(Foto: Ilustrativa/Josh Willink/Pexels)

Uno de los festejos importantes del mes de junio es el Día del Padre; que en Estados Unidos y en muchos países de América se celebra el tercer domingo del mes; aunque en algunos países, como Chile, se celebra el martes 21, y en otros, como Honduras, se mantiene la tradición europea del 19 de marzo, del día de San José, considerado el patrono de las familias y el modelo del buen padre.

Ser un buen padre en este tiempo de confusión ideológica y de valores en declive exige una dosis grande de dedicación, amor, entrega y, en especial, de una capacidad de renunciar a prejuicios culturales para mantener una actitud de aprendizaje permanente, sobre todo ante estos hijos de la era digital, que manejan unos caudales de información –y desinformación– que sobrepasa a lo que muchos padres pueden gestionar.

El entrenamiento de un buen padre empieza desde el embarazo. Un esposo amante se involucra desde la gestación en estar atento a su bebé nonato; comparte de cerca las emociones y fatigas de la madre; le habla al niño, le tararea canciones o le toca un instrumento. La ciencia ha comprobado que escuchan sonidos de su madre y externos a partir de la semana dieciséis de gestación.

Un padre moderno es físicamente cercano con su hijo pequeño, y continúa siéndolo mientras crece. Aunque el cariño de los padres es importante para la reafirmación de las niñas, para los varoncitos, como cachorros de felino, necesitan liarse con el papá en pequeñas batallas campales, en juegos imaginarios de aventuras y peligros, en simulaciones de lucha libre donde desfogar su energía sobrante. Los padres que por condicionamientos culturales reúsan dar afecto físico a los hijos varones, dejan en ellos una “nostalgia de afecto paterno” que a menudo está en las raíces de las dudas de identidad que acosan a tantos adolescentes modernos.

Ser un buen padre incluye pasar tiempo con los hijos, salir a acampar, organizar juegos de mesa en familia; cocinar juntos, aprovechar el tiempo de las comidas, los momentos en el auto y muchas otras ocasiones para generar lazos, para interesarse por su mundo, sus aficiones, sus proyectos, sus amigos, para crear recuerdos felices.

También es importante hablar de temas esenciales ya desde pequeños. Temas como el sentido de la vida, el amor, el dolor, la fe, el fracaso, la muerte; –obviamente, en el nivel adecuado a cada edad–. Si por pudor se espera a que tengan unos 15 años para hablarle de sexo, se perderá el tren, pues a esa edad los chicos modernos han estado ya expuestos a un ambiente ultra sexualizado.

Finalmente, no hay que temer disciplinar a los hijos cuando sea necesario. Sin enojo, sin violencia, pero con decisión. Si un hijo comete una falta; es útil demostrar sin medias tintas que ha actuado mal. En común acuerdo con la madre, se debe establecer un sanción clara y educativa. No hay que confundir al padre amoroso con el blandengue. Si por temor a perder el cariño de los hijos, se teme dar consecuencias, se puede terminar causando inseguridad y baja autoestima, pues los niños, –que saben muy bien cuando ha actuado mal— sienten que sus padres “no lo toman en serio”. Pero si en la vida diaria se muestra que se ama en forma incondicional, aceptará el correctivo y en el futuro lo agradecerá.

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