Aspecto de las instalaciones del centro de vacunación en Esperanza.

FILADELFIA – El pasado 8 de abril, las instalaciones de Esperanza, iniciaron sus actividades como centro de vacunación.

El reloj marcaba las 11:50 de la mañana, tiempo en el que tomaba mi lugar en una fila de al menos 30 personas, previo a la entrada del campamento de vacunación. Una chica con chaleco anaranjado me preguntó si tenía cita para recibir la vacuna, dije que sí, a las 12:06, y prosiguió con preguntas como “¿Ha tenido síntomas de fiebre los últimos días?, ¿Ha recibido alguna vacuna anti-covid previamente?, ¿Ha tenido diagnóstico de COVID-19 en los últimos 14 días?”. Al finalizar, me indicó que permaneciera en la fila, y pronto comenzamos a avanzar.

Durante el trayecto, observé varios letreros escritos en siete idiomas diferentes (inglés, español, árabe, japones, haitiano, ruso y vietnamita), con la siguiente información: “El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), y el Servicio de Protección Fronteriza y Control de Aduanas, no realizarán ninguna operación en o cerca de las instalaciones o clínicas de la vacuna”. Antes de ingresar al campamento, nos pidieron desinfectar nuestras manos en el dispensador de alcohol.

Una experiencia llamada “El principio del fin” 1
Mi esposo y yo después de recibir la vacuna.

Al entrar, soldados del ejército me dieron la bienvenida, y solicitaron mi identificación para confirmar mi cita en su base de datos; sin embargo, mi nombre no estaba registrado, así que me dirigieron a otra estación, atendida por una mujer de ascendencia asiática, donde verificaron que, efectivamente, mi nombre no estaba. Por lo que, me enviaron a un anexo del campamento, donde Dafne, una señorita de aspecto hispano, me registró sin mayor problema. Regresé a la fila, entré, confirmaron mi cita y ahora sí, me pasaron a un área donde unas militares me dieron información, oral y escrita, de la autorización del uso de emergencia de la vacuna de Janssen para prevenir la enfermedad COVID-19; y acerca de las posibles reacciones después de su administración, tales como dolor, hinchazón, fiebre, escalofrío, cansancio y dolor de cabeza.

Finalmente, llegué, y desde el marco de la puerta a la zona de administración, miré cómo el personal militar inyectaba las vacunas en los brazos de los solicitantes. Mientras esperaba a que me llamaran, uno de los militares, de apariencia joven y con acento puertorriqueño, daba ánimo a los presentes con palabras como “¡Hoy es un buen día, van a recibir su vacuna, es un día para celebrar!”. Palabras que me animaron y me invitaron a reflexionar. Avancé, y me condujeron a la estación donde sería vacunada. Ahí, una militar caucásica me dio la bienvenida, y me mostró el material que ocuparía en mi vacunación. Le comenté que estaba emocionada, y ella, muy amable me respondió, “Si, no es cualquier día. Yo estoy contenta de poder participar en este evento histórico. Inocular los brazos de los ciudadanos es un honor para mí”. Ambas sonreímos, y procedió a insertarme un piquete, el cual resultó indoloro. Me extendió mi comprobante de vacunación, y me deseo buen día.

Una experiencia llamada “El principio del fin” 2
Recibiendo la vacuna de Janssen.

Al salir de ahí, otro joven militar, también de aspecto puertorriqueño, me recibió y me condujo al área de espera. Mientras caminábamos por el pasillo me preguntó en español, cómo me sentía, y le dije, “¡Emocionada!”, y continuó, “Al recibir la vacuna pareciera que fuera el principio del fin de esta pandemia, ¿no?”. “¡Sin duda!”, le respondí. También me comentó que esperaba que pronto terminara esta situación que ha sido difícil para todos. “Por ejemplo, nosotros, por nuestro trabajo, no podemos ver a nuestros familiares frecuentemente, y con esta pandemia no he podido ver a mi familia”, expresó. “¡Verás que pronto todos volveremos a abrazarnos!”, respondí, y le deseé buena suerte. Ingresé a otra sala de espera, y me explicaron que, si sentía cualquier malestar, levantara la mano para que personal médico fuera a auxiliarme. Afortunadamente, tras los 15 minutos que permanecí ahí sentada, en sana distancia, no tuve ningún problema. En tanto, una militar de ascendencia africana rondaba la sala, preguntando a los pacientes si nos sentíamos bien.

Durante mi espera, conocí a María, una mujer mexicana que me confió que estaba harta de esta pandemia, que no había podido trabajar bien, y que todos los días sentía miedo de contagiarse, y sobre todo, ya no aguantaba usar mascarilla. Después de estar ella ahí como 10 minutos, dijo “Yo me siento bien, ya me voy a mi casa, tengo que hacer la comida y mucho qué hacer. Felicidades, que le vaya bien”, y se fue. Tras ella, salí de aquel lugar, dije gracias a los jóvenes militares que se encontraban a la salida, y después de vivir esta experiencia que duró poco más de una hora, también me fui para mi casa.

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