. Dejé de vender drogas. Me deshice de las dos pistolas que poseía, armas que alguna vez pensé usar contra mis enemigos. A través del movimiento aprendí que el amor era más fuerte que el odio y que la no violencia podía convertirse en mi camino hacia la sanación.

César murió en 1993. Para 1994, yo era el director fundador de la Fundación César E. Chávez.

Como activista de derechos humanos, he sido testigo de muchos movimientos en los que el liderazgo abusó del poder que le fue confiado. Aun así, leer que César abusó de Dolores Huerta, cofundadora de la UFW, y que también abusó de niñas en la década de 1970, fue devastador: difícil de leer y aún más difícil de asimilar.

A lo largo de los años escribí en más de una ocasión que César no era ni un dios ni un santo. Lo confronté a él y al sindicato en varios temas, y estuve a punto de ser despedido más de una vez por hacerlo. Entonces, como ahora, creía que los movimientos deben permitir la verdad, la crítica y la rendición de cuentas.

Espero que todas las personas que fueron abusadas puedan ahora sentirse lo suficientemente seguras para hablar. Y cuando lo hagan, debemos recibirlas no con dudas ni defensividad, sino con amor, respeto y un compromiso genuino para ayudarlas a sanar. Tal vez así también encontremos una forma de sanarnos como comunidad.

Dolores Huerta luchó durante décadas como una líder fuerte en un movimiento mayoritariamente masculino, cargado por una pesada nube de machismo. Hace más de veinte años dejó la UFW y fundó la Fundación Dolores Huerta, creando un espacio nuevo y vibrante donde jóvenes —especialmente niñas y mujeres— pueden organizarse, crecer y florecer. A punto de cumplir 96 años, sigue siendo un rostro de libertad para muchísimas personas.

La UFW creó un movimiento nacional que empoderó a los trabajadores del campo y a sus aliados para enfrentar a los grandes productores agrícolas y a sus aliados de derecha. A través de los boicots a la lechuga y las uvas, el sindicato logró contratos que transformaron vidas. Activistas como yo aprendimos a organizarnos, a desafiar un sistema racista y a luchar por la justicia sin violencia. Los sacrificios fueron inmensos, y muchos de nosotros continuamos hoy esa lucha por los derechos humanos.

Hoy ya existen esfuerzos para retirar el nombre de César de edificios y escuelas. Sabemos que este momento es doloroso no solo para el movimiento, sino también para la familia Chávez y, sobre todo, para las víctimas que han dado un paso al frente. No debería sorprendernos si surgen más testimonios.

Al mirar hacia el futuro, debemos garantizar que los derechos de las niñas y las mujeres estén protegidos y que nuestra respuesta hacia las víctimas y sus familias sea reflexiva, compasiva y justa.

Los enemigos del sindicato, de Chávez, de los trabajadores del campo y de los mexicoamericanos pedirán un linchamiento público y la destrucción total de un movimiento que, a pesar de sus fallas, ha realizado un trabajo profundamente valioso. No debemos permitir que su odio defina este momento.

En su lugar, debemos comprometernos con un liderazgo honesto y con la creación de salvaguardas que protejan a todas las personas, sin excepción.

Muchos de nosotros sentiremos enojo, decepción y arrepentimiento. Buscaremos ese arcoíris que hoy necesitamos más que nunca.

Dicen que cuando una estrella desaparece, deja espacio para que aparezcan tres más.

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